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El rico epulón se condenó "por haber sido incapaz de sentir compasión por Lázaro y socorrerlo", dijo el Papa
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18 de Mayo de 2016 / 0 Comentarios
 
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Ciudad del Vaticano (Miércoles, 18-05-201263, Gaudium Press) Hoy el Papa comentó en la Audiencia General la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro. Son ellas condiciones de vida que parecen en inicio "opuestas y del todo incomunicadas".

El rico "usa vestidos de lujo, mientras que Lázaro está cubierto de llagas; el rico cada día come generosamente, mientras que Lázaro muere de hambre. Sólo los perros cuidan de él, y lamen sus llagas", recordó el Papa Francisco.

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Un día el rico murió, "y entonces se dirigió a Abraham suplicándole con el apelativo de ‘padre' (v. Mt 24.27). Reclama, por lo tanto, de ser su hijo perteneciente al pueblo de Dios. Y sin embargo en vida no ha mostrado alguna consideración hacia Dios, más bien ha hecho de sí mismo el centro de todo, cerrado en su mundo de lujo y de desperdicio".

En vida Lázaro reposaba a la puerta de la casa del rico, lo que era "una llamada viviente al rico para recordarse de Dios, pero el rico no acoge tal llamado. Será condenado por lo tanto no por sus riquezas, sino por haber sido incapaz de sentir compasión por Lázaro y socorrerlo", señaló el Pontífice.

El rico muere y allá, en la otra vida la situación se ha invertido: "el pobre Lázaro es llevado por los ángeles al cielo con Abraham, el rico en cambio cae entre los tormentos". Epulón reclama del patriarca Abraham que pida a Lázaro meter en agua la punta del dedo y mojar su lengua. Entretanto, Abraham niega la petición, pues se ha cavado entre el antiguo pobre y el entonces rico un abismo, y "ofrece las claves de toda la narración: él explica que los bienes y males han sido distribuidos de modo de compensar la injusticia terrena, y la puerta que separaba en vida al rico del pobre, se ha transformado en «un gran abismo»".

Mientras estaban vivos epulón y Lázaro, "para el rico había posibilidad de salvación, abrir la puerta, ayudar a Lázaro, pero ahora que ambos están muertos, la situación se ha transformado en irreparable. Dios no es nunca llamado directamente en causa, pero la parábola pone claramente en guardia: la misericordia de Dios hacia nosotros está vinculada a nuestra misericordia hacia el prójimo; cuando falta esta, también aquella no encuentra espacio en nuestro corazón cerrado, no puede entrar. Si yo no abro la puerta de mi corazón al pobre, aquella puerta permanece cerrada, también para Dios, y esto es terrible", explicó el Papa.

Epulón en su situación de dolor recuerda a sus hermanos, "que corren el riesgo de tener el mismo fin, y pide que Lázaro pueda volver al mundo a advertirles. Pero Abraham responde: «Tienen a Moisés y a los profetas, que escuchen a ellos». Para convertirnos, no debemos esperar eventos prodigiosos, sino abrir el corazón a la Palabra de Dios, que nos llama a amar a Dios y al prójimo. La Palabra de Dios puede hacer revivir un corazón árido y curarlo de su sequedad. El rico conocía la Palabra de Dios, pero no la ha dejado entrar en el corazón, no la ha escuchado, por eso ha sido incapaz de abrir los ojos y de tener compasión del pobre", enseñó el Papa.

Francisco recordó las palabras del Señor, como enseñanza al que desee trascurrir el camino al cielo: «Todo aquello que hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

Con información de Radio Vaticano

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El rico epulón se condenó "por haber sido incapaz de sentir compasión por Lázaro y socorrerlo", dijo el Papa

Ciudad del Vaticano (Miércoles, 18-05-201263, Gaudium Press) Hoy el Papa comentó en la Audiencia General la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro. Son ellas condiciones de vida que parecen en inicio "opuestas y del todo incomunicadas".

El rico "usa vestidos de lujo, mientras que Lázaro está cubierto de llagas; el rico cada día come generosamente, mientras que Lázaro muere de hambre. Sólo los perros cuidan de él, y lamen sus llagas", recordó el Papa Francisco.

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Un día el rico murió, "y entonces se dirigió a Abraham suplicándole con el apelativo de ‘padre' (v. Mt 24.27). Reclama, por lo tanto, de ser su hijo perteneciente al pueblo de Dios. Y sin embargo en vida no ha mostrado alguna consideración hacia Dios, más bien ha hecho de sí mismo el centro de todo, cerrado en su mundo de lujo y de desperdicio".

En vida Lázaro reposaba a la puerta de la casa del rico, lo que era "una llamada viviente al rico para recordarse de Dios, pero el rico no acoge tal llamado. Será condenado por lo tanto no por sus riquezas, sino por haber sido incapaz de sentir compasión por Lázaro y socorrerlo", señaló el Pontífice.

El rico muere y allá, en la otra vida la situación se ha invertido: "el pobre Lázaro es llevado por los ángeles al cielo con Abraham, el rico en cambio cae entre los tormentos". Epulón reclama del patriarca Abraham que pida a Lázaro meter en agua la punta del dedo y mojar su lengua. Entretanto, Abraham niega la petición, pues se ha cavado entre el antiguo pobre y el entonces rico un abismo, y "ofrece las claves de toda la narración: él explica que los bienes y males han sido distribuidos de modo de compensar la injusticia terrena, y la puerta que separaba en vida al rico del pobre, se ha transformado en «un gran abismo»".

Mientras estaban vivos epulón y Lázaro, "para el rico había posibilidad de salvación, abrir la puerta, ayudar a Lázaro, pero ahora que ambos están muertos, la situación se ha transformado en irreparable. Dios no es nunca llamado directamente en causa, pero la parábola pone claramente en guardia: la misericordia de Dios hacia nosotros está vinculada a nuestra misericordia hacia el prójimo; cuando falta esta, también aquella no encuentra espacio en nuestro corazón cerrado, no puede entrar. Si yo no abro la puerta de mi corazón al pobre, aquella puerta permanece cerrada, también para Dios, y esto es terrible", explicó el Papa.

Epulón en su situación de dolor recuerda a sus hermanos, "que corren el riesgo de tener el mismo fin, y pide que Lázaro pueda volver al mundo a advertirles. Pero Abraham responde: «Tienen a Moisés y a los profetas, que escuchen a ellos». Para convertirnos, no debemos esperar eventos prodigiosos, sino abrir el corazón a la Palabra de Dios, que nos llama a amar a Dios y al prójimo. La Palabra de Dios puede hacer revivir un corazón árido y curarlo de su sequedad. El rico conocía la Palabra de Dios, pero no la ha dejado entrar en el corazón, no la ha escuchado, por eso ha sido incapaz de abrir los ojos y de tener compasión del pobre", enseñó el Papa.

Francisco recordó las palabras del Señor, como enseñanza al que desee trascurrir el camino al cielo: «Todo aquello que hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

Con información de Radio Vaticano


 

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