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Arrepentimientos cuaresmales
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25 de Febrero de 2015 / 0 Comentarios
 
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Redacción (Miércoles, 25-02-2015, Gaudium Press) Al parecer el arrepentimiento tampoco tuvo una deidad que lo representara en la lejana antigüedad pagana. Si la aflicción -según Huysmans (1)- no la tuvo en el mundo greco-latino que llegó a contar casi 333.000 divinidades, era porque el mundo pagano prefería el suicidio o la evasión mental a recibir de pecho abierto las aflicciones; éste tampoco conoció realmente lo que era el arrepentimiento. No se registra en la mitología de estos pueblos -y menos en las de los bárbaros, los orientales y los aborígenes de América- un sentimiento como ese, al que se le hubiera asignado una divinidad aunque fuera para rogarle con sacrificios de sangre que no los visitara. El arrepentimiento sincero duele.

Magadalena_Gaudium_Press.jpg

Imagen de Santa María Magdalena

usada en Sevilla en la Semana Santa

El arrepentimiento lleva ya nombres en la tradición católica: San Pedro, María Magdalena. A esta la han retratado Tiziano y el Greco. Y con estos dos talentos de la pintura universal bastaría, pero son muchos otros y muy famosos los que han querido representar más que a María Magdalena, al arrepentimiento, una expresión del dolor moral difícil de hacerse entender especialmente hoy día. Escultores también han intentado labrar sobre la piedra un tormento profundo que no admite comparaciones. Que va más allá de la aflicción y raya en la agonía atribulada del sentimiento humano, capaz de transformar completamente al hombre o simplemente matarlo de dolor. El arrepentido quisiera la inmolación de su propio ser para ofrecerlo en holocausto reparador a una majestad ofendida injustamente, un agravio que no se ha debido hacer jamás, una ofensa terrible que nos parece irreparable. Llegar a ese estado de conocimiento de sí mismo es más que un proceso espiritual, una misericordiosa intervención de Dios en el alma del arrepentido. A San Pedro le bastó una mirada de Jesús. A María Magdalena un "tus pecados han sido perdonados"

La espiritualidad Monfortiana insiste en que somos pobres gusanillos y miserables pecadores, más orgullosos que los pavos reales, más aferrados a la tierra que los sapos, más viles que los animales inmundos, más soberbios que los tigres etc. Que no merecemos sino la repulsa y la cólera de Dios. Horror que frecuentemente no vemos en nosotros mismos. Llevamos, dice San Pablo, un tesoro maravilloso en un ánfora de barro, y maloliente, agrega San Luis María, que daña toda el agua cristalina o el vino aromático que se coloque en ella. Ver todo eso con humildad, calma y mansedumbre como recomienda san Francisco de Sales, no desesperar como pide san Alfonso María de Ligorio, confiar plenamente en la misericordia de Dios y abandonarse serenamente en su bondad como dice el Abad de Thomas de Saint Laurent, es algo que supera cualquier tratamiento psicológico humano, cualquier psicoterapia de este mundo y nos coloca en paz con Dios aunque estemos delante de nuestro propio horror moral en un diván de psicoanalista.

Así debió ser la visión arrepentida que de sí misma tuvo Santa María Magdalena cuando se encontró con ese apuesto varón de majestad innegable, con esa mirada pura y calma que no la increpó furioso pero tampoco condescendió con sus pecados y se los hizo ver mansamente en toda su profundidad dolorosa y fétida, como a la Samaritana del pozo. No debió ser ciertamente una mirada de hombre carnal y arrogante, y por eso mismo ella por primera vez sintió que era analizada en su propia realidad pero dulcemente perdonada sin reproches. Nunca antes había sido mirada así, aquella que no se sabe bien por qué leyenda, es retratada de abundante cabellera rojiza y facciones irresistiblemente atractivas para un hombre.

Y qué decir del arrepentimiento de San Pedro, traspasado de lado a lado por aquella mirada nobilísima que no le reclamó nada, ni lo increpó por su flaqueza negando que lo conocía. La fuerza de ese arrepentimiento y ese perdón quedaron misteriosamente estampadas en la expresión del rostro de un San Pedro que convirtió cientos de almas, más por su mirada, su caridad cristiana, su trato amable y otros imponderables difíciles de describir que por su cartas y la doctrina de sus predicaciones que superó San Pablo. Hay autores que afirman que San Pedro debió llevar en las mejillas las marcas de un llanto frecuente y que los ojos se le hacía lágrimas al comenzar a contar la historia de Aquel a quien había negado por pura cobardía.

Por Antonio Borda

____

(1) Joris-Karl Huysmans (1848-1907) Escritor francés de ascendencia flamenca. De cuyo proceso de conversión escribió Dr.Plinio en el periódico "O Legionario" de la arquidiócesis de Sao Paul (Brasil) en los años 30.

