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Hace 97 años, Nuestra Señora de Fátima

Redacción (Lunes, 12-05-2014, Gaudium Press)

Las apariciones de Fátima

Fátima es, sin duda, ¡la más profética de las apariciones modernas!

Las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, son consideradas como las más proféticas apariciones de los últimos tiempos!

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Velorio de la Hermana Lucía
en el Carmelo de
Coimbra – Portugal

En Fátima, la Santísima Virgen no se dirigió solamente a la generación de comienzos del siglo XX, sino, sobre todo, a las que vinieron después. Y a medida que las décadas fueron pasando y el segundo milenio fue agonizando entre aprensiones y tragedias, las palabras proféticas de la Madre de Dios se tornan más reales.

Dios hace preceder sus grandes intervenciones en la historia por numerosas y variadas señales .

Frecuentemente, se sirve de personas de virtud insigne para transmitir a los pueblos sus advertencias o predecir acontecimientos futuros. Así procedió el Padre Eterno en relación con la venida del Mesías, su Hijo Unigénito. La magnitud de tal suceso, en torno al cual gira la historia de los hombres, exigía una larga y cuidadosa preparación. Así, fue anunciado durante muchos siglos por los Profetas del Antiguo Testamento, de manera tal que, en el momento de nacer Nuestro Señor Jesucristo, todo estaba maduro para su venida al mundo. Incluso entre los paganos, muchos esperaban algún acontecimiento que diese una solución a la crisis moral en que los hombres de entonces estaban inmersos.

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«Traía sus manos juntas en oración, apoyadas
sobre el pecho, y de la derecha pendía un lindo rosario
de cuentas brillantes como perlas, terminando
por una crucecita de vivísima luz plateada»

Casi se podría decir que, cuanto más importante es el acontecimiento previsto, tanto mayor la grandeza de las señales que lo preceden, la autoridad de los profetas que lo anuncian, y el tiempo de espera.

Es fácil, a la luz de esta regla, evaluar la importancia de las previsiones de Fátima, pues quien nos las anuncia no es un ángel, ni un gran santo, sino la propia Madre de Dios.

Ya en la época de las apariciones de Fátima, en los primeros años del siglo XX, los acontecimientos mundiales hacían entrever lo que sería la triste historia contemporánea. Por un lado, un progreso material casi ilimitado, parejo a una decadencia en las costumbres como nunca se vio antes.

Por otro lado, guerras y convulsiones sociales de proporciones terribles. La Primera Guerra Mundial fue un ejemplo de esa realidad, ampliamente superada por la Segunda Guerra Mundial y por todo cuanto la siguió.

A todos esos males, como Madre solícita y afectuosa, María Santísima quiso poner remedio, evitándoselos a sus hijos. Por eso descendió del Cielo a fin de alertar a la humanidad de los riesgos que corría si continuase en las vías tortuosas del pecado. Vino, al mismo tiempo, a indicar los medios de salvación: el rezo del Rosario, la práctica de los Cinco Primeros Sábados, la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Primera aparición de la Santísima Virgen: 13 de mayo de 1917

Transcurría la primavera de 1917. La Primera Guerra Mundial, la grande y sangrienta guerra de las naciones, hacía más de tres años que extendía sus campos de batalla por casi toda la Tierra. Sin embargo, en aquella luminosa mañana del domingo 13 de
mayo, las calamidades y horrores de la guerra parecían distantes para tres pastorcitos. Se trataba de Lucía de Jesús dos Santos, la mayor, con 10 años; Francisco y Jacinta Marto, con 9 y 7 años, respectivamente.

Después de asistir a Misa en la iglesia de Aljustrel, caserío de la parroquia de Fátima, donde residían, salieron en dirección a la sierra y allí juntaron su pequeño rebaño de ovejas castañas y blancas. El tiempo había pasado sereno y entretenido. Los pastorcitos ya habían comido su merienda, compuesta de pan de centeno, queso y aceitunas; habían rezado el Rosario, junto a un pequeño olivo que el padre de Lucía había plantado por allí. Cerca del mediodía, subieron a una parte más elevada de la propiedad y comenzaron a jugar…

Súbitamente, en medio de su inocente recreo, los tres niños vieron como una claridad de relámpago que los sorprendió. Contemplaron el cielo, el horizonte y, después, se miraron entre sí: cada uno vio al otro mudo y atónito; el horizonte estaba limpio y el cielo luminoso y sereno. ¿Qué habría pasado?

