Ayer el Papa León recibió en audiencia a políticos franceses.
Foto: Screenshot Youtube Vatican Media
Redacción (29/08/2025 09:49, Gaudium Press) El Papa recibió ayer en audiencia a una delegación de representantes políticos y personalidades civiles católicas procedentes de Francia, a quienes enfatizó la importancia de que todo su actuar sea en coherencia con la fe que se profesa. El Santo Padre ha pedido a los presentes que se vuelvan a Cristo para poder hacer su labor:
«Ante los numerosos desvíos de todo tipo que viven nuestras sociedades occidentales, no podemos hacer nada mejor, como cristianos, que volvernos hacia Cristo y pedir su auxilio en el ejercicio de nuestras responsabilidades».
El Pontífice ha reconocido que en Francia existe una laicidad mal entendida que dificulta la labor de los políticos católicos, pero ha recordado que «la salvación que Jesús ha obtenido mediante su muerte y resurrección abarca todas las dimensiones de la vida humana», incluida la política.
Ante los desafíos que se plantean en la sociedad, el Papa ha asegurado que el político cristiano está mejor preparado «en la medida, por supuesto, en que vive y da testimonio de su fe actuante en él, de su relación personal con Cristo que lo ilumina y le da esa fuerza»:
«Jesús lo afirmó con vigor: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5); por tanto, no debe sorprender que la promoción de «valores», por muy evangélicos que sean, pero «vaciados» de Cristo, su autor, sean incapaces de cambiar el mundo».
A petición del obispo, el Vicario de Cristo ha exhortado a los políticos galos unirse a Cristo y dar testimonio de Él, y ha advertido:
«No hay separación en la personalidad de una persona pública: no hay, por un lado, el político y, por otro, el cristiano. Sino que está el político que, bajo la mirada de Dios y de su conciencia, vive cristianamente sus compromisos y sus responsabilidades.
La fe cristiana, por tanto, ha de marcar su actuación:
«Están llamados, por tanto, a fortalecerse en la fe, a profundizar en la doctrina –en particular la doctrina social– que Jesús ha enseñado al mundo, y a ponerla en práctica en el ejercicio de sus funciones y en la redacción de leyes».
Algo absolutamente necesario para el bien común:
«Sus fundamentos están en profundo acuerdo con la naturaleza humana, la ley natural que todos pueden reconocer, incluso los no cristianos, incluso los no creyentes. Por tanto, no deben temer proponerla y defenderla con convicción: es una doctrina de salvación que busca el bien de todo ser humano, la edificación de sociedades pacíficas, armoniosas, prósperas y reconciliadas».
El Papa ha asegurado que es «muy consciente de que el compromiso abiertamente cristiano de un responsable público no es fácil, especialmente en ciertas sociedades occidentales donde Cristo y su Iglesia están marginados, a menudo ignorados, a veces ridiculizados».
Y no ignora «las presiones, las consignas de partido, las «colonizaciones ideológicas» –por retomar una feliz expresión del papa Francisco–, a las que están sometidos los políticos».
Ante ello:
«Se necesita coraje: el coraje de decir a veces «no, ¡no puedo!», cuando está en juego la verdad. También aquí, solo la unión con Jesús –¡Jesús crucificado!– les dará ese coraje de sufrir por su nombre. Él lo dijo a sus discípulos: «En el mundo tendrán tribulación, pero ¡ánimo! Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33)».
A continuación el Discurso completo de Su Santidad el Papa León XIV a una delegación de representantes electos y personalidades civiles del Val-de-Marne (diócesis de Créteil, Francia)
Sala del Consistorio
Jueves 28 de agosto de 2025
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡La paz esté con ustedes!
Estoy seguro de que muchos de ustedes hablan inglés, ¿no es así? ¡Voy a intentar hablar en francés contando con su benevolencia!
Saludo cordialmente a su excelencia monseñor Dominique Blanchet y doy la bienvenida a todos ustedes, representantes electos y personalidades civiles de la diócesis de Créteil, en peregrinación a Roma.
Me alegra acogerles en este camino de fe: regresarán a sus compromisos cotidianos fortalecidos en la esperanza, más firmes para trabajar en la construcción de un mundo más justo, más humano, más fraterno, que no puede ser otra cosa que un mundo más impregnado del Evangelio. Ante los numerosos desvíos de todo tipo que viven nuestras sociedades occidentales, no podemos hacer nada mejor, como cristianos, que volvernos hacia Cristo y pedir su auxilio en el ejercicio de nuestras responsabilidades.
