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"El polvo de la fragilidad es nuestra condición", afirma el Arzobispo de Puerto Alegre, Brasil
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25 de Marzo de 2015 / 0 Comentarios
 
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Puerto Alegre (Miércoles, 25-03-2015, Gaudium Press) Con el título "Lo esencial es invisible", Mons. Jaime Spengler, Arzobispo de Puerto Alegre, en Brasil, afirma en su más reciente artículo que, al inicio de la Cuaresma, fuimos recordados de que somos polvo y al polvo retornaremos y que reconocer y asumir la propia condición no siempre es fácil. Para él, a partir de la fe, conscientes de la propia condición, las cenizas de nuestra condición representan la posibilidad de vida plena.

1.jpgDe acuerdo con el Prelado, intuye la perspectiva ofrecida por la fe quien se siente tocado por la experiencia del encuentro con Jesús. Él explica que a partir de esa experiencia, todo puede adquirir nuevo significado: el modo de ver las cosas, el otro, la vida, la muerte, Dios se transforma. "Ese modo de ver no es expresión de la propia subjetividad, sino es repercusión de la gracia del encuentro. ¿Cómo se da ese modo de ver?", cuestiona.

Entonces Mons. Spengler recuerda que en una entrevista hecha por el filósofo francés Claude Bonnefoy con el poeta rumano Eugène Ionesco (Entretiens avec Eugène Ionesco, París, 1970), el poeta habló de una experiencia toda personal, tenida en su juventud, que ilustra con precisión la experiencia del ver.

Declaró Ionesco: "Yo tenía cerca de 17 o 18 años. Estaba en una ciudad de la provincia. Era en junio, cerca del mediodía. Yo paseaba en una de las calles de esa ciudad muy tranquila. De repente, tuve la impresión de que el mundo al mismo tiempo se alejaba y se re aproximaba, o antes, que el mundo se había distanciado de mí, que yo estaba en otro mundo, más mío que el antiguo, infinitamente más luminoso. Los canes en los patios ladraban en mi pasaje, cerca de los muros, pero los latidos se tornaron súbitamente como que melodiosos, o casi que apagados, como que suaves. Me parecía que el cielo se tornara extremamente denso, que la luz era casi palpable, que las casas tenían un brillo jamás visto, un brillo singular, completamente fuera de lo habitual. Es muy difícil de definir; lo que es más fácil de decir, tal vez, es que yo sentí una alegría enorme, yo tuve el sentimiento de que había comprendido cualquier cosa de fundamental; que alguna cosa muy importante me aconteciera".

En ese momento, él se dijo a sí mismo: "No tengo más miedo de la muerte. Tenía el sentimiento de una verdad absoluta, definitiva. Cuando, más tarde, yo tuviese tristezas o angustias, me acordaría de aquel momento para readquirir la serenidad, la alegría".
Para el Arzobispo, el poeta expresa una experiencia singular, única, que proporcionó una percepción toda particular hasta incluso de las cosas más cotidianas: los canes con sus latidos, los muros, las casas...

Él agrega que la conversión que el tiempo de la Cuaresma indica como necesaria es camino siempre necesario para rescatar la percepción de dimensiones de la existencia humana que pueden haber sido descuidadas, olvidadas, ignoradas.

"La conversión apunta para el cultivo de la siempre necesaria obra del cuidado. Conversión significa respuesta decidida a situaciones que la vigilancia y la prudencia presentan como merecedoras de cultivo, teniendo como referencia mayor el Evangelio del Crucificado-Resucitado", pondera.

Además, el Prelado dice que conocemos las enfermedades del cuerpo; con temor reconocemos las enfermedades del alma; difícilmente, nos damos cuenta de las enfermedades de la mente. Entretanto, conforme él, no podemos descuidar la mente, pues ella también puede enfermarse, endureciéndose o perdiendo el brillo.

"Eso porque el ser humano es esa complejidad de cuerpo, alma y mente que pueden siempre enfermar debido a la condición propia de fragilidad. ¡El polvo de la fragilidad es nuestra condición! Pero es también el piso de nuestra posibilidad mayor."

Por último, Mons. Spengler alerta que el tiempo de la Cuaresma representa una posibilidad impar para a partir del reconocimiento de la propia condición, disponernos para la posibilidad de la transcendencia; o sea, a partir de la visibilidad de los elementos que nos cercan, entrever lo que es esencial y que, a veces, es invisible, como los sentimientos de amor, respeto, consideración, perdón. (FB)

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"El polvo de la fragilidad es nuestra condición", afirma el Arzobispo de Puerto Alegre, Brasil

Puerto Alegre (Miércoles, 25-03-2015, Gaudium Press) Con el título "Lo esencial es invisible", Mons. Jaime Spengler, Arzobispo de Puerto Alegre, en Brasil, afirma en su más reciente artículo que, al inicio de la Cuaresma, fuimos recordados de que somos polvo y al polvo retornaremos y que reconocer y asumir la propia condición no siempre es fácil. Para él, a partir de la fe, conscientes de la propia condición, las cenizas de nuestra condición representan la posibilidad de vida plena.

1.jpgDe acuerdo con el Prelado, intuye la perspectiva ofrecida por la fe quien se siente tocado por la experiencia del encuentro con Jesús. Él explica que a partir de esa experiencia, todo puede adquirir nuevo significado: el modo de ver las cosas, el otro, la vida, la muerte, Dios se transforma. "Ese modo de ver no es expresión de la propia subjetividad, sino es repercusión de la gracia del encuentro. ¿Cómo se da ese modo de ver?", cuestiona.

Entonces Mons. Spengler recuerda que en una entrevista hecha por el filósofo francés Claude Bonnefoy con el poeta rumano Eugène Ionesco (Entretiens avec Eugène Ionesco, París, 1970), el poeta habló de una experiencia toda personal, tenida en su juventud, que ilustra con precisión la experiencia del ver.

Declaró Ionesco: "Yo tenía cerca de 17 o 18 años. Estaba en una ciudad de la provincia. Era en junio, cerca del mediodía. Yo paseaba en una de las calles de esa ciudad muy tranquila. De repente, tuve la impresión de que el mundo al mismo tiempo se alejaba y se re aproximaba, o antes, que el mundo se había distanciado de mí, que yo estaba en otro mundo, más mío que el antiguo, infinitamente más luminoso. Los canes en los patios ladraban en mi pasaje, cerca de los muros, pero los latidos se tornaron súbitamente como que melodiosos, o casi que apagados, como que suaves. Me parecía que el cielo se tornara extremamente denso, que la luz era casi palpable, que las casas tenían un brillo jamás visto, un brillo singular, completamente fuera de lo habitual. Es muy difícil de definir; lo que es más fácil de decir, tal vez, es que yo sentí una alegría enorme, yo tuve el sentimiento de que había comprendido cualquier cosa de fundamental; que alguna cosa muy importante me aconteciera".

En ese momento, él se dijo a sí mismo: "No tengo más miedo de la muerte. Tenía el sentimiento de una verdad absoluta, definitiva. Cuando, más tarde, yo tuviese tristezas o angustias, me acordaría de aquel momento para readquirir la serenidad, la alegría".
Para el Arzobispo, el poeta expresa una experiencia singular, única, que proporcionó una percepción toda particular hasta incluso de las cosas más cotidianas: los canes con sus latidos, los muros, las casas...

Él agrega que la conversión que el tiempo de la Cuaresma indica como necesaria es camino siempre necesario para rescatar la percepción de dimensiones de la existencia humana que pueden haber sido descuidadas, olvidadas, ignoradas.

"La conversión apunta para el cultivo de la siempre necesaria obra del cuidado. Conversión significa respuesta decidida a situaciones que la vigilancia y la prudencia presentan como merecedoras de cultivo, teniendo como referencia mayor el Evangelio del Crucificado-Resucitado", pondera.

Además, el Prelado dice que conocemos las enfermedades del cuerpo; con temor reconocemos las enfermedades del alma; difícilmente, nos damos cuenta de las enfermedades de la mente. Entretanto, conforme él, no podemos descuidar la mente, pues ella también puede enfermarse, endureciéndose o perdiendo el brillo.

"Eso porque el ser humano es esa complejidad de cuerpo, alma y mente que pueden siempre enfermar debido a la condición propia de fragilidad. ¡El polvo de la fragilidad es nuestra condición! Pero es también el piso de nuestra posibilidad mayor."

Por último, Mons. Spengler alerta que el tiempo de la Cuaresma representa una posibilidad impar para a partir del reconocimiento de la propia condición, disponernos para la posibilidad de la transcendencia; o sea, a partir de la visibilidad de los elementos que nos cercan, entrever lo que es esencial y que, a veces, es invisible, como los sentimientos de amor, respeto, consideración, perdón. (FB)


 

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