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Se inicia una nueva era
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27 de Enero de 2015 / 0 Comentarios
 
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Redacción (Martes, 27-01-2015, Gaudium Press) Con la venida de Nuestro Señor Jesucristo a este mundo, "se inició un nuevo régimen en la historia del pueblo electo: la era de la justicia inclemente estaba terminada y comenzaba la era de la misericordia. ¡Y esta, tan más fuerte que aquella!".1

Verdaderamente comenzó el tiempo de la misericordia, en el cual el Salvador va trazando en oro las letras de la Nueva Ley. Por ejemplo, en la Nueva Ley no hay más la pena del talión que obliga a "pagar con la misma moneda" los daños que uno hace contra otro (cf. Lv 24, 17-22), sino que ordena sea perdonado el hombre que se arrepiente de una falla cometida contra el prójimo (cf. Lc 17, 3). Otro aspecto sorprende a los oyentes: "no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mc 2, 17). La Nueva Ley extingue -de una vez por todas- el desprecio vengativo por el pecador, dando lugar al perdón.

1.jpgEl Redentor, en varias ocasiones, da a conocer cuánto era falsa aquella concepción humana de un Dios que repudiaba, odiaba y castigaba de manera irrevocable al individuo que hubiese cometido alguna falta, pues Él asumió sobre sí los pecados de los hombres (cf. I Pd 2, 24; II Cor 5, 19). Fue así que surgieron las parábolas más conmovedoras del Evangelio: la de la oveja perdida, la de la dracma perdida y la del hijo pródigo (cf. Lc 15, 4-32), en las cuales Jesús deja patente que vino para rescatar a los perdidos, para curar a los enfermos de corazón, para perdonar a los que vuelven contristados por haber huido de la casa paterna. En ellas se revela "el perdón generoso que Dios concede al pecador arrepentido y la alegría que manifiesta con su conversión". 2 ¡Es la bondadosa verdad contenida en las parábolas y en la vida del Divino Salvador!

El Divino Maestro manifestaba de tantas maneras su bondad y sus enseñanzas penetraban tan profundamente en las almas, que hasta los publicanos y los grandes pecadores se comprimían alrededor de Él para oírlo. Muy lejos de alejarlos, Él acogía a todos y convertía a gran número de ellos. 3

Ejemplos de la vida del Redentor

Es sobre todo en su manera de actuar que Jesús muestra que el Altísimo no quiere el aplastamiento de los hombres, sino les muestra que "Dios nos creó para vivir en íntima armonía con la creación y para disfrutar de la seguridad que su convivencia proporciona".4

Sentencias como "¡Hijo mío, coraje! Tus pecados te son perdonados" (Mt 9, 2), al paralítico; "Hija, tu fe te salvó. Ve en paz y sé curada de tu mal" (Mc 5, 34), a la mujer que sufría de una enfermedad hace doce años; o a la pecadora arrepentida "perdonados están los pecados. [...] Tu fe te salvó; ve en paz" (Lc 7, 48.50), atraían a aquellos que reconocían su contingencia y que, arrepentidos, buscaban reconciliarse con Dios.

Indignación hacia el empedernido

El Redentor desbordaba de clemencia hacia todos. Cuán bello es encontrar en el Evangelio que Él, "movido de compasión", resucitó al hijo de la viuda de Naím (cf. Lc 7, 13-14); "tomado de compasión" por la multitud abatida y sedienta de sobrenatural, rogó al Padre que enviase hombres dignos de dar continuidad a la obra de misericordia por Él comenzada, y que trabajasen no en el campo, sino en las almas (cf. Mt 9, 36); "lleno de compasión" por los ciegos que pidieron les devolviese la vista, atendió su pedido (cf. Mt 20, 34)! Con todo, Él, que no quiere la muerte del pecador, sino que él vuelva, se convierta y tenga vida (cf. Ez 18, 23), y es buenísimo hacia los que se reconocen culpados y desean purificarse de las faltas, es Él mismo también pleno de santa cólera hacia los empedernidos en sus errores y, por amor a Dios, es capaz de expulsar a base de azotes a los que tienen el atrevimiento de hacer de la casa de su Padre una casa de negociantes, una cueva de ladrones (cf. Jo 2, 15-17; Mt 21, 13).

