¿Se pueden interpretar las palabras del Pontífice como un recuiperar la “hermenéutica de la continuidad”. ¿Es un acabarse del llamado “espíritu del concilio”?

Foto: Screenshot Vatican Media
Redacción (07/01/2026 08:55, Gaudium Press) El Papa León XIV anunció esta mañana en su audiencia general el inicio de un nuevo ciclo de catequesis centrado en el Concilio Vaticano II y la relectura de sus textos fundamentales. A sesenta años de su clausura, el Pontífice subrayó la vigencia y fuerza profética de ese evento, que sigue orientando el camino de la Iglesia en un mundo marcado por profundos cambios sociales y culturales. El Papa exhortó a conocer el Concilio no desde interpretaciones parciales, sino mediante la lectura directa de sus Documentos, que constituyen el Magisterio que «todavía hoy es la estrella polar del camino de la Iglesia».
Tras el Año Jubilar dedicado a los misterios de la vida de Jesús, el Sucesor de Pedro explicó que se trata de una oportunidad privilegiada para redescubrir «la belleza y la importancia» de un acontecimiento que san Juan Pablo II definió como «la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX». El Papa recordó que junto al aniversario del Concilio de Nicea, en 2025 se conmemoraron los sesenta años del Vaticano II, y advirtió sobre el riesgo de conocerlo solo por referencias indirectas o interpretaciones ideológicas.
La generación del Concilio ya no está entre nosotros
El Pontífice señaló que, aunque el tiempo transcurrido desde el Concilio no es mucho, la generación de obispos, teólogos y fieles que lo protagonizó ya no vive. Por ello, mientras la Iglesia siente «la llamada a no apagar la profecía y seguir buscando caminos y formas para implementar las intuiciones», resulta fundamental conocerlo nuevamente de cerca, no a través de oídas o de interpretaciones que se han dado, sino releyendo sus Documentos y reflexionando sobre su contenido.
Citando a Benedicto XVI, León XIV subrayó que «los documentos conciliares no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada». Esta afirmación cobra especial relevancia en el contexto actual, donde los desafíos de la globalización y los cambios culturales requieren respuestas enraizadas en la tradición pero abiertas al diálogo.
La aurora de un día de luz para toda la Iglesia
Al evocar la apertura del Concilio, el 11 de octubre de 1962, el Papa recordó las palabras de san Juan XXIII, quien lo describió como «la aurora de un día de luz para toda la Iglesia». El trabajo de los numerosos Padres convocados, procedentes de las Iglesias de todos los continentes, allanó el camino para una nueva época eclesial después de una rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX.
A partir de esta profunda reflexión, el Vaticano II redescubrió el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos. Además, presentó a la Iglesia a la luz de Cristo, luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo. El Concilio también inició una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios.
León XIV recordó una conocida afirmación de san Pablo VI: gracias al Concilio Vaticano II, «la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio». De ahí brota el compromiso buscando la unión de los cristianos, el diálogo interreligioso y el encuentro con todas las personas de buena voluntad, comprometiéndose a buscar la verdad a través de estos caminos de diálogo.
Al final, el llamado es a la santidad
El Papa insistió en que este espíritu, esta actitud interior, debe caracterizar la vida espiritual y la acción pastoral de la Iglesia actual. Frente a los desafíos contemporáneos, aún queda camino por recorrer en la reforma eclesial, especialmente en clave ministerial. La Iglesia está llamada a seguir siendo atenta intérprete de los signos de los tiempos, alegre anunciadora del Evangelio y valiente testigo de justicia y paz.
Para ilustrar esta perspectiva, el Pontífice citó a monseñor Albino Luciani, futuro papa Juan Pablo I, quien como obispo de Vittorio Veneto escribió al principio del Concilio: «Existe como siempre la necesidad de realizar no tanto organismos o métodos o estructuras, sino santidad más profunda y extensa. Puede ser que los frutos excelentes y abundantes de un Concilio se vean después de siglos y maduren superando laboriosamente contrastes y situaciones adversas».
Esta reflexión subraya que los frutos más profundos de un Concilio no dependen únicamente de estructuras o métodos, sino de una santidad más profunda y extendida, cuyos efectos pueden madurar incluso después de décadas o siglos.
Volver a dar primacía a Dios y al amor por la humanidad
Redescubrir el Concilio, afirmó León XIV citando al papa Francisco, ayuda a «volver a dar la primacía a Dios, a lo esencial, a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y por todos los hombres que Él ama». Esta perspectiva sitúa en el centro no solo la dimensión institucional, sino sobre todo la dimensión espiritual y caritativa de la vida eclesial.
El Papa explicó que acercándose a los Documentos del Concilio Vaticano II y redescubriendo su profecía y actualidad, la Iglesia acoge la rica tradición de su vida y, al mismo tiempo, se interroga sobre el presente. De este modo, renueva la alegría de correr al encuentro del mundo para llevar el Evangelio del reino de Dios, reino de amor, de justicia y de paz.
Al concluir, el Pontífice retomó las palabras que san Pablo VI dirigió a los Padres conciliares al final de los trabajos en 1965, cuando habló de la hora de partir y salir al encuentro de la humanidad para llevarle la buena noticia del Evangelio. Pablo VI afirmó entonces que había llegado la hora de la salida, de dejar la asamblea conciliar para ir al encuentro de la humanidad, en la conciencia de haber vivido un tiempo de gracia en el que se condensaba pasado, presente y futuro.
«El pasado, porque está aquí reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su historia, sus concilios, sus doctores, sus santos. El presente, porque nos separamos para ir al mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus pecados, pero también con sus prodigiosos éxitos, sus valores, sus virtudes… El porvenir está allí, en fin, en el llamamiento imperioso de los pueblos para una mayor justicia, en su voluntad de paz, en su sed, consciente o inconsciente, de una vida más elevada: la que precisamente la Iglesia de Cristo puede y quiere darles», afirmó el pontífice de entonces.
«También es así para nosotros», subrayó León XIV, quien invitó a acoger la herencia del Vaticano II y a renovar la alegría de llevar al mundo el Reino de Dios. Esta exhortación final pone de manifiesto que el Concilio no es un acontecimiento del pasado, sino una profecía viva que orienta el camino de la Iglesia en su misión evangelizadora y su compromiso con la justicia y la paz.
Con información de Infocatólica




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