jueves, 12 de febrero de 2026
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Encuentro de hoy Vaticano-Lefebvristas: qué pasó, qué puede pasar, cuáles sus implicaciones

El Dicasterio para la Doctrina de la Fe emitió comunicado sobre el encuentro. Suscinto, pero lleno de contenido, y con muchos desarrollos.

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Foto: Dicasterio para la Doctrina de la Fe

Redacción (12/02/2026 10:04, Gaudium Press) Hoy ha tenido lugar el anunciado encuentro entre el Dicasterio de la Doctrina de la Fe, a cuya cabeza está el Cardenal Fernández, y el P. Davide Pagliarani, superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, suscitado a raíz del anuncio de esta fraternidad de que consagraría obispos el próximo 1 de julio, sin la autorización de Roma.

Tras el encuentro, el Dicasterio ha emitido un importante comunicado de una página, que el mundo católico ya está considerando con bastante atención.

En un lenguaje claro, el Vaticano ha recomendado a la FSSPX no proceder a esas ordenaciones, pues realizarlas “implicaría una ruptura decisiva de la comunión eclesial (cisma) con graves consecuencias para la Fraternidad en su conjunto”.

Entretanto, el documento revela que se esbozó un camino de diálogo a seguir, caso la FSSPX suspenda esas ordenaciones. Pagliarani, según el referido informe vaticano, expresó que presentaría la propuesta al consejo de la FSSPX, y que posteriormente daría una respuesta.

De acuerdo al comunicado del dicasterio, el diálogo teológico abordaría cuestiones controvertidas que guardan relación con la interpretación que se da a algunas enseñanzas del Concilio Vaticano II y posteriores, como por ejemplo la voluntad de Dios respecto de la pluralidad de las religiones, la distinción entre un acto de fe y el “obsequio religioso de la inteligencia y de la voluntad”, y los distintos niveles de asentimiento requeridos por varios textos del Vaticano II y su interpretación, entre otros.

Estos diálogos tendrían como intención de fondo, identificar “condiciones mínimas” para la plena comunión con la Iglesia Católica, de parte de la FSSPX.

Análisis y perspectivas

La Santa Sede optó por una comunicación sobria del encuentro, casi minimalista, confirmando el diálogo y reiterando la voluntad de continuar las conversaciones. No hay anuncios, no hay cronogramas públicos, no hay concesiones explícitas. Este tono revela una conciencia aguda de la delicadeza del momento. La FSSPX vive nuevamente bajo la sombra de un posible gesto extremo, la eventual consagración episcopal sin mandato pontificio, y Roma sabe que cualquier palabra mal colocada puede empujar la situación hacia un punto de no retorno.

Sobre el asunto ya se expresó el padre Gerald Murray, canonista de la arquidiócesis de Nueva York. Contra una lectura apresurada y emocional, el P. Murray recuerda que la consagración episcopal ilícita no es automáticamente un acto cismático en el derecho canónico. El caso de Monseñor Marcel Lefebvre fue tratado como cisma no solo por el acto en sí, sino por el contexto de advertencias formales, desobediencia consciente y explícita a la autoridad del Papa. Hubo una voluntad manifiesta de actuar contra Roma, y eso pesó tanto como el gesto sacramental.

La historia reciente de la Iglesia confirma esta complejidad. Durante el período comunista en Checoslovaquia, obispos fueron consagrados sin autorización romana para garantizar la supervivencia de la vida sacramental. Lo mismo ocurrió, en escala aún mayor, en China. En ninguno de estos casos la Santa Sede declaró automáticamente un cisma. Al contrario, optó por regularizaciones posteriores, reconociendo que la ilicitud jurídica no coincidía necesariamente con una ruptura eclesial formal.

Leer también: Ordenaciones cismáticas de la FSSPX, el caso de China y Alemania y un Papa en jaque

El problema de la FSSPX, por lo tanto, no es simple ni reducible a eslóganes. Canónicamente, es complicado. Eclesiológicamente, es explosivo. El punto central no es solo el acto, sino el espíritu que lo acompaña. El P. Murray toca el nervio de la cuestión al hablar del espíritu de separatismo. Cuando una consagración ocurre en desafío directo a la autoridad de la Sede Apostólica, fuera de cualquier situación extrema de persecución o imposibilidad objetiva de comunicación, el gesto pasa a llevar un peso simbólico devastador.

El tema no es solo de liturgia, sino fundamentalmente de doctrina y de eclesiología

Es exactamente este el riesgo que Roma intenta evitar al mantener canales abiertos hasta julio. El tiempo no es un detalle. Es parte de la estrategia. Hay una ventana real para la negociación, pero ella exige algo que históricamente no siempre estuvo presente en las conversaciones con la FSSPX: el comunicado muestra un interés activo de ambos lados en identificar y esclarecer puntos aún no resueltos. No se trata solo de liturgia, ni solo del Concilio Vaticano II. Se trata de eclesiología, de autoridad, de comunión visible.

Bajo el pontificado de León XIV, esta cuestión gana contornos aún más sensibles. El nuevo Papa heredó también en este asunto un dossier inflamable, con precedentes contradictorios y expectativas opuestas. Por un lado, sectores que esperan una solución rápida, casi administrativa. Por otro, voces que temen cualquier gesto que parezca legitimar décadas de resistencia práctica a la autoridad romana. El Papa sabe que una decisión mal calibrada puede tanto empujar a la FSSPX hacia afuera como provocar fracturas internas en la Iglesia.

La observación de Murray sobre el tamaño y la vitalidad de la Fraternidad no es irrelevante. Son más de 600 sacerdotes, con numerosos fieles que frecuentan sus sacramentos. Ignorar esto sería pastoralmente irresponsable. Al mismo tiempo, normalizar una situación irregular sin resolver el núcleo del problema sería institucionalmente suicida. La unidad católica no es solo sociológica. Es visible, jurídica y doctrinal.

El encuentro entre Fernández y Pagliarani debe leerse, por lo tanto, como un gesto de contención. No es todavía reconciliación, pero tampoco es ruptura. Es un esfuerzo para mantener el conflicto dentro de un espacio negociable.

La FSSPX, por su parte, se encuentra en una encrucijada histórica. Avanzar hacia una consagración ilícