La noción de un Dios encarnado que nos da ejemplo de humildad y dulzura supuso un verdadero cambio de criterio cuando Nuestro Señor la predicó.
Redacción (31/08/2025 12:40, Gaudium Press) La Liturgia de este 22.º Domingo del Tiempo Ordinario resalta un aspecto maravilloso del alma de Nuestro Señor Jesucristo, que la Aclamación al Evangelio nos invita a imitar: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).
Tal afirmación, que hoy podría incluso interpretarse con cierta indiferencia y superficialidad, resultaba chocante en una época histórica en la que los líderes de las naciones las tiranizaban (cf. Mc 10,42), prevalecía la ley del más fuerte y los dioses paganos llevaban la manifestación de los vicios humanos a su máximo esplendor.
A lo largo de la Antigüedad Clásica, la mayoría de la gente creía en algún tipo de divinidad, y abundaban las imágenes de dioses idealizados para satisfacer las más diversas expectativas humanas. Según el satírico romano Petronio, en Atenas era «más fácil encontrar a un dios que a un hombre».
Santo Tomás nos enseña que, mediante el uso normal de la razón, el hombre puede llegar a la conclusión de la existencia de un Dios creador, pero nunca podría saber cómo es este Dios si no se revelara.
En este sentido, Jesús se manifiesta de forma muy gradual, abriendo el entendimiento de quienes lo escuchaban para que pudieran comprender a un Dios completamente opuesto a la mentalidad dominante (cf. Mc 10,43-45), y corroborando sus enseñanzas con numerosos milagros para que, finalmente, mediante el envío del Espíritu Santo, lo conocieran y amaran verdaderamente.
El Evangelio presenta a Jesús en un banquete donde “observó cómo los invitados escogían los lugares de honor” (Lc 14,7). Con divina dulzura y maravilloso encanto, les enseña inicialmente las ventajas humanas de practicar la humildad: “Cuando te inviten a un banquete de bodas, […] ve y siéntate en el último lugar. Entonces, cuando llegue el que te invitó, te dirá: ‘Amigo, sube un poco más arriba’. Y este será tu honor ante todos los invitados. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14, 8-11).
Solo entonces les habla de la recompensa de la vida eterna: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos. Entonces serás bienaventurado, porque no tienen con qué recompensarte. Recibirás tu recompensa en la resurrección de los justos” (Lc 14, 13-14).
Dos mil años después, nuestro Modelo Divino —quizás contradiciendo más especialmente la hipocresía que la impiedad— nos muestra que la verdadera humildad no consiste en ser bien considerados por los demás mediante una fingida humillación o sencillez, sino en una actitud habitual de gratitud y alabanza, mediante la cual devolvemos al Creador todo lo que hemos recibido de sus manos.
Nos dio ejemplo de ello al referirse continuamente al Padre: “Les he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre” (Jn 15, 15); “Si no creen en mí, al menos crean por las obras que el Padre me ha mandado hacer” (Jn 10, 38).
Maravillémonos de Nuestro Señor Jesucristo, conscientes de que la admiración asemeja al admirado.
(Artículo extraído, con ligeras adaptaciones, de la Revista Arautos do Evangelho n.º 284, agosto de 2015. Por el Padre Luiz Henrique de Oliveira Alves, EP.)
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