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Arrepentimientos cuaresmales

Redacción (Miércoles, 25-02-2015, Gaudium Press) Al parecer el arrepentimiento tampoco tuvo una deidad que lo representara en la lejana antigüedad pagana. Si la aflicción -según Huysmans (1)- no la tuvo en el mundo greco-latino que llegó a contar casi 333.000 divinidades, era porque el mundo pagano prefería el suicidio o la evasión mental a recibir de pecho abierto las aflicciones; éste tampoco conoció realmente lo que era el arrepentimiento. No se registra en la mitología de estos pueblos -y menos en las de los bárbaros, los orientales y los aborígenes de América- un sentimiento como ese, al que se le hubiera asignado una divinidad aunque fuera para rogarle con sacrificios de sangre que no los visitara. El arrepentimiento sincero duele.

Magadalena_Gaudium_Press.jpg

Imagen de Santa María Magdalena

usada en Sevilla en la Semana Santa

El arrepentimiento lleva ya nombres en la tradición católica: San Pedro, María Magdalena. A esta la han retratado Tiziano y el Greco. Y con estos dos talentos de la pintura universal bastaría, pero son muchos otros y muy famosos los que han querido representar más que a María Magdalena, al arrepentimiento, una expresión del dolor moral difícil de hacerse entender especialmente hoy día. Escultores también han intentado labrar sobre la piedra un tormento profundo que no admite comparaciones. Que va más allá de la aflicción y raya en la agonía atribulada del sentimiento humano, capaz de transformar completamente al hombre o simplemente matarlo de dolor. El arrepentido quisiera la inmolación de su propio ser para ofrecerlo en holocausto reparador a una majestad ofendida injustamente, un agravio que no se ha debido hacer jamás, una ofensa terrible que nos parece irreparable. Llegar a ese estado de conocimiento de sí mismo es más que un proceso espiritual, una misericordiosa intervención de Dios en el alma del arrepentido. A San Pedro le bastó una mirada de Jesús. A María Magdalena un "tus pecados han sido perdonados"

La espiritualidad Monfortiana insiste en que somos pobres gusanillos y miserables pecadores, más orgullosos que los pavos reales, más aferrados a la tierra que los sapos, más viles que los animales inmundos, más soberbios que los tigres etc. Que no merecemos sino la repulsa y la cólera de Dios. Horror que frecuentemente no vemos en nosotros mismos. Llevamos, dice San Pablo, un tesoro maravilloso en un ánfora de barro, y maloliente, agrega San Luis María, que daña toda el agua cristalina o el vino aromático que se coloque en ella. Ver todo eso con humildad, calma y mansedumbre como recomienda san Francisco de Sales, no desesperar como pide san Alfonso María de Ligorio, confiar plenamente en la misericordia de Dios y abandonarse serenamente en su bondad como dice el Abad de Thomas de Saint Laurent, es algo que supera cualquier tratamiento psicológico humano, cualquier psicoterapia de este mundo y nos coloca en paz con Dios aunque estemos delante de nuestro propio horror moral en un diván de psicoanalista.

Así debió ser la visión arrepentida que de sí misma tuvo Santa María Magdalena cuando se encontró con ese apuesto varón de majestad innegable, con esa mirada pura y calma que no la increpó furioso pero tampoco condescendió con sus pecados y se los hizo ver mansamente en toda su profundidad dolorosa y fétida, como a la Samaritana del pozo. No debió ser ciertamente una mirada de hombre carnal y arrogante, y por eso mismo ella por primera vez sintió que era analizada en su propia realidad pero dulcemente perdonada sin reproches. Nunca antes había sido mirada así, aquella que no se sabe bien por qué leyenda, es retratada de abundante cabellera rojiza y facciones irresistiblemente atractivas para un hombre.

Y qué decir del arrepentimiento de San Pedro, traspasado de lado a lado por aquella mirada nobilísima que no le reclamó nada, ni lo increpó por su flaqueza negando que lo conocía. La fuerza de ese arrepentimiento y ese perdón quedaron misteriosamente estampadas en la expresión del rostro de un San Pedro que convirtió cientos de almas, más por su mirada, su caridad cristiana, su trato amable y otros imponderables difíciles de describir que por su cartas y la doctrina de sus predicaciones que superó San Pablo. Hay autores que afirman que San Pedro debió llevar en las mejillas las marcas de un llanto frecuente y que los ojos se le hacía lágrimas al comenzar a contar la historia de Aquel a quien había negado por pura cobardía.

Por Antonio Borda

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(1) Joris-Karl Huysmans (1848-1907) Escritor francés de ascendencia flamenca. De cuyo proceso de conversión escribió Dr.Plinio en el periódico "O Legionario" de la arquidiócesis de Sao Paul (Brasil) en los años 30.

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/67510-Arrepentimientos-cuaresmales. Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.



 

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