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"No, no me arrepiento de nada"
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12 de Abril de 2019 / 0 Comentarios
 
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Redacción (Viernes, 12-04-2019, Gaudium Press) Edith Piaf ciertamente tuvo una infancia dolorosa que no quiso aceptar. Terminó en la tumba apenas a los 47 años de edad medio alcoholizada y con un cáncer de hígado tremendo que la había vuelto morfinómana. Cantaba con un sentimiento tan conmovedor que estremecía a los auditorios hasta el llanto. Su vida personal fue terrible y aunque tuvo varias parejas, con ninguna encontró estabilidad y paz. Su canción más popular fue algo así como un manifiesto de rebelión: Je ne regrette rien. Canción a la que ella se limitó a prestarle la voz porque no le compuso la letra ni la música. Otros lo hicieron por ella y parece que no con muy buenas intenciones.

Repasando su historia cualquier persona se puede dejar llevar por el sentimentalismo, el resentimiento y el reclamo: Nació en la calle y de una madre bohemia abandonada, que después la abandonó también un día cualquiera. Fue a parar a las manos de la abuela materna, una gitana que dicen le daba vino en el biberón. Pasó después a las de abuela paterna que regentaba una casa de perdición. La niña creció entre mujeres de mala vida, pervertida por el mal ejemplo. Era de pequeña estatura y cuerpo muy frágil. Poco atractiva pero con una voz emocionante a través de la cual conseguía trasmitir la totalidad de su pena y propia conmiseración tarareando limosnera desde los quince años en la calle, donde la descubrió un cabaretero que la puso a cantar en su negocio. Ese fue el comienzo de su éxito más tarde en los escenarios de París y Nueva York. Marcó toda una época y la marcó con su pena. Pena de sí misma, pena con su pobre vida, muriendo atea e indiferente con la fe.

Manejar el dolor -sea físico o espiritual, o los dos a la vez- no es nada fácil por no decir imposible. Para algunos dolores físicos no hay analgésico que valga y hoy parece que los manejan induciendo al coma, pues ni siquiera la morfina consigue apaciguarlos. Pero no se sabe bien en qué estado queda el alma con un coma cerebral. ¿Realmente ya no se siente dolor? Tal vez lo que sucede es que se aíslan sus manifestaciones físicas exteriores pero sigue habiendo dolor sin poderse expresar. No sabemos bien lo que suceda allá en el fondo de una mente adolorida con el cuerpo sedado.

Aprender a sobrellevar el dolor con espíritu sobrenatural ha sido siempre una gracia que se atrae del Cielo y una recomendación del buen sacerdote junto al lecho del enfermo o el agonizante. Sus palabras consoladoras y la aplicación de los sacramentos son un milagroso lenitivo de santo efecto sobre todo en el alma, y de allí irradia al cuerpo herido, averiado, desgastado y a punto de sucumbir. Tal vez la ciencia y la sociedad hubiesen hecho mejor preparando valientemente la gente para la agonía que entubarla en una UCI. Tanto el agonizante como sus dolientes podrían acompañarse en el propio hogar con cantos religiosos, músicas sagradas, aromas distendidos y por supuesto mucha oración, como se acostumbraba hace tiempos atrás. Pero ciertamente lo que más serviría para acompañar ese paso sería la buena formación espiritual y moral traída desde la infancia: educados para morir. Morir en paz, sin resentimientos ni reclamos y en una atmósfera de esperanza seria y confiada en la misericordia divina, con la mayor naturalidad.

Al parecer la pobre Edith no tuvo quien le diese esa oportunidad a la hora de morir, y esta se le ha negado a muchos que han llevado una vida dura en este valle de lágrimas, de exilio, de dolor y de pecados en medio del auto rechazo y la propia conmiseración de sí mismos. Sería terrible imaginar que ella murió repitiendo mentalmente algunas sombrías estrofas de esa perturbadora canción: Je ne regrette rien. Ni le bien qu'on m'a fait, ni le mal. ¡Tout ça m'est bien égal!, lejos del perdón, de la reconciliación y de la esperanza. Así no se puede llegar ante el tribunal de Dios. Tan distinto esto de aquel humilde ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! con lo que se selló nuestra Redención y que a tantos buenos agonizantes se les ha escuchado decir mientras se dan una bendición grande, de la frente al pecho y del hombro izquierdo hasta el derecho...

