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El segundo ángel del apocalipsis
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8 de Enero de 2016 / 0 Comentarios
 
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Redacción (Viernes, 08-01-2016, Gaudium Press) Hacia el año 1741, un fraile Dominico español escribió una historia de algo más de 500 páginas, que parecía extraída de febril imaginación y no de la pura realidad. Su personaje central era otro fraile de su misma comunidad -valenciano éste- que había vivido 55 años de edad entre 1526 y 1581, tiempos de conquista española en América.

El fraile Dominico protagonista que inspiró al escritor, había sido canonizado el 1691 y pasaba al santoral de la Iglesia con el nombre de San Luis Bertrán, aureolado de legendarios acontecimientos sobrenaturales especialmente realizados a su paso por Colombia como simple fraile misionero, catequizando aborígenes, enfrentado crueles encomenderos y acabando sequías devastadoras con breve oración. Una jaculatoria suya consiguió un día que un árbol diera frutos instantáneamente. Hizo brotar manantiales de agua pura, caminó sobre peligrosas aguas cenagosas infestadas de caimanes, repelió fieras y alimañas con una sola bendición, apagó bosques incendiados, levantó al solo toque de su rosario misionero enfermos terminales ya postrados, y sin dejar de hablar en su propio idioma todos los indígenas a los que bautizó le entendían perfectamente.

San Luis_Gaudium_Press.jpg
San Luis Beltrán, Iglesia de Santo Domingo, Elvas-Portugal

Pero esto no logró que los malos encomenderos lo respetaran. Uno de ellos le disparó a quemarropa el arcabuz del que salió fue un crucifijo. Otro le engañó con una bebida envenenada que el santo tomó y trasbocó convertida en una pequeña serpiente cabezona.

Agotado por fiebres palúdicas regresó a España con fama de santidad, donde sobrevivió muy enfermo unos diez años más predicando, dictando clases a novicios y todavía haciendo más prodigios largos de enumerar. Zurbarán y otros pintores famosos han hecho retratos de él. Sin embargo lo más suculento de su vida fue la misteriosa visión que tuvo del santo el Beato Fray Nicolás Factor el día del entierro: vio subir el alma a través de los Coros Angélicos hasta descansar en el de los Serafines. Por tal suceso se compuso una también muy misteriosa y singular novena que comienza el 9 de octubre, día del santo, en la que por cada día se invoca uno de los coros angélicos, se menciona una virtud de San Luis y para edificación de los que la hacen se nombra el vicio contrario a ella.

De San Luis Bertrán se puede asegurar que, junto con San Vicente Ferrer -también valenciano y llamado Ángel del Apocalipsis- tuvo más cosas de ángel que de humano. Sus vidas comprueban lo que afirman y demuestran tanto San Agustín como Santo Tomás acerca de las almas que en esta tierra van a punta de renuncias camino de su salvación eterna: estarán en los coros angélicos porque en el Cielo todos seremos como ángeles (Mc 12,25; Lc 20,36; Mt 22,29).

Las penitencias, austeridades y capacidad sobrenatural de sufrimiento, así como las dotes taumatúrgicas que la Providencia va develando en estas almas, las colocan como que en un estado intermedio entre el ángel puro propiamente dicho y el hombre animalizado y carnal del que Caín y Esaú fueron un modelo. Son como un hombre-angelizado o un ángel-humanado. Algo que semeja un otro coro angélico más. De este pareciera haber hecho parte el buen y santo Patriarca Jacob que tuvo una lucha cuerpo a cuerpo con un ángel y casi lo vence, y al que San Luis María Grignion de Montfort coloca como el modelo de ciertos hombres predestinados, porque están totalmente sometidos a la voluntad divina en calidad de esclavos de amor.

Tal vez fue por esa misteriosa clave de santidad que en 1936 un piquete de estudiantes de una universidad, acompañados de comunistas y anarquistas, influidos por un profesor, fueron hasta la iglesia donde estaban los restos incorruptos del santo guardados en el altar de plata martillada donado en 1742 por Doña Mariana de Bracamonte Dávila y Pacheco, Condesa de Alcudia y
Marquesa de Montalbán a raíz de un patente y comprobado milagro que el santo le hizo, lo arrastraron hasta el atrio de la iglesia, lo rociaron con petróleo y lo quemaron en protesta por la evangelización española en América. Se supo después que también la mayoría de sus memorias, sus apuntes para clases y sermones fueron quemados y desaparecidos. ¿Qué contenían que molestaba tanto?