Por ello, su camino, más que un simple enriquecimiento personal, es de gran importancia y utilidad para los hombres y mujeres a quienes ustedes sirven. Y es tanto más meritorio cuanto que no es fácil en Francia, para un representante electo, debido a una laicidad a veces mal entendida, actuar y decidir en coherencia con su fe en el ejercicio de responsabilidades públicas.
La salvación que Jesús ha obtenido mediante su muerte y resurrección abarca todas las dimensiones de la vida humana como la cultura, la economía y el trabajo, la familia y el matrimonio, el respeto de la dignidad humana y de la vida, la salud, pasando por la comunicación, la educación y la política. El cristianismo no puede reducirse a una simple devoción privada, pues implica una forma de vivir en sociedad impregnada del amor a Dios y al prójimo que, en Cristo, ya no es un enemigo sino un hermano.
Su región, lugar de sus compromisos, se enfrenta a grandes cuestiones sociales como la violencia en ciertos barrios, la inseguridad, la precariedad, las redes de droga, el desempleo, la desaparición de la convivencia… Para hacer frente a todo ello, el responsable cristiano cuenta con la virtud de la caridad que habita en él desde su bautismo. Esta es un don de Dios, una «fuerza capaz de suscitar nuevos caminos para afrontar los problemas del mundo actual y renovar profundamente desde dentro las estructuras, las organizaciones sociales, las normas jurídicas. En esta perspectiva, la caridad se convierte en caridad social y política: nos hace amar el bien común y lleva a buscar eficazmente el bien de todos» (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n.º 207). Por ello, el responsable cristiano está mejor preparado para afrontar los desafíos del mundo actual, en la medida, por supuesto, en que vive y da testimonio de su fe actuante en él, de su relación personal con Cristo que lo ilumina y le da esa fuerza. Jesús lo afirmó con vigor: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5); por tanto, no debe sorprender que la promoción de «valores», por muy evangélicos que sean, pero «vaciados» de Cristo, su autor, sean incapaces de cambiar el mundo.
Entonces, monseñor Blanchet me pedía que les diera algunos consejos. El primero –y el único– que les daré es que se unan cada vez más a Jesús, que vivan de Él y den testimonio de Él. No hay separación en la personalidad de una persona pública: no hay, por un lado, el político y, por otro, el cristiano. Sino que está el político que, bajo la mirada de Dios y de su conciencia, vive cristianamente sus compromisos y sus responsabilidades.
Están llamados, por tanto, a fortalecerse en la fe, a profundizar en la doctrina –en particular la doctrina social– que Jesús ha enseñado al mundo, y a ponerla en práctica en el ejercicio de sus funciones y en la redacción de leyes. Sus fundamentos están en profundo acuerdo con la naturaleza humana, la ley natural que todos pueden reconocer, incluso los no cristianos, incluso los no creyentes. Por tanto, no deben temer proponerla y defenderla con convicción: es una doctrina de salvación que busca el bien de todo ser humano, la edificación de sociedades pacíficas, armoniosas, prósperas y reconciliadas.
Soy muy consciente de que el compromiso abiertamente cristiano de un responsable público no es fácil, especialmente en ciertas sociedades occidentales donde Cristo y su Iglesia están marginados, a menudo ignorados, a veces ridiculizados. Tampoco ignoro las presiones, las consignas de partido, las «colonizaciones ideológicas» –por retomar una feliz expresión del papa Francisco–, a las que están sometidos los políticos. Se necesita coraje: el coraje de decir a veces «no, ¡no puedo!», cuando está en juego la verdad. También aquí, solo la unión con Jesús –¡Jesús crucificado!– les dará ese coraje de sufrir por su nombre. Él lo dijo a sus discípulos: «En el mundo tendrán tribulación, pero ¡ánimo! Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).
Queridos amigos, les doy las gracias por su visita y les aseguro mis más sinceros ánimos para continuar sus actividades al servicio de sus conciudadanos. Mantengan la esperanza en un mundo mejor; conserven la certeza de que, unidos a Cristo, sus esfuerzos darán fruto y recibirán su recompensa. Les confío, así como a su país, a la protección de Nuestra Señora de la Asunción, y les doy de todo corazón la bendición apostólica.
Con información de InfoCatólica
Deje su Comentario