El inicio de la vida pública de Nuestro Señor reúne dos puntos esenciales para realizar un apostolado eficaz: un deseo ardiente de hacer el bien a todos, unido a la voluntad de Dios.
Redacción (25/01/2026 12:10, Gaudium Press) El 3er Domingo del Tiempo Ordinario aborda los primeros episodios vividos por Nuestro Señor Jesucristo en su vida pública: el viaje a Cafarnaúm y sus primeras predicaciones. De esta pequeña narración se pueden extraer dos principios indispensables para la vida de apostolado.
Celo por todas las almas
“La tierra de Zabulón y de Neftalí, […] que yacía en las tinieblas, vio resplandecer una gran luz” (Mt 4,15-16).
En primer lugar, Nuestro Señor Jesucristo nos da muestras de su deseo de hacer el bien a las almas, pues hasta el nacimiento del Salvador, todos los pueblos (incluyendo a los propios judíos) vivían inmersos en grandes tinieblas. Tinieblas de la razón, porque o no conocían, o se habían olvidado del Dios verdadero, y tinieblas de la voluntad, debido a la depravación de las costumbres, que fueron extinguidas con la manifestación de la luz de Cristo.
Sin embargo, la revelación de esa luz se da de modo diverso al ocurrido en la Epifanía. En el pesebre, los reyes magos vienen a adorar al Niño-Dios. Ahora, sin embargo, el propio Salvador va en busca de las ovejas extraviadas, incluyendo incluso a los paganos, representados por esas dos regiones: la tierra de Zabulón y la de Neftalí, tomadas por los gentiles y por eso llamadas “Galilea de los paganos” (Mt 4,15).
Mucho antes que los apóstoles, el Divino Maestro ya se adelantaba en la misión de anunciar la salvación a otros pueblos, tarea que los mismos apóstoles tardaron en asumir, juzgando que los gentiles no eran dignos de participar del mismo premio que los judíos.
Obediencia a la inspiración del Espíritu Santo
¿Pero cuál fue el motivo que llevó al Maestro a dejar Nazaret? La respuesta está en la frase de Nuestro Señor a los escribas: “Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos” (Mc 2,17). Tal afirmación justifica su recorrido hacia Galilea. Sin embargo, según narrado en el Evangelio, “Al saber que Juan había sido arrestado, Jesús volvió a Galilea” (Mt 4,12). Este pasaje revela la personalidad divina de Nuestro Señor, que es la Sabiduría Eterna, pues podría parecer que esta actitud habría sido una debilidad, una huida del dominio de Herodes (el mismo que había matado a San Juan Bautista). Pero Jesús no lo hizo por miedo a la muerte, sino porque aún no había llegado su hora.
Este es, por tanto, el modelo de apóstol que se nos presenta en la liturgia, porque todos, de alguna forma y en algún momento, deben ejercer el papel de apóstoles para con los demás. ¿De qué forma? Por el buen ejemplo, al fin y al cabo, no es en vano que las palabras mueven y los ejemplos arrastran. Y este apostolado debemos hacerlo siempre, pues todos tienen el derecho de esperar de nosotros el buen ejemplo en cualquier circunstancia.
Además, a lo largo del día, en diversas ocasiones, se presentan posibilidades de hacer el bien a un alma. Cuando, por ejemplo, la esposa dice una palabra de ánimo al esposo que vuelve cansado del trabajo; cuando el hijo ayuda a los padres en los quehaceres domésticos; cuando, en un momento de cólera, en vez de descargar mi indignación, trato a los demás con delicadeza y respeto. Estos pequeños gestos pueden, muchas veces, realizar una obra de evangelización muy grande, ya que quien distribuye la gracia es el Espíritu Santo, que se vale de cualquier acto nuestro como pretexto para actuar.
Sin embargo, el único modo de obtener un apostolado fructuoso es hacerlo como Dios desea: con despretensión, no por vanagloria, sin esperar retribución, movido por el único anhelo de salvar las almas para gloria de Dios.
Por Vinícius Mendes
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[1] Cf. CLÁ DIAS, João Scognamiglio. O inédito sobre os Evangelhos: comentários aos Evangelhos dominicais. Città del Vaticano-São Paulo: LEV-Instituto Lumen Sapientiæ, 2013, v. 2, p. 28-29.






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