Por Antonio Borda

 

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El segundo ángel del apocalipsis

Redacción (Viernes, 08-01-2016, Gaudium Press) Hacia el año 1741, un fraile Dominico español escribió una historia de algo más de 500 páginas, que parecía extraída de febril imaginación y no de la pura realidad. Su personaje central era otro fraile de su misma comunidad -valenciano éste- que había vivido 55 años de edad entre 1526 y 1581, tiempos de conquista española en América.

El fraile Dominico protagonista que inspiró al escritor, había sido canonizado el 1691 y pasaba al santoral de la Iglesia con el nombre de San Luis Bertrán, aureolado de legendarios acontecimientos sobrenaturales especialmente realizados a su paso por Colombia como simple fraile misionero, catequizando aborígenes, enfrentado crueles encomenderos y acabando sequías devastadoras con breve oración. Una jaculatoria suya consiguió un día que un árbol diera frutos instantáneamente. Hizo brotar manantiales de agua pura, caminó sobre peligrosas aguas cenagosas infestadas de caimanes, repelió fieras y alimañas con una sola bendición, apagó bosques incendiados, levantó al solo toque de su rosario misionero enfermos terminales ya postrados, y sin dejar de hablar en su propio idioma todos los indígenas a los que bautizó le entendían perfectamente.

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San Luis Beltrán, Iglesia de Santo Domingo, Elvas-Portugal

Pero esto no logró que los malos encomenderos lo respetaran. Uno de ellos le disparó a quemarropa el arcabuz del que salió fue un crucifijo. Otro le engañó con una bebida envenenada que el santo tomó y trasbocó convertida en una pequeña serpiente cabezona.

Agotado por fiebres palúdicas regresó a España con fama de santidad, donde sobrevivió muy enfermo unos diez años más predicando, dictando clases a novicios y todavía haciendo más prodigios largos de enumerar. Zurbarán y otros pintores famosos han hecho retratos de él. Sin embargo lo más suculento de su vida fue la misteriosa visión que tuvo del santo el Beato Fray Nicolás Factor el día del entierro: vio subir el alma a través de los Coros Angélicos hasta descansar en el de los Serafines. Por tal suceso se compuso una también muy misteriosa y singular novena que comienza el 9 de octubre, día del santo, en la que por cada día se invoca uno de los coros angélicos, se menciona una virtud de San Luis y para edificación de los que la hacen se nombra el vicio contrario a ella.

De San Luis Bertrán se puede asegurar que, junto con San Vicente Ferrer -también valenciano y llamado Ángel del Apocalipsis- tuvo más cosas de ángel que de humano. Sus vidas comprueban lo que afirman y demuestran tanto San Agustín como Santo Tomás acerca de las almas que en esta tierra van a punta de renuncias camino de su salvación eterna: estarán en los coros angélicos porque en el Cielo todos seremos como ángeles (Mc 12,25; Lc 20,36; Mt 22,29).

Las penitencias, austeridades y capacidad sobrenatural de sufrimiento, así como las dotes taumatúrgicas que la Providencia va develando en estas almas, las colocan como que en un estado intermedio entre el ángel puro propiamente dicho y el hombre animalizado y carnal del que Caín y Esaú fueron un modelo. Son como un hombre-angelizado o un ángel-humanado. Algo que semeja un otro coro angélico más. De este pareciera haber hecho parte el buen y santo Patriarca Jacob que tuvo una lucha cuerpo a cuerpo con un ángel y casi lo vence, y al que San Luis María Grignion de Montfort coloca como el modelo de ciertos hombres predestinados, porque están totalmente sometidos a la voluntad divina en calidad de esclavos de amor.

Tal vez fue por esa misteriosa clave de santidad que en 1936 un piquete de estudiantes de una universidad, acompañados de comunistas y anarquistas, influidos por un profesor, fueron hasta la iglesia donde estaban los restos incorruptos del santo guardados en el altar de plata martillada donado en 1742 por Doña Mariana de Bracamonte Dávila y Pacheco, Condesa de Alcudia y
Marquesa de Montalbán a raíz de un patente y comprobado milagro que el santo le hizo, lo arrastraron hasta el atrio de la iglesia, lo rociaron con petróleo y lo quemaron en protesta por la evangelización española en América. Se supo después que también la mayoría de sus memorias, sus apuntes para clases y sermones fueron quemados y desaparecidos. ¿Qué contenían que molestaba tanto?

Por Antonio Borda

 

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/75806-El-segundo-angel-del-apocalipsis. Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.



 

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