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La cinta púrpura
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2 de Marzo de 2017 / 0 Comentarios
 
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Redacción (Jueves, 02-03.-2017, Gaudium Press) El nuevo párroco de aquel barrio que se creía piadoso y cumplido con Dios, no sabía cómo compenetrarlos con el auténtico significado penitencial de la Cuaresma, pues ir al templo el Miércoles de Ceniza a hacérsela colocar en la frente les era suficiente para creerse en paz espiritual. Ya era el tercer año de su ministerio entre esas gentes y no veía la conversión de los hombres de su feligresía. El carnavalito de la ciudad ese año había sido exagerado, grotesco y vulgar.

Padres_Gaudium_Press.jpg
-Hijos, les dijo, al final de la misa colocaremos la ceniza...

En la misa matinal de ese miércoles que acudirían resolvió agregar de su propia creatividad un elemento novedoso...

-Hijos, les dijo, al final de la misa colocaremos la ceniza. Sin embargo quería decirles que propongo a aquellos que quieran ofrecerle a Nuestro Señor por la manos de su adolorida madre estos próximos cuatro fines de semana sin una gota de licor, lleven una cinta purpura en la muñeca hasta el domingo de resurrección. El diácono se la colocará al que haga ese voto o promesa ahora mismo. En realidad había pocos varones esa mañana en la misa. De los siete que se encontraban allí solamente uno tuvo coraje de hacérsela amarrar a la muñeca. Los otros salieron disimuladamente con su ceniza en la frente pero muy calladitos y haciendo que no habían oído nada.

Julio Ricardo no era de hecho el mejor ejemplo del lujoso barrio pero era notorio que al menos cumplía por costumbre familiar con algunas prácticas piadosas. Llevar la cinta sería una más para su relativismo y tibia piedad. A la salida de la iglesia, algunas mujeres lo miraron con escepticismo, otras alzaron los hombros y unas sonreían desconfiadas. Padre de dos mocetones y una adolescente, ellos entre los 18 y 19 años, con fama de vida alegre y regalada, prósperos económicamente y siempre a la última moda en materia de ropas, cibernética, vehículos y mascotas, era de esperarse claro está que todo seguiría igual en la familia.

En casa los hijos y la mujer -que pensaban ir más tarde al templo, le preguntaron el significado de la cinta que ni supo explicarles bien.

El viernes siguiente sería como de costumbre noche de tragos, futbol por Tv y abundante comilona. Nada de abstinencias ni mucho menos ayuno. Los amigos llegaron con sus esposas y niños. La Fiesta se prendió rapidito y corría cerveza, carnes y papas fritas por toda la casa. Julio Ricardo ni se acordaba que llevaba la cinta, además ninguno de sus amigotes le había preguntado nada. Sin embargo los dos hijos aparecieron con ella y si bien estaban en la reunión se abstenían de carne y licor. Con cierta gravedad y algo de reprobación veían a su padre entregado a las dichas de los viernes "culturales" como él los llamaba. Sin dejar de ser cordiales, reír y disfrutar del partido de futbol, participaron del encuentro, ayudaron a atender los invitados, pero no rompieron ayuno ni abstinencia de lo que nadie se dio cuenta.

Al otro día en la mañana a la hora del desayuno, el menor le pidió al padre la cinta. Dánosla dijo el mayor. ¿Por qué? Dijo el hombre un tanto altanero. Rompiste el voto ¿no? Retrucó el menor. La queremos dijeron los dos al tiempo. El padre hizo un silencio largo y pensativo comenzó a desatársela. Mujer e hija estaban serias y calladas. Con la cinta púrpura en la mano los dos hijos salieron de casa apresuradamente.

El domingo en misa Julio Ricardo notó que la que parecía su cinta estaba atada en una mano de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Apesadumbrado fue conmovido a buscar al párroco y pidió confesión. El buen vicario lo escuchó un tanto sorprendido con lo que contó y de penitencia le impuso una cinta en cada mano para que las llevara hasta pascua de resurrección. Al salir de templo ya encontró su familia esperándolo en el atrio. Apenas se cruzaron unas miradas de alegre aprobación. Julio Ricardo alzó las dos manos y prometió nunca más embriagarse y llevarlas por toda la vida. Por el barrio corrió la corta historia y al domingo siguiente la gran mayoría de los hombres del barrio llevaba la cinta púrpura en la muñeca. El domingo de resurrección convidó a sus mejores amigos a un suculento y tradicional desayuno en casa para celebrar el triunfo del Señor.

