A lo largo de la vida, la Providencia nos pide un acto de restitución, que posiblemente requiera la renuncia a ciertos dones que nos ha concedido.
Redacción (18/01/2026 16:56, Gaudium Press) El Evangelio de este 2.º Domingo del Tiempo Ordinario nos presenta una circunstancia que se presentará en algún momento de nuestra vida: la invitación a la restitución.
Restituir consiste en devolver al dueño lo que le pertenece.
Ahora bien, todo lo que tenemos fue creado por Dios y, por lo tanto, le pertenece. Por lo tanto, Él puede, en cualquier momento, pedirnos que entreguemos estos dones. ¿Cómo podemos tener la fuerza para hacer esta entrega y qué se nos promete como recompensa? Veamos qué nos dice la liturgia.
El Perfil del Precursor
En el Evangelio, encontramos a San Juan Bautista, Precursor del Mesías, profetizado por Isaías y Malaquías como la «voz que clama en el desierto» (cf. Is 40,3) y que saldrá «a preparar el camino del Señor» (cf. Mal 3,1).
Santificado por la Virgen María y rodeado de misterio incluso antes de su nacimiento, San Juan gozó de un enorme prestigio público debido a la fuerza de su predicación y, sobre todo, a la integridad de su vida. La Escritura relata que multitudes de toda Judea y Jerusalén acudían a escuchar su predicación, pues lo consideraban un profeta (cf. Mc 1,5; 11,32). Su fama llegó a tal punto que algunos creyeron que Juan era el Cristo (cf. Lc 3,15).
Con esta gloriosa proyección de la persona del Precursor como telón de fondo, analicemos la lección que la liturgia quiere transmitirnos hoy.
La Tentación
“En aquel tiempo, Juan vio que Jesús se acercaba” (Jn 1,29a)
Con el inicio de la vida pública de Jesús, todo el renombre y prestigio que San Juan había adquirido estaban destinados a desaparecer gradualmente. Un eclipse se extendería sobre su figura resplandeciente, pues había aparecido alguien superior a él. Se encuentra en una situación compleja: primero, recibe un carisma de predicación, de atracción, y luego se ve obligado a renunciar a este don. Ante esta situación, la actitud de alguien no virtuoso sería la de estar lleno de resentimiento y envidia.
“Y dijo: «¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!». Este es aquel de quien dije: «Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo»” (Jn 1,29b-30).
Sin embargo, este no fue el caso de Juan el Bautista; al contrario, con total humildad y sencillez, se sometió a la Divina Voluntad, renunciando al privilegio que la Providencia le había concedido y señalando a Nuestro Señor, del que afirmó: «Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe» (Jn 3,30). En verdad, cumplió así el propósito que Dios tenía al conferirle el carisma: mostrar a las multitudes el camino hacia el Salvador.
Dones dados para que renunciemos a ellos
La liturgia de hoy nos transmite esta enseñanza: la Providencia puede concedernos dones para que renunciemos a ellos. Y como recompensa por esta renuncia, Dios nos concede algo mucho mayor. Esto es lo que sucedió con San Juan Bautista: ¿de qué valor era toda la consideración que los hombres le tenían, comparada con las palabras de Nuestro Señor: «En verdad les digo que entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie mayor que Juan el Bautista» (Mt 11,11)?
Ahora, imaginemos que, absurdamente, el Precursor no hubiera sido fiel a la gracia; ¿cómo lo reconoceríamos hoy? ¿No sería uno más de aquellos que, a pesar de ser llamados a una alta misión, la rechazaron, como el joven rico?
Escuela Mariana
Sin embargo, nos asalta una pregunta: ¿no es esta una renuncia muy difícil de hacer? ¿Cómo tendremos la fuerza para dar este paso, siendo tan débiles? Consideremos una vez más el ejemplo de San Juan Bautista. ¿De dónde sacó fuerza? De Aquella que le enseñó desde el vientre materno: «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1, 46-48). Esta fue la formación que Nuestra Señora le dio al Precursor: humildad y servicio.[1]
Pidámosle, pues, gracia y fuerza para que, cuando se nos exija esta actitud de renuncia, la cumplamos con prontitud y verdadera generosidad, es decir, no por deseo de recibir la recompensa, sino por amor.
Por Artur Morais
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[1] Cf. CLÁ DIAS, João Scognamiglio. O inédito sobre os Evangelhos: comentários aos Evangelhos dominicais. Città del Vaticano-São Paulo: LEV-Instituto Lumen Sapientiæ, 2013, v. 2, p. 21.






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