El Señor realmente "odia el pecado" 5 y, odiándolo, desea que el pecador rechace la perversidad y también la abomine. "El Rey-Mesías quiere que el corazón de sus súbditos le pertenezca totalmente", 6 y por eso Él no repele, sino que llama al pecador y, cual Buen Samaritano, sana las llagas abiertas por los ladrones - demonio, mundo y carne. Como Buen Pastor, limpia las inmundicias de los rebeldes que se metieron en el lodo y las espinas de los vicios. En fin, como Buen Médico de la humanidad, no solamente cura, sino que ofrece el remedio que deshace el vicio y calma la rebeldía. O sea, Nuestro Señor, por misericordia, busca alejar de su presencia la iniquidad, y en lugar de cohabitar con ella, Él la arranca.

En contrapartida, esto suscitaba un odio violento de parte de los que se tenían por necesarios: "¿Quién es este hombre que profiere blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino únicamente Dios?" (Lc 5, 21). ¡Sí, ellos tenían razón, únicamente Dios puede perdonar los pecados! Y aquel Hombre delante del cual se encontraban es Dios, capaz de perdonar sus fraudes, si le pidiesen perdón.

¡Oh misericordia, tan ausente en los corazones de los hombres de aquel tiempo! ¡Cómo fue difícil la tarea del Salvador, convenciendo a sus elegidos de que Dios no era el verdugo que imaginaban, pues, si hasta en el relacionamiento social la bondad estaba depauperada y era casi nula, tanto más era difícil para ellos imaginarla en el Creador!

Por la Hna. Mariana de Oliveira, EP


1 CLÁ DIAS, João Scognamiglio. A Cruz, centro e ápice da História. In: O inédito sobre os Evangelhos. Comentário aos Evangelhos dominicais. Solenidades e festas que podem ocorrer em domingo, Quarta-Feira de Cinzas, Tríduo Pascal, outras festas e memórias. Città del Vaticano-São Paulo: LEV; Lumen Sapientiae, 2013, v. VII, p. 213-214.
2 FILLION, Louis-Claude. Jesus Cristo segundo os Evangelhos. Trad. Aureliano Sampaio. Porto: Civilização, 2007, p. 281.
3 Ibid. p. 281-282.
4 RATZINGER, Joseph. Dios y el mundo. Trad. Rosa Pilar Blanco. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2005, p. 73. (Tradução da autora).
5 ROYO MARÍN, Antonio. Dios y su obra. Madrid: BAC, 1963, p. 89. (Tradução da autora).
6 FILLION. Op. cit. p. 154.

 

 

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Redacción (Martes, 27-01-2015, Gaudium Press) Con la venida de Nuestro Señor Jesucristo a este mundo, "se inició un nuevo régimen en la historia del pueblo electo: la era de la justicia inclemente estaba terminada y comenzaba la era de la misericordia. ¡Y esta, tan más fuerte que aquella!".1

Verdaderamente comenzó el tiempo de la misericordia, en el cual el Salvador va trazando en oro las letras de la Nueva Ley. Por ejemplo, en la Nueva Ley no hay más la pena del talión que obliga a "pagar con la misma moneda" los daños que uno hace contra otro (cf. Lv 24, 17-22), sino que ordena sea perdonado el hombre que se arrepiente de una falla cometida contra el prójimo (cf. Lc 17, 3). Otro aspecto sorprende a los oyentes: "no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mc 2, 17). La Nueva Ley extingue -de una vez por todas- el desprecio vengativo por el pecador, dando lugar al perdón.

1.jpgEl Redentor, en varias ocasiones, da a conocer cuánto era falsa aquella concepción humana de un Dios que repudiaba, odiaba y castigaba de manera irrevocable al individuo que hubiese cometido alguna falta, pues Él asumió sobre sí los pecados de los hombres (cf. I Pd 2, 24; II Cor 5, 19). Fue así que surgieron las parábolas más conmovedoras del Evangelio: la de la oveja perdida, la de la dracma perdida y la del hijo pródigo (cf. Lc 15, 4-32), en las cuales Jesús deja patente que vino para rescatar a los perdidos, para curar a los enfermos de corazón, para perdonar a los que vuelven contristados por haber huido de la casa paterna. En ellas se revela "el perdón generoso que Dios concede al pecador arrepentido y la alegría que manifiesta con su conversión". 2 ¡Es la bondadosa verdad contenida en las parábolas y en la vida del Divino Salvador!