Por Antonio Borda

 

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La cinta púrpura

Redacción (Jueves, 02-03.-2017, Gaudium Press) El nuevo párroco de aquel barrio que se creía piadoso y cumplido con Dios, no sabía cómo compenetrarlos con el auténtico significado penitencial de la Cuaresma, pues ir al templo el Miércoles de Ceniza a hacérsela colocar en la frente les era suficiente para creerse en paz espiritual. Ya era el tercer año de su ministerio entre esas gentes y no veía la conversión de los hombres de su feligresía. El carnavalito de la ciudad ese año había sido exagerado, grotesco y vulgar.

Padres_Gaudium_Press.jpg
-Hijos, les dijo, al final de la misa colocaremos la ceniza...

En la misa matinal de ese miércoles que acudirían resolvió agregar de su propia creatividad un elemento novedoso...

-Hijos, les dijo, al final de la misa colocaremos la ceniza. Sin embargo quería decirles que propongo a aquellos que quieran ofrecerle a Nuestro Señor por la manos de su adolorida madre estos próximos cuatro fines de semana sin una gota de licor, lleven una cinta purpura en la muñeca hasta el domingo de resurrección. El diácono se la colocará al que haga ese voto o promesa ahora mismo. En realidad había pocos varones esa mañana en la misa. De los siete que se encontraban allí solamente uno tuvo coraje de hacérsela amarrar a la muñeca. Los otros salieron disimuladamente con su ceniza en la frente pero muy calladitos y haciendo que no habían oído nada.

Julio Ricardo no era de hecho el mejor ejemplo del lujoso barrio pero era notorio que al menos cumplía por costumbre familiar con algunas prácticas piadosas. Llevar la cinta sería una más para su relativismo y tibia piedad. A la salida de la iglesia, algunas mujeres lo miraron con escepticismo, otras alzaron los hombros y unas sonreían desconfiadas. Padre de dos mocetones y una adolescente, ellos entre los 18 y 19 años, con fama de vida alegre y regalada, prósperos económicamente y siempre a la última moda en materia de ropas, cibernética, vehículos y mascotas, era de esperarse claro está que todo seguiría igual en la familia.

En casa los hijos y la mujer -que pensaban ir más tarde al templo, le preguntaron el significado de la cinta que ni supo explicarles bien.

El viernes siguiente sería como de costumbre noche de tragos, futbol por Tv y abundante comilona. Nada de abstinencias ni mucho menos ayuno. Los amigos llegaron con sus esposas y niños. La Fiesta se prendió rapidito y corría cerveza, carnes y papas fritas por toda la casa. Julio Ricardo ni se acordaba que llevaba la cinta, además ninguno de sus amigotes le había preguntado nada. Sin embargo los dos hijos aparecieron con ella y si bien estaban en la reunión se abstenían de carne y licor. Con cierta gravedad y algo de reprobación veían a su padre entregado a las dichas de los viernes "culturales" como él los llamaba. Sin dejar de ser cordiales, reír y disfrutar del partido de futbol, participaron del encuentro, ayudaron a atender los invitados, pero no rompieron ayuno ni abstinencia de lo que nadie se dio cuenta.

Al otro día en la mañana a la hora del desayuno, el menor le pidió al padre la cinta. Dánosla dijo el mayor. ¿Por qué? Dijo el hombre un tanto altanero. Rompiste el voto ¿no? Retrucó el menor. La queremos dijeron los dos al tiempo. El padre hizo un silencio largo y pensativo comenzó a desatársela. Mujer e hija estaban serias y calladas. Con la cinta púrpura en la mano los dos hijos salieron de casa apresuradamente.

El domingo en misa Julio Ricardo notó que la que parecía su cinta estaba atada en una mano de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Apesadumbrado fue conmovido a buscar al párroco y pidió confesión. El buen vicario lo escuchó un tanto sorprendido con lo que contó y de penitencia le impuso una cinta en cada mano para que las llevara hasta pascua de resurrección. Al salir de templo ya encontró su familia esperándolo en el atrio. Apenas se cruzaron unas miradas de alegre aprobación. Julio Ricardo alzó las dos manos y prometió nunca más embriagarse y llevarlas por toda la vida. Por el barrio corrió la corta historia y al domingo siguiente la gran mayoría de los hombres del barrio llevaba la cinta púrpura en la muñeca. El domingo de resurrección convidó a sus mejores amigos a un suculento y tradicional desayuno en casa para celebrar el triunfo del Señor.

Por Antonio Borda

 

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/85729-La-cinta-purpura. Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.



 

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