El estreno del documental La Cruz es mi Alegría, no mi pena revela cómo la fe del joven sigue tocando corazones más allá de su partida.

Foto: Diócesis de Salamanca
Redacción (19/01/2026 10:37, Gaudium Press) Salamanca vivió una jornada emocionante con el estreno del documental La Cruz es mi Alegría, no mi pena, dedicado a la vida de Pablo María de la Cruz —conocido como Fray Pablo—, un joven fraile carmelita descalzo que falleció en 2023 tras seis años de lucha contra un sarcoma de Ewing — cáncer maligno poco común que se origina en el hueso o en los tejidos blandos.
El joven religioso fue recibido en la Orden como fraile profeso in articulo mortis, es decir, en peligro de muerte, cuando su salud ya estaba gravemente deteriorada. Aun así, vivió sus últimos meses con una paz y alegría que conmovieron a todos los que lo rodeaban.
La cinta, proyectada este 16 de enero en la Universidad Pontificia, en Salamanca, recoge los testimonios de familiares, amigos, sacerdotes y religiosos que fueron testigos de cómo la enfermedad y la cercanía de la muerte se convirtieron para él en fuente de virtud, crecimiento interior y alegría espiritual.
“Por el sufrimiento en la enfermedad me encontré con Dios, y por la muerte en la enfermedad me iré con Él. Y eso me hace inmensamente feliz”, decía el joven poco antes de fallecer.
Un joven que descubrió a Dios en la cruz
Pablo Alonso Hidalgo, el menor de cinco hermanos, fue recordado por sus padres, Mª Carmen Hidalgo y Ricardo Alonso, como un chico normal, como cualquier otro.
Nada hacía prever que aquel joven salmantino viviría una transformación. El diagnóstico de cáncer marcó el inicio de un doloroso proceso de hospitales y recaídas, pero también del descubrimiento de una gran fe. “Lejos de cerrarse con una despedida, su historia sigue abriendo caminos”, afirmó la Diócesis de Salamanca, de cómo su ejemplo continúa inspirando.
“Ponerle buena cara al cáncer”
El padre de Pablo recuerda que, al principio, su hijo afrontó la enfermedad apretando los dientes, con la esperanza de volver pronto a la normalidad. Pero poco a poco comenzó a ponerle buena cara al cáncer, primero como una manera de proteger a su madre del dolor, y más tarde como una auténtica actitud de fe.
Durante su ingreso hospitalario, una lectura marcaría un antes y un después, El mundo amarillo, de Albert Espinosa. Inspirado por la historia del autor, Pablo rezó para tener amigos que lo acompañaran en esa etapa.
Quince días después, aparecieron los cuatro magníficos, un grupo de jóvenes que transformó la sala del hospital en un hogar lleno de esperanza.
Del enfado con Dios al enamoramiento de Jesucristo
Con la reaparición del cáncer, llegó también la rebeldía, el enfado con Dios y la sensación de vacío. Sin embargo, una conversación con su padre marcó el inicio de una búsqueda interior. “Dios es un Dios celoso… al final optó por el cristianismo”, confiesa Ricardo, recordando cómo su hijo decidió mantener su fe a pesar del dolor.
El acompañamiento espiritual y la experiencia viva de la Eucaristía fueron claves en su conversión. Pablo descubrió un amor que lo transformó por completo. “Estaba enamorado de Jesucristo hasta las trancas”, afirma su padre conmovido.
De aquel amor brotó una fe adulta, no heredada, sino elegida. Con su quinta recaída, el joven dio un paso más en su comprensión del sufrimiento y pronunció las palabras que dan título al documental: “La cruz es mi alegría, no mi pena”.
Una vida ofrecida por tres intenciones
En los últimos meses de su vida, Fray Pablo hizo un ofrecimiento solemne, entregó su dolor por tres intenciones concretas —la conversión de los jóvenes, la unidad de la Iglesia y la gracia de perder el miedo a la muerte—.
Sus padres aseguran hoy ver los frutos de aquella oración, jóvenes que no lo conocieron, pero sienten su presencia, comunidades eclesiales distintas unidas por su testimonio, y personas que aseguran haber recibido favores tras encomendarse a él.
Ricardo, prudente con el término milagro, reconoce que son muchos los que nos cuentan experiencias y agradecimientos.
El documental que sigue haciendo bien
La periodista Marta Sanz fue quien impulsó la producción del documental, hilando testimonios y fragmentos de una entrevista grabada pocos días antes de su muerte. En ella, el joven hablaba con serenidad y gozo de su encuentro con Dios. “Por el sufrimiento en la enfermedad me encontré con Dios, y por la muerte en la enfermedad me iré con Él. Y eso me hace inmensamente feliz”.
El consuelo de una madre y la esperanza para los jóvenes
Mª Carmen confiesa que “perder un hijo no es fácil”, pero también que experimentó un gran consuelo “Se fue sin rebelarse, sin gritar contra el final… y con la certeza de que se fue feliz”. Recuerda además la fuerza de la oración de las madres. “Esa intercesión me sostuvo en los momentos más extremos”, afirma. De esa vivencia han nacido grupos de oración en distintas comunidades —incluso en cárceles—, testimonio vivo del legado de su hijo.
Al ser preguntada sobre el mensaje que desean dejar a los jóvenes, Mari Carmen no duda: “Esta es una generación asfixiada por cargas invisibles: la herida de la pandemia, la presión, las redes, el futuro incierto. Que alguien les diga: mira para arriba. Que hay esperanza, que te ama con lo que hayas hecho”.
Ricardo, por su parte, resume: “Hay dos tipos de sedientos: el que sabe dónde está la fuente y el que ni siquiera sabe que existe. Pablo quiso ser eso… alguien que señala la fuente”.
Con información de Religión en Libertad





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