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La Iglesia es amiga del progreso
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7 de Febrero de 2013 / 0 Comentarios
 
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Redacción (Jueves, 07-02-2013, Gaudium Press) Una superficial consideración del mundo de hoy lleva a creer que la Iglesia es contraria el progreso. En la verdadera acepción de la palabra, ‘desarrollo' es una cosa buena. A este respecto, escribió Pablo VI en su último libro, todavía como Cardenal Montini, en 1963: "La cristiandad no es un obstáculo al progreso moderno porque no lo considera apenas en sus aspectos técnicos y económicos, sino en el total de su desarrollo. Los bienes temporales podrán ciertamente ayudar al completo desarrollo del hombre, mas ellos no constituyen el ideal de la perfección humana o la esencia del progreso social". [1]

1.jpgEl problema con el aparente progreso, este sí, criticado por la Iglesia, está en el hecho de haber sido acompañado por una filosofía que parecía dejar de lado a Dios y confiar en la mera técnica, o en el propio hombre, tal como advirtió el entonces cardenal Ratzinger: "No es la expansión en sí de las posibilidades técnicas que es mala, sino la arrogancia iluminista que, en muchos casos, aplastó estructuras desarrolladas y oprimió las almas de hombres cuyas tradiciones religiosas y éticas fueron descartadas de forma displicente". [2]

Thomas S. Kuhn, llegó incluso a colocar el dedo en la herida y a levantar el problema hacia donde caminaba la ciencia y la técnica a mediados del s. XX, pues, su proceso parecía partir de estados primitivos y aparentaba no llevar la investigación para más cerca de la verdad o en dirección a algo, lo que significaba que un número inquietante de problemas podrían advenir.[3] Anteriormente, ya Kierkegaard alertaba que, tornándose la ciencia un modo de vida, entonces ese sería el modo más terrible de vivir: "encantar a todo el mundo y extasiarse con los descubrimientos y la genialidad, sin, entretanto, [el hombre] conseguir comprenderse a sí mismo".[4]

El progreso, no puede sino traer beneficios para la humanidad; si no los trae, y hasta tantas veces compite para agravar los problemas humanos, se debe atribuir esto al hecho de que el progreso contemporáneo, bajo muchos aspectos, no es un progreso auténtico. Este desvío deberá ser posible porque existe en la humanidad un factor de desorden, causado por el pecado original, tantas veces olvidado por los hombres y recordado por la Iglesia (Caritas in Veritate, n. 34). No basta el desarrollo técnico. Él tiene que ser acompañado por el ético, humano, debe tener en vista al hombre todo y todos los hombres. Un progreso íntegro e integral.

El remedio para los males del falso progreso está en la caridad, sin embargo, caridad en la Verdad, o sea, en Jesucristo. Si de Él no se hubiese alejado el hombre, no habría el progreso sufrido tal desvío. Al dirigirse a Dios, y valorizar el amor conforme el mandamiento nuevo traído por Jesús, el progreso se desentrañará de sus tergiversaciones y producirá los frutos más excelentes. Esta forma de progreso viene muy bien delineada en el reciente Compendio de Doctrina Social de la Iglesia:

"La humanidad comprende cada vez más claramente estar ligada por un único destino que requiere una común asunción de responsabilidades, inspirada en un humanismo integral y solidario: ve que esta unidad de destino es frecuentemente condicionada y hasta incluso impuesta por la técnica o por la economía y advierte la necesidad de una mayor consciencia moral, que oriente el camino común. Estupefactos por las multíplices innovaciones tecnológicas, los hombres de nuestro tiempo desean ardientemente que el progreso sea votado al verdadero bien de la humanidad de hoy y de mañana". (n. 6)

Por P. José Victorino de Andrade, EP

_____

[1] MONTINI, Giovanni Battista. The Christian in the Material World. Baltimore: Helicon, 1964. (tradução minha).
[2] RATZINGER, Joseph. Fé, Verdade, Tolerância. Traduções UCEDITORA: Lisboa, 2007. P. 71
[3] Cf. REALE, Giovanni. História da Filosofia: Do romanismo até nossos dias. V. 3. São Paulo: Paulus, 1991. p. 1046.
[4] Idem, p. 250.

 

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La Iglesia es amiga del progreso

Redacción (Jueves, 07-02-2013, Gaudium Press) Una superficial consideración del mundo de hoy lleva a creer que la Iglesia es contraria el progreso. En la verdadera acepción de la palabra, ‘desarrollo' es una cosa buena. A este respecto, escribió Pablo VI en su último libro, todavía como Cardenal Montini, en 1963: "La cristiandad no es un obstáculo al progreso moderno porque no lo considera apenas en sus aspectos técnicos y económicos, sino en el total de su desarrollo. Los bienes temporales podrán ciertamente ayudar al completo desarrollo del hombre, mas ellos no constituyen el ideal de la perfección humana o la esencia del progreso social". [1]

1.jpgEl problema con el aparente progreso, este sí, criticado por la Iglesia, está en el hecho de haber sido acompañado por una filosofía que parecía dejar de lado a Dios y confiar en la mera técnica, o en el propio hombre, tal como advirtió el entonces cardenal Ratzinger: "No es la expansión en sí de las posibilidades técnicas que es mala, sino la arrogancia iluminista que, en muchos casos, aplastó estructuras desarrolladas y oprimió las almas de hombres cuyas tradiciones religiosas y éticas fueron descartadas de forma displicente". [2]

Thomas S. Kuhn, llegó incluso a colocar el dedo en la herida y a levantar el problema hacia donde caminaba la ciencia y la técnica a mediados del s. XX, pues, su proceso parecía partir de estados primitivos y aparentaba no llevar la investigación para más cerca de la verdad o en dirección a algo, lo que significaba que un número inquietante de problemas podrían advenir.[3] Anteriormente, ya Kierkegaard alertaba que, tornándose la ciencia un modo de vida, entonces ese sería el modo más terrible de vivir: "encantar a todo el mundo y extasiarse con los descubrimientos y la genialidad, sin, entretanto, [el hombre] conseguir comprenderse a sí mismo".[4]

El progreso, no puede sino traer beneficios para la humanidad; si no los trae, y hasta tantas veces compite para agravar los problemas humanos, se debe atribuir esto al hecho de que el progreso contemporáneo, bajo muchos aspectos, no es un progreso auténtico. Este desvío deberá ser posible porque existe en la humanidad un factor de desorden, causado por el pecado original, tantas veces olvidado por los hombres y recordado por la Iglesia (Caritas in Veritate, n. 34). No basta el desarrollo técnico. Él tiene que ser acompañado por el ético, humano, debe tener en vista al hombre todo y todos los hombres. Un progreso íntegro e integral.

El remedio para los males del falso progreso está en la caridad, sin embargo, caridad en la Verdad, o sea, en Jesucristo. Si de Él no se hubiese alejado el hombre, no habría el progreso sufrido tal desvío. Al dirigirse a Dios, y valorizar el amor conforme el mandamiento nuevo traído por Jesús, el progreso se desentrañará de sus tergiversaciones y producirá los frutos más excelentes. Esta forma de progreso viene muy bien delineada en el reciente Compendio de Doctrina Social de la Iglesia:

"La humanidad comprende cada vez más claramente estar ligada por un único destino que requiere una común asunción de responsabilidades, inspirada en un humanismo integral y solidario: ve que esta unidad de destino es frecuentemente condicionada y hasta incluso impuesta por la técnica o por la economía y advierte la necesidad de una mayor consciencia moral, que oriente el camino común. Estupefactos por las multíplices innovaciones tecnológicas, los hombres de nuestro tiempo desean ardientemente que el progreso sea votado al verdadero bien de la humanidad de hoy y de mañana". (n. 6)

Por P. José Victorino de Andrade, EP

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[1] MONTINI, Giovanni Battista. The Christian in the Material World. Baltimore: Helicon, 1964. (tradução minha).
[2] RATZINGER, Joseph. Fé, Verdade, Tolerância. Traduções UCEDITORA: Lisboa, 2007. P. 71
[3] Cf. REALE, Giovanni. História da Filosofia: Do romanismo até nossos dias. V. 3. São Paulo: Paulus, 1991. p. 1046.
[4] Idem, p. 250.

 

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/44020-La-Iglesia-es-amiga-del-progreso. Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.



 

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