Con redoblado susto, apresuraron el paso continuando el descenso. Sin embargo, apenas habían llegado al fondo de la «Cova» se pararon, confusos y maravillados: allí, a corta distancia, sobre una encina de un metro y poco de altura, se les aparecía la Madre de Dios.

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Lucía, Francisco y Jacinta, los tres pastorcitos
fotografiados en la época de las apariciones

Según las descripciones de la Hermana Lucía, era «una Señora vestida toda de blanco, más brillante que el sol, irradiando una luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente». Su semblante era de una belleza indescriptible, ni triste ni alegre, sino serio, tal vez con una suave expresión de ligera censura. ¿Cómo describir con detalle sus trazos? ¿De qué color eran los ojos y los cabellos de esa figura celestial? ¡Lucía nunca lo supo decir con certeza!

El vestido, más blanco que la propia nieve, parecía tejido de luz. Tenía las mangas relativamente estrechas y el cuello cerrado, llegando hasta los pies que envueltos por una tenue nube, apenas se veían rozando la copa de la encina. La túnica era blanca, y un manto también blanco, con bordes de oro, del mismo largo que el vestido, le cubría casi todo el cuerpo. «Tenía las manos puestas en actitud de oración, apoyadas en el pecho, y de la derecha pendía un lindo rosario de cuentas brillantes como perlas, con una pequeña cruz de vivísima luz plateada. Como único adorno, un fino collar de oro reluciente, colgando sobre el pecho y rematado casi a la altura de la cintura, por una pequeña esfera del mismo metal».

En esta primera aparición, Nuestra Señora pide a los 3 pastorcitos que vengan seis meses seguidos, el día 13, a la misma hora. Y dice que incluso, vendría en una séptima ocasión.

«¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que os quiera enviar, en reparación por los pecados con que Él es ofendido, y en súplica por la conversión de los pecadores?»

A la respuesta afirmativa de los niños, Ella añadio: «Vais pues, a tener mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestro consuelo».

«Fue al pronunciar estas últimas palabras (‘la gracia de Dios’, etc.), cuando abrió las manos por primera vez, comunicándonos una luz tan intensa, como el reflejo que de ellas procedía, que, penetrándonos en el pecho y en lo más íntimo del alma, hacía vernos a nosotros mismos en Dios, que era esa luz, más claramente que como nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior, también comunicado, caímos de rodillas y repetimos interiormente: Oh, Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento’.

Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió : » Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra».

Enseguida comenzó a elevarse serenamente, subiendo en dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad de la distancia. La luz que la circundaba iba abriendo un camino en la oscuridad de los astros, motivo por el cual alguna vez dijimos que vimos abrirse el Cielo».

La celestial Mensajera había producido en los niños una deliciosa impresión de paz y de alegría radiante, de frescura y libertad. Les parecía que podrían volar como los pájaros. De cuando en cuando, el silencio en que habían caído era interrumpido por esta jubilosa exclamación de Jacinta:

– ¡Ay, qué Señora tan bonita! ¡Ay, qué Señora tan bonita!

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Era «una Señora toda vestida de
blanco, más brillante que el sol,
despidiendo una luz más clara
e intensa que un vaso de cristal
lleno de agua cristalina, atravesado
por los rayos del sol más ardiente»

En ésta, como en las demás apariciones, la Virgen Santísima habló sólo con Lucía, mientras que Jacinta solamente oía lo que Ella decía. Francisco, sin embargo, no la oía, concentrando toda su atención en verla.

Segunda aparición: 13 de junio

El día señalado para la segunda aparición, los videntes se encontraron en Cova de Iría, donde ya se aglomeraban cerca de 50 curiosos, entre hombres y mujeres. Inmediatamente antes de que Lucía hablase con la Virgen, algunos observaron que la luz del sol disminuyó, a pesar de que el cielo estaba despejado.

La Hermana Lucía describe así lo sucedido: «Después de rezar el Rosario con Jacinta y Francisco, y las demás personas que estaban presentes, vimos de nuevo el reflejo de la luz que se aproximaba; y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina, igual que en la aparición de mayo».

– ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí? -pregunté

– Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, que recéis el Rosario todos los días, y que aprendáis a leer.

– Quería pedirle que nos llevara al Cielo.

– Sí, a Jacinta y a Francisco los llevaré en breve. Pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien la abrace, le prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas, como flores puestas por mí para adornar su trono.