Por Antonio Borda

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"No, no me arrepiento de nada"

Redacción (Viernes, 12-04-2019, Gaudium Press) Edith Piaf ciertamente tuvo una infancia dolorosa que no quiso aceptar. Terminó en la tumba apenas a los 47 años de edad medio alcoholizada y con un cáncer de hígado tremendo que la había vuelto morfinómana. Cantaba con un sentimiento tan conmovedor que estremecía a los auditorios hasta el llanto. Su vida personal fue terrible y aunque tuvo varias parejas, con ninguna encontró estabilidad y paz. Su canción más popular fue algo así como un manifiesto de rebelión: Je ne regrette rien. Canción a la que ella se limitó a prestarle la voz porque no le compuso la letra ni la música. Otros lo hicieron por ella y parece que no con muy buenas intenciones.

Repasando su historia cualquier persona se puede dejar llevar por el sentimentalismo, el resentimiento y el reclamo: Nació en la calle y de una madre bohemia abandonada, que después la abandonó también un día cualquiera. Fue a parar a las manos de la abuela materna, una gitana que dicen le daba vino en el biberón. Pasó después a las de abuela paterna que regentaba una casa de perdición. La niña creció entre mujeres de mala vida, pervertida por el mal ejemplo. Era de pequeña estatura y cuerpo muy frágil. Poco atractiva pero con una voz emocionante a través de la cual conseguía trasmitir la totalidad de su pena y propia conmiseración tarareando limosnera desde los quince años en la calle, donde la descubrió un cabaretero que la puso a cantar en su negocio. Ese fue el comienzo de su éxito más tarde en los escenarios de París y Nueva York. Marcó toda una época y la marcó con su pena. Pena de sí misma, pena con su pobre vida, muriendo atea e indiferente con la fe.

Manejar el dolor -sea físico o espiritual, o los dos a la vez- no es nada fácil por no decir imposible. Para algunos dolores físicos no hay analgésico que valga y hoy parece que los manejan induciendo al coma, pues ni siquiera la morfina consigue apaciguarlos. Pero no se sabe bien en qué estado queda el alma con un coma cerebral. ¿Realmente ya no se siente dolor? Tal vez lo que sucede es que se aíslan sus manifestaciones físicas exteriores pero sigue habiendo dolor sin poderse expresar. No sabemos bien lo que suceda allá en el fondo de una mente adolorida con el cuerpo sedado.

Aprender a sobrellevar el dolor con espíritu sobrenatural ha sido siempre una gracia que se atrae del Cielo y una recomendación del buen sacerdote junto al lecho del enfermo o el agonizante. Sus palabras consoladoras y la aplicación de los sacramentos son un milagroso lenitivo de santo efecto sobre todo en el alma, y de allí irradia al cuerpo herido, averiado, desgastado y a punto de sucumbir. Tal vez la ciencia y la sociedad hubiesen hecho mejor preparando valientemente la gente para la agonía que entubarla en una UCI. Tanto el agonizante como sus dolientes podrían acompañarse en el propio hogar con cantos religiosos, músicas sagradas, aromas distendidos y por supuesto mucha oración, como se acostumbraba hace tiempos atrás. Pero ciertamente lo que más serviría para acompañar ese paso sería la buena formación espiritual y moral traída desde la infancia: educados para morir. Morir en paz, sin resentimientos ni reclamos y en una atmósfera de esperanza seria y confiada en la misericordia divina, con la mayor naturalidad.

Al parecer la pobre Edith no tuvo quien le diese esa oportunidad a la hora de morir, y esta se le ha negado a muchos que han llevado una vida dura en este valle de lágrimas, de exilio, de dolor y de pecados en medio del auto rechazo y la propia conmiseración de sí mismos. Sería terrible imaginar que ella murió repitiendo mentalmente algunas sombrías estrofas de esa perturbadora canción: Je ne regrette rien. Ni le bien qu'on m'a fait, ni le mal. ¡Tout ça m'est bien égal!, lejos del perdón, de la reconciliación y de la esperanza. Así no se puede llegar ante el tribunal de Dios. Tan distinto esto de aquel humilde ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! con lo que se selló nuestra Redención y que a tantos buenos agonizantes se les ha escuchado decir mientras se dan una bendición grande, de la frente al pecho y del hombro izquierdo hasta el derecho...

Por Antonio Borda

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/102508--No--no-me-arrepiento-de-nada-. Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.



 

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