El Divino Maestro manifestaba de tantas maneras su bondad y sus enseñanzas penetraban tan profundamente en las almas, que hasta los publicanos y los grandes pecadores se comprimían alrededor de Él para oírlo. Muy lejos de alejarlos, Él acogía a todos y convertía a gran número de ellos. 3

Ejemplos de la vida del Redentor

Es sobre todo en su manera de actuar que Jesús muestra que el Altísimo no quiere el aplastamiento de los hombres, sino les muestra que "Dios nos creó para vivir en íntima armonía con la creación y para disfrutar de la seguridad que su convivencia proporciona".4

Sentencias como "¡Hijo mío, coraje! Tus pecados te son perdonados" (Mt 9, 2), al paralítico; "Hija, tu fe te salvó. Ve en paz y sé curada de tu mal" (Mc 5, 34), a la mujer que sufría de una enfermedad hace doce años; o a la pecadora arrepentida "perdonados están los pecados. [...] Tu fe te salvó; ve en paz" (Lc 7, 48.50), atraían a aquellos que reconocían su contingencia y que, arrepentidos, buscaban reconciliarse con Dios.

Indignación hacia el empedernido

El Redentor desbordaba de clemencia hacia todos. Cuán bello es encontrar en el Evangelio que Él, "movido de compasión", resucitó al hijo de la viuda de Naím (cf. Lc 7, 13-14); "tomado de compasión" por la multitud abatida y sedienta de sobrenatural, rogó al Padre que enviase hombres dignos de dar continuidad a la obra de misericordia por Él comenzada, y que trabajasen no en el campo, sino en las almas (cf. Mt 9, 36); "lleno de compasión" por los ciegos que pidieron les devolviese la vista, atendió su pedido (cf. Mt 20, 34)! Con todo, Él, que no quiere la muerte del pecador, sino que él vuelva, se convierta y tenga vida (cf. Ez 18, 23), y es buenísimo hacia los que se reconocen culpados y desean purificarse de las faltas, es Él mismo también pleno de santa cólera hacia los empedernidos en sus errores y, por amor a Dios, es capaz de expulsar a base de azotes a los que tienen el atrevimiento de hacer de la casa de su Padre una casa de negociantes, una cueva de ladrones (cf. Jo 2, 15-17; Mt 21, 13).

El Señor realmente "odia el pecado" 5 y, odiándolo, desea que el pecador rechace la perversidad y también la abomine. "El Rey-Mesías quiere que el corazón de sus súbditos le pertenezca totalmente", 6 y por eso Él no repele, sino que llama al pecador y, cual Buen Samaritano, sana las llagas abiertas por los ladrones - demonio, mundo y carne. Como Buen Pastor, limpia las inmundicias de los rebeldes que se metieron en el lodo y las espinas de los vicios. En fin, como Buen Médico de la humanidad, no solamente cura, sino que ofrece el remedio que deshace el vicio y calma la rebeldía. O sea, Nuestro Señor, por misericordia, busca alejar de su presencia la iniquidad, y en lugar de cohabitar con ella, Él la arranca.

En contrapartida, esto suscitaba un odio violento de parte de los que se tenían por necesarios: "¿Quién es este hombre que profiere blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino únicamente Dios?" (Lc 5, 21). ¡Sí, ellos tenían razón, únicamente Dios puede perdonar los pecados! Y aquel Hombre delante del cual se encontraban es Dios, capaz de perdonar sus fraudes, si le pidiesen perdón.

¡Oh misericordia, tan ausente en los corazones de los hombres de aquel tiempo! ¡Cómo fue difícil la tarea del Salvador, convenciendo a sus elegidos de que Dios no era el verdugo que imaginaban, pues, si hasta en el relacionamiento social la bondad estaba depauperada y era casi nula, tanto más era difícil para ellos imaginarla en el Creador!

Por la Hna. Mariana de Oliveira, EP


1 CLÁ DIAS, João Scognamiglio. A Cruz, centro e ápice da História. In: O inédito sobre os Evangelhos. Comentário aos Evangelhos dominicais. Solenidades e festas que podem ocorrer em domingo, Quarta-Feira de Cinzas, Tríduo Pascal, outras festas e memórias. Città del Vaticano-São Paulo: LEV; Lumen Sapientiae, 2013, v. VII, p. 213-214.
2 FILLION, Louis-Claude. Jesus Cristo segundo os Evangelhos. Trad. Aureliano Sampaio. Porto: Civilização, 2007, p. 281.
3 Ibid. p. 281-282.
4 RATZINGER, Joseph. Dios y el mundo. Trad. Rosa Pilar Blanco. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2005, p. 73. (Tradução da autora).
5 ROYO MARÍN, Antonio. Dios y su obra. Madrid: BAC, 1963, p. 89. (Tradução da autora).
6 FILLION. Op. cit. p. 154.

 

 

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/66647-Se-inicia-una-nueva-era. Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.



 

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