Al decir estas últimas palabras, abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de aquella luz tan intensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el Cielo y yo en la que se esparcía por la tierra. Delante de la mano derecha de la Santísima Virgen había un Corazón rodeado de espinas que parecían clavárseles por todas partes. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de los hombres, que pedía reparación».

Poco a poco, esa visión se desvaneció ante los ojos maravillados de los tres pastorcitos. La Señora, siempre resplandeciente de luz, comenzó entonces a elevarse del arbusto y, subiendo suavemente por el camino luminoso que su brillo incomparable parecía abrir en el firmamento, se retiró hacia el Este, hasta desaparecer.

Algunos que se encontraban más próximos notaron que los brotes de la copa de la encina estaban inclinados en la misma dirección apuntada por Lucía, como si las ropas de la Señora, rozándolas al partir, las hubiesen arrastrado y doblado. Sólo después de algunas horas volvieron a su posición normal.

El público allí presente, aunque no hubiese visto a la Virgen, comprendió que acababa de pasar algo extraordinario y sobrenatural. Algunos comenzaron a arrancar ramitos y hojas de la copa de la encina, pero enseguida fueron advertidos por Lucía para que tomasen sólo los de abajo, que la Santísima Virgen no había tocado. En el camino de vuelta a casa, todos iban rezando el Rosario en alabanza de la Augusta Señora que se había dignado descender del Cielo hasta aquel perdido rincón de Portugal…

Tercera aparición: 13 de julio de 1917

Era un viernes el día en que se daría la tercera aparición de la Santísima Virgen. Lucía, que hasta la tarde del día anterior estaba resuelta a no ir a la Cova de Iría, al aproximarse la hora en que debían partir, se sintió de repente impelida por una extraña fuerza, a la que no le era fácil resistir.

Fue a buscar a sus primos, que se encontraban en el cuarto, de rodillas, llorando y rezando pues no querían ir sin Lucia. Los tres niños, entonces, se pusieron en camino.

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Al llegar al lugar de las apariciones se sorprendieron con la multitud que había acudido -más de dos mil personas- para presenciar el extraordinario acontecimiento. Según el Sr. Marto, padre de Francisco y Jacinta, en el momento en que la Santísima Virgen apareció, una nubecita cenicienta flotó sobre la encina, el sol empalideció y una brisa fresca comenzó a soplar, aunque fuese pleno verano.

«Quiero que vengáis el 13 del mes que viene, y que continuéis rezando el Rosario todos los días en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque sólo Ella los podrá socorrer».

«Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, sobre todo cuando hagáis algún sacrificio: ¡Oh! Jesús, es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María».

Maria Santísima revela, entonces, a los 3 pastorcitos la primera parte del secreto de Fátima: la visión del infierno; la segunda parte del secreto: el anuncio del Castigo y de los medios para evitarlo. La tercera parte del secreto permaneció desconocida hasta el 26 de junio de 2000. En esta fecha, fue divulgado por determinación de S.S. el Papa Juan Pablo II.

Habiendo declarado que nada más necesitaba de Lucía, Nuestra Señora se elevó en dirección del naciente hasta desaparecer.

Cuarta aparición: 15 de agosto de 1917

Habiendo sido secuestrados y mantenidos tres días bajo vigilancia por el Administrador de Ourém, que a toda costa -y en vano- deseaba arrancarles el secreto confiado por la Virgen, los tres videntes no pudieron comparecer a la Cova de Iría el día 13 de agosto, cuando se daría la cuarta aparición de la Santísima Virgen.

Según el testimonio de algunas de las numerosas personas que acudieron al lugar, poco después del mediodía se oyó un trueno, más o menos como las otras veces, al cual siguió el relámpago y, enseguida, todos comenzaron a notar una pequeña nube, muy leve, blanca y muy bonita, que sobrevoló unos minutos sobre la encina, subiendo después hacia el cielo y desapareciendo en el aire.

Leamos ahora el relato de la Hermana Lucía sobre la cuarta aparición de la Madre de Dios:

«Andando con las ovejas, en compañía de Francisco y de su hermano Juan, en un lugar llamado Valinhos, y sintiendo que algo de sobrenatural se aproximaba y nos envolvía, sospechando que la Santísima Virgen nos fuese a aparecer, y teniendo pena de que Jacinta quedase sin verla, pedimos a su hermano Juan que la fuese a llamar». Mientras tanto, vi con Francisco el reflejo de la luz, a la que llamábamos relámpago y, llegada Jacinta un instante después, vimos a Nuestra Señora sobre una encina.

