¡Cuánto consuelo tuvo el Divino Infante cuando descansó por primera vez en el regazo varonil y paternal de San José! Desde la eternidad, él había sido preparado para ser la representación de Dios Padre junto con el Hijo encarnado. Fue el padre perfecto: de santidad inmaculada, lleno de cariño, deseoso de educar, deseoso de proteger y apoyar en todas las necesidades.
Redacción (19/03/2025, Gaudium Press) Muchas almas, a lo largo de los siglos, han tenido el placer de contemplar la alegría y el encanto del Niño-Dios acunado por primera vez en los brazos maternos de la Santísima Virgen María. ¡Cuánta alegría debió sentir el Niño Jesús en aquel momento al verse envuelto por el amor purísimo de su Santísima Madre, creada por Dios para encarnarse en Ella y redimir a los hombres, restaurando la obra de la creación!
Pocos, sin embargo, recuerdan haber contemplado el consuelo que sintió el Divino Infante cuando descansó por primera vez en el regazo varonil y afectuoso de su padre virginal quien, aunque no lo había engendrado según la carne, había sido elegido por el Padre Celestial para ser su representación ante la Segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha Hombre.
La figura de José en el caleidoscopio del Antiguo Testamento
Al igual que la Santísima Virgen María, el Santo Patriarca fue prefigurado varias veces en el Antiguo Testamento, ya que estaba íntimamente vinculado al misterio de la Encarnación. De hecho, a lo largo de los milenios que precedieron al nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, Dios Padre fue “modelando” e “idealizando” la imagen del hombre y padre perfecto, que más tarde florecería en la sublime figura de San José.
Cuando leemos las Sagradas Escrituras, nos maravillamos de la santidad del justo Abel, que ofreció a Dios las primicias de su rebaño e inauguró el culto divino (cf. Gn 4,1-4); o con la fidelidad de Noé que, habiendo creído en la palabra divina, construyó un arca para salvar a los animales de cada especie y a los elegidos del castigo del diluvio (cf. Gn 6,8-22).
También Abraham, ya anciano, recibió una promesa de Dios: el nacimiento de un hijo cuya descendencia sería más numerosa que la arena del mar y las estrellas del cielo (cf. Gn 15,4-5). Porque creyó, engendró con Sara, hasta entonces estéril, a Isaac, a quien el mismo Señor exigiría después ofrecer en sacrificio… ¡Oh prueba sublime de fe y de fidelidad! Dispuesto a cumplir el mandato divino, Abraham sacrificó primero su corazón de padre. Y de este acto de supremo amor a Dios floreció el cumplimiento de la promesa que le había sido hecha (cf. Gn 22,1-18).
Jacob, hijo de Isaac, el hombre amado a quien Dios reveló que descendería a la tierra por una misteriosa escala que conocería su posteridad (cf. Gn 28,10-14), engendró varios hijos, entre los cuales destacó José, que fue vendido a Egipto por sus hermanos y acabó convirtiéndose, después de muchas dificultades, en gobernador y dispensador de todos los bienes del Faraón (cf. Gn 41,37-45).
Un poco más adelante, vemos la elección de Moisés de liberar al pueblo hebreo de la esclavitud egipcia y recibir la alianza y las Tablas de la Ley de Dios en el Monte Sinaí. La Escritura le atribuye esta admirable alabanza: «No volvió a surgir en Israel un profeta como Moisés, con quien el Señor hablara cara a cara» (Dt 34,10).
Consideremos también a Elías, el hombre fogoso que nunca se avino a las desviaciones de su tiempo (cf. 1 R 18, 20-46), siendo el padre espiritual de los profetas y de la estirpe de almas fieles que perdurará hasta el fin de los tiempos.
Todos estos hombres políticos fueron creados para mantener viva a lo largo de los milenios la semilla de la integridad y de la santidad en el pueblo elegido –tantas veces infiel a su misión–, culminando con la venida del Mesías. Para ello, deberían prefigurar la persona y las virtudes del hombre por excelencia que, íntimamente unido al misterio de la Encarnación, sería el padre humano del Salvador esperado.
Criado en anticipación de la Redención venidera
Elegido por el Espíritu Santo como esposo de Nuestra Señora y padre de Jesucristo, el Glorioso Patriarca fue dotado de una incomparable plenitud de gracias y dones que le ayudarían a cumplir su alta misión.
Bajo los velos de su humildad se escondían virtudes sublimes, concedidas en anticipación de los méritos de la Redención, de la que María era la aurora resplandeciente. De hecho, por su proximidad a Ella, José fue el primero en beneficiarse de todas las maravillas y riquezas que emanaban de la Reina del Universo.
No es de extrañar, pues, que en él se encontraran de modo supereminente todas las virtudes que adornaban las almas de los santos del Antiguo Testamento, y que la contemplación de estas virtudes constituyera para el Divino Infante, durante toda la vida oculta de la Sagrada Familia, un verdadero paraíso.
