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Inocente como una espada
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13 de Octubre de 2017 / 0 Comentarios
 
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Redacción (Viernes, 13-10-2017, Gaudium Press) Entre el yunque y el pesado martillo, aquella alargada lámina de acero al rojo vivo recién salida de la fragua, parecía gemir con los terribles golpes. Más fuerte era el aullido del metal cuando lo introducían en agua fría levantando con fuerza una blanca vaporada. El herrero no hacía caso de los lamentos y seguía su trabajo a martilladas secas.

-La escucho llorar, dijo el niño aprendiz bajo su delantal de cuero que lo protegía de las chispas y mirando aterrado a su padre.

-Cada lámina tiene su manera de protestar y oirás muchas más en este trabajo que ahora empiezas, hijo, dijo el fortachón herrero de brazos que parecían dos piernas peludas.

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Ramoncito no era hijo único. Tenía ya diez años de edad y tras él había tres hermanitos más: dos niñas y el menor que estaba todavía en la cuna. Aquel día papá quería enseñarle el trabajo porque el niño estaba casi totalmente alfabetizado por mamá que le había a enseñado a rezar, leer, escribir y las operaciones básicas de la aritmética. Eran las doce del día y las campanas del ángelus en la torre de la iglesia de la aldea se alcanzaban a escuchar en el taller del herrero. El hombre detuvo su trabajo y comenzó a rezar con voz bronca mientras su hijo respondía.

-¿Y qué es lo que estamos fabricando papá? Me encargaron una espada, respondió, concentrado en su duro trabajo. En ese momento mamita llamó a almorzar. Sentados a la mesa después de haber rezado, Ramoncito se notaba intrigadísimo y con muchos deseos de hacer preguntas. ¿De esa lámina medio informe, alargada y retorcida que lanzaba chispas a cada martillazo papá haría una espada? ¿Una espada como la que lucía el Señor Conde? ¿Una espada de lámina resplandeciente y cortante, con empuñadura, pomo e incluso piedras preciosas? ¿Así es que se hacen las espadas, papá? Dijo por fin. -Sí, hijo ¿Por qué estás tan aterrado?

El niño no respondió. Se concentró en su plato de sopa pero era evidente que estaba pensando e imaginando algo. ¿Una espada? ¿Maravillosa como las de los cuentos de hadas que mamá contaba? ¿Maravillosa y temible como la del Señor Conde que había ido a la cruzada? Ramoncito definitivamente nunca se había imaginado que una hermosa espada comenzaba a hacerse de esa manera tan terrible: una simple lámina sin forma agraciada, una fragua poniéndola al rojo vivo, golpes brutales, chispas, tenazas para agarrarla y sumergirla en agua, gemidos del acero que parecía vivo y reclamaba. Habría de seguir atentamente el proceso a ver si era verdad lo que decía papá.

Todos los días cumplidamente después del desayuno se colocaba su grueso delantal de cuero y ayudaba frunciendo el fuelle soplador y alcanzándole herramientas al rudo hombre en su labor, mientras observaba detenidamente el trabajo que terminaría en una espada maravillosa como las de los caballeros de las cruzadas. Su infantil imaginación volaba y volaba ya sin hacer mucho caso de los amiguitos que lo visitaban para invitarlo a ir a jugar. -No ahora, gracias, respondía casi sin mirarlos.

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San Elías Profeta

Convento y casa natal de Santa Teresa, Ávila

Y un día vio la lámina ya pulida y brillante con un filo aterrador. Ni se atrevía a tocarla. Después vio al experto herrero ensamblar las defensas que quedaban haciendo una cruz con la lámina, atornillar la empuñadura, colocarle el pomo y seguir limando y limando hasta pulirla más. Todas las partes del arma el hombre las había hecho con paciencia y tranquilidad. A ramoncito le parecía que la espada estaba feliz y sonreía. Cuando papá descansaba y la dejaba recostada en la pared donde pendía un bello cuadro de la Virgen dolorosa, el niño iba a contemplarla y conversar con ella.

-No puedo creer que estés tan bella. Y la acariciaba suavemente. Eres terriblemente bella, decía. Un día llegó un lacayo del castillo trayendo una bolsa de gamuza. La entregó al herrero y partió rápidamente. De ella el hombre extrajo un puñado de preciosas piedras cristalinas de varios colores resplandecientes. Papá las miró con ojo experto una por una, colocó la espada sobre el tablón de trabajo y se puso a calcular en qué partes de la empuñadura y las defensas las ensamblaría. -El Señor Conde, dijo, quiere una espada de ceremonia, hijo. ¿Ella no irá a la guerra? exclamó Ramoncito sorprendido.

El herrero detuvo la observación de las piedras y volvió la mirada con ternura a su hijo. ¿Qué universo maravilloso y sublime de relacionamientos y asociaciones, había surgido adentro de esa cabecita rubia de aprendiz inocente? Comprendió que su rudo y brusco trabajo también un día había comenzado así maravillado, y que el paso del tiempo con sus preocupaciones le fue velando ese paisaje interior del alma donde forjaba el hierro para hacer rejas, armaduras, espuelas, escudos y otras cosas más que le encargaban.

-Hijo. La hice fuerte y resistente para ir a la guerra pero bella y delicada para estar en ceremonias magníficas de elegantes salones. El niño pareció entender perfectamente, y encantado dijo que la espada le parecía la Virgen María guerrera que había sufrido mucho y ahora iría al Cielo. Maravillado con su hijo, el buen y rudo herrero sintió que estaba recuperando su propia inocencia perdida.