Quiero que continuéis yendo a Cova de Iría el día 13 y que continuéis rezando el Rosario todos los días. En el último mes haré el milagro para que todos crean.

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Lucía de Jesús, de 10 años, Francisco
Marto, de 9 años y Jacinta Marto, de 7 años

– ¿Qué quiere Vuestra Merced que se haga con el dinero que la gente deja en Cova de Iría?

– Haced dos andas; una llévala tú con Jacinta y dos niñas más vestidas de blanco; la otra, que la lleve Francisco con tres niños más. El dinero de las andas es para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Lo que sobre es para ayudar a una capilla que debéis mandar construir.

Y tomando un aspecto más triste, les recomendó de nuevo la práctica de la mortificación, diciendo, al final:

– Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al Infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas».

Tras pronunciar estas palabras, la Virgen María se retiró, como en las veces anteriores, en dirección hacia levante. Durante largos minutos los pastorcitos permanecieron en estado de éxtasis. Se sentían invadidos por una alegría inigualable, después de tantos sufrimientos y temores.

Quinta aparición: 13 de septiembre de 1917

Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más.

«Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día».

Según el testimonio de algunos espectadores, con ocasión de esa visita de la Santísima Virgen, como en las otras veces, sucedieron diversos fenómenos atmosféricos. Observaron «a la aparente distancia de un metro del sol, un globo luminoso que en breve comenzó descender hacia poniente y, de la línea del horizonte, volvió a subir en dirección al sol». 18 Además, la atmósfera adquirió un color amarillento, verificándose una disminución de la luz solar, tan grande que permitía ver la luna y las estrellas en el firmamento; una nubecita blanca, visible hasta el extremo de la Cova, envolvía la encina y con ella a los videntes. Del cielo llovían como flores blancas o copos de nieve que se deshacían un tanto por encima de las cabezas de los peregrinos, sin dejarse tocar o coger por nadie.

Aunque breve, la aparición de la Virgen dejó a lo pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.

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Los prodigios habían durado cerca de 10 minutos. Todos se miraban
entre sí perturbados. Después, la alegría estalló:
«El milagro! Los niños tenían razón!»

Sexta y última aparición: 13 de octubre de 1917

Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal.

Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió:

«Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

– Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas.

– Quería pedirle muchas cosas. Si curaba unos enfermos y convertía unos pecadores…

– A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados.

Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol».

Visiones de escenas que simbolizan los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos del Rosario

Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: «¡Miren el sol!». Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata. A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a «bailar». Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones.

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«Quiero decirte que hagan aquí una capilla
en mi honor, que soy la Señora del Rosario,
que continúen siempre rezando la tercera
parte del Rosario todos los días…

Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zig-zag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada. Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zig-zag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días.

El ciclo de las visiones de Fátima había terminado. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: «¡El milagro, los niños tenían razón!». Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas.

El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones.

Revelaciones de alcance universal

Los acontecimientos ocurridos en Fátima en 1917 constituyen un marco de capital importancia en la historia de la Iglesia, una auténtica aurora de los Tiempos Nuevos que han de venir.

El mensaje transmitido allí por la propia Madre de Dios no se limita a un pueblo, a una nación, a una determinada categoría social, o a una forma de organización política. Se destina a todos y cada uno de nuestros contemporáneos, como lo reconoció el propio Vicario de Cristo en la citada homilía de 1982 en Fátima:

«Este llamamiento fue hecho a comienzos del siglo XX y, por lo tanto, fue dirigido, de manera particular, a este mismo siglo. La Señora del mensaje parecía leer, con una perspicacia especial, las «señales de los tiempos», las señales de nuestro tiempo. […]. Este mensaje está dirigido a todos los hombres. El amor de la Madre del Salvador llega hasta donde quiera que se extienda la obra de la salvación. Y objeto de su desvelo son todos los hombres de nuestra época y, al mismo tiempo, las sociedades, las naciones y los pueblos».

Nunca está de más realzar la dimensión universal del mensaje de la Virgen en Fátima. Las palabras que, pronunciadas por sus purísimos y maternales labios, resonaron en Cova de Iría se dirigían a la tierra entera, a cada individuo, a cada familia y a cada nación, a jóvenes y ancianos, pobres y ricos, incultos y letrados, patrones y empleados, habitantes de los campos y de las ciudades, hombres y mujeres, casados y solteros, laicos y religiosos, ciudadanos comunes y autoridades. Su desvelo de Madre no hizo excepción.

Fátima, es innegablemente, la aurora del tercer milenio!

 

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