Verificando en el Padre las excelencias de la promesa
Estando todavía en el seno materno, el Verbo Eterno contempló en el alma paterna una generosidad superior a la de Abel, pues si este ofreció al Señor las primicias de su rebaño, San José, decidiendo huir por sentirse indigno del misterio que rodeaba a la Santísima Virgen, sacrificó a Dios el mayor de todos los dones: vivir con Ella.
Al ver con cuánto amor y cariño San José cuidaba de su Esposa, el Redentor se conmovió también al considerar que a él, como nuevo Noé, Dios Padre le había confiado el Arca que había traído la salvación a la humanidad, el Arca que era el Arco Iris divino imperecedero que unía el Cielo y la tierra.
La fe, que fue la corona de gloria de Abraham en medio de las mayores perplejidades, brilló con mayor resplandor aún en el alma del Santo Patriarca en cada una de las pruebas y dificultades que afrontó a lo largo de la vida de Jesús. Al verlo sentir hambre y sed, sufrir las inclemencias del tiempo o incluso verse obligado a huir de Herodes, entre otras muchas contingencias, creyó firmemente en su divinidad, llenando de encanto el alma de su amado Hijo.
“Además, sabe que la vida de Nuestra Señora y, más aún, la vida de Nuestro Señor Jesucristo están dedicadas a salvar a los hombres y se asocia a este propósito redentor, silenciosamente y con auténtica resignación, dispuesto, como Abraham, a ver a su Hijo inmolado en el altar de la Cruz.”
Muchas veces las santas conversaciones entre sus padres le recordaban al Divino Niño el sueño del patriarca Jacob, pues eran verdaderamente la escalera por la cual Dios había descendido a la tierra. Y recordando también el sueño de José en Egipto (cf. Gn 37, 9) en el que el sol, la luna y las estrellas se postraron ante él, vio que, en sentido espiritual, este presagio se cumplía en su padre José, a quien Él mismo, Sol de Justicia, su Madre y, en adelante, toda la Iglesia Gloriosa obedecía plenamente.
Al escuchar a su virginal padre contarle las demás hazañas de José de Egipto, reflexionó que este hombre justo, «en la casa de Putifar, dio una notable prueba de castidad heroica; sin embargo, terminó relegado por un tiempo a la oscuridad de un calabozo y casi fue olvidado. El segundo José dio un ejemplo mucho más sublime de virginidad angelical, comprometido como estaba con la más pura de todas las vírgenes», y, sin embargo, no descendió a ninguna prisión, sino que fue elevado «a los más nobles asientos en la Casa del Señor y en la Corte Celestial».
A lo largo de los treinta años de su vida oculta, Jesús consideró ciertamente que san José era más excelso que Moisés, porque si éste hablaba con Dios como un hombre habla con su amigo (cf. Nm 12, 8), aquel vivía cotidianamente con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad como un padre con su hijo. Por otra parte, también sería más glorioso que el profeta Elías, pues comandaría no sólo una línea de justos, sino los elegidos de toda la Historia, como Patriarca y Protector de la Santa Iglesia Católica.
¿Qué encantado quedó Nuestro Señor, a la edad de doce años, cuando vio la fuerza “elíaca” del alma de San José manifestarse, por ejemplo, en el episodio de la pérdida y el hallazgo en el Templo? El pequeño Jesús vio en este hecho dos extremos del heroísmo de su padre: por una parte, el celo que demostró al defender al Niño-Dios contra los doctores de la Ley; por otra, su inefable confianza en aceptar con toda fidelidad una “reprimenda” de su propio Divino Hijo, aun sin comprenderla del todo: “¿Por qué me buscabais? (Lc 2,49).
Como nos enseña Mons. João Scognamiglio Clá Dias: «Dios permitió que la pérdida y el hallazgo del Niño Jesús en el Templo disiparan la idea errónea de que la vida humana debería ser próspera, sin contratiempos ni dificultades, sin sorpresas ni contradicciones. […] Hay una prueba que Dios exige a quienes más llama: la de sentirse aparentemente engañados y abandonados por Él, de modo que incluso aquello que constituye su ideal, su consuelo y su razón de ser, a veces parece usar un subterfugio para escapar de su compañía. […] Ahora bien, podemos decir que, en esa ocasión, San José se convirtió en el héroe de la confianza».
¡Para un Hijo así, un Padre perfecto!
Sin duda, en todos estos hechos de la vida de la Sagrada Familia, así como aquellos que sólo conoceremos en el Cielo, el Niño Dios fue mostrando cada vez más amor a su padre virginal, el alter ego de su Divino Padre, con un cariño y una admiración nunca antes vistos a lo largo de la Historia.
Fue el padre perfecto: de santidad inmaculada, lleno de cariño, deseoso de educar, deseoso de proteger y sostener, fuerte y valiente, apoyo en todas las necesidades y peligros!
Sepamos también nosotros seguir los pasos de Jesús Niño: admiremos, amemos y confiemos sin reservas en la protección y en el amparo de San José, el padre perfecto y el amigo siempre fiel que nos llevará, en medio de las batallas de la vida, al Reino de María, ¡al Reino de los Cielos!
Texto extraído de la Revista Arautos do Evangelho março 2024. Por la Hna. Clotilde Thaliane Neuburger, EP
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