Por Antonio Borda

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Inocente como una espada

Redacción (Viernes, 13-10-2017, Gaudium Press) Entre el yunque y el pesado martillo, aquella alargada lámina de acero al rojo vivo recién salida de la fragua, parecía gemir con los terribles golpes. Más fuerte era el aullido del metal cuando lo introducían en agua fría levantando con fuerza una blanca vaporada. El herrero no hacía caso de los lamentos y seguía su trabajo a martilladas secas.

-La escucho llorar, dijo el niño aprendiz bajo su delantal de cuero que lo protegía de las chispas y mirando aterrado a su padre.

-Cada lámina tiene su manera de protestar y oirás muchas más en este trabajo que ahora empiezas, hijo, dijo el fortachón herrero de brazos que parecían dos piernas peludas.

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Ramoncito no era hijo único. Tenía ya diez años de edad y tras él había tres hermanitos más: dos niñas y el menor que estaba todavía en la cuna. Aquel día papá quería enseñarle el trabajo porque el niño estaba casi totalmente alfabetizado por mamá que le había a enseñado a rezar, leer, escribir y las operaciones básicas de la aritmética. Eran las doce del día y las campanas del ángelus en la torre de la iglesia de la aldea se alcanzaban a escuchar en el taller del herrero. El hombre detuvo su trabajo y comenzó a rezar con voz bronca mientras su hijo respondía.

-¿Y qué es lo que estamos fabricando papá? Me encargaron una espada, respondió, concentrado en su duro trabajo. En ese momento mamita llamó a almorzar. Sentados a la mesa después de haber rezado, Ramoncito se notaba intrigadísimo y con muchos deseos de hacer preguntas. ¿De esa lámina medio informe, alargada y retorcida que lanzaba chispas a cada martillazo papá haría una espada? ¿Una espada como la que lucía el Señor Conde? ¿Una espada de lámina resplandeciente y cortante, con empuñadura, pomo e incluso piedras preciosas? ¿Así es que se hacen las espadas, papá? Dijo por fin. -Sí, hijo ¿Por qué estás tan aterrado?

El niño no respondió. Se concentró en su plato de sopa pero era evidente que estaba pensando e imaginando algo. ¿Una espada? ¿Maravillosa como las de los cuentos de hadas que mamá contaba? ¿Maravillosa y temible como la del Señor Conde que había ido a la cruzada? Ramoncito definitivamente nunca se había imaginado que una hermosa espada comenzaba a hacerse de esa manera tan terrible: una simple lámina sin forma agraciada, una fragua poniéndola al rojo vivo, golpes brutales, chispas, tenazas para agarrarla y sumergirla en agua, gemidos del acero que parecía vivo y reclamaba. Habría de seguir atentamente el proceso a ver si era verdad lo que decía papá.

Todos los días cumplidamente después del desayuno se colocaba su grueso delantal de cuero y ayudaba frunciendo el fuelle soplador y alcanzándole herramientas al rudo hombre en su labor, mientras observaba detenidamente el trabajo que terminaría en una espada maravillosa como las de los caballeros de las cruzadas. Su infantil imaginación volaba y volaba ya sin hacer mucho caso de los amiguitos que lo visitaban para invitarlo a ir a jugar. -No ahora, gracias, respondía casi sin mirarlos.

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San Elías Profeta

Convento y casa natal de Santa Teresa, Ávila

Y un día vio la lámina ya pulida y brillante con un filo aterrador. Ni se atrevía a tocarla. Después vio al experto herrero ensamblar las defensas que quedaban haciendo una cruz con la lámina, atornillar la empuñadura, colocarle el pomo y seguir limando y limando hasta pulirla más. Todas las partes del arma el hombre las había hecho con paciencia y tranquilidad. A ramoncito le parecía que la espada estaba feliz y sonreía. Cuando papá descansaba y la dejaba recostada en la pared donde pendía un bello cuadro de la Virgen dolorosa, el niño iba a contemplarla y conversar con ella.

-No puedo creer que estés tan bella. Y la acariciaba suavemente. Eres terriblemente bella, decía. Un día llegó un lacayo del castillo trayendo una bolsa de gamuza. La entregó al herrero y partió rápidamente. De ella el hombre extrajo un puñado de preciosas piedras cristalinas de varios colores resplandecientes. Papá las miró con ojo experto una por una, colocó la espada sobre el tablón de trabajo y se puso a calcular en qué partes de la empuñadura y las defensas las ensamblaría. -El Señor Conde, dijo, quiere una espada de ceremonia, hijo. ¿Ella no irá a la guerra? exclamó Ramoncito sorprendido.

El herrero detuvo la observación de las piedras y volvió la mirada con ternura a su hijo. ¿Qué universo maravilloso y sublime de relacionamientos y asociaciones, había surgido adentro de esa cabecita rubia de aprendiz inocente? Comprendió que su rudo y brusco trabajo también un día había comenzado así maravillado, y que el paso del tiempo con sus preocupaciones le fue velando ese paisaje interior del alma donde forjaba el hierro para hacer rejas, armaduras, espuelas, escudos y otras cosas más que le encargaban.

-Hijo. La hice fuerte y resistente para ir a la guerra pero bella y delicada para estar en ceremonias magníficas de elegantes salones. El niño pareció entender perfectamente, y encantado dijo que la espada le parecía la Virgen María guerrera que había sufrido mucho y ahora iría al Cielo. Maravillado con su hijo, el buen y rudo herrero sintió que estaba recuperando su propia inocencia perdida.

Por Antonio Borda

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/90499-Inocente-como-una-espada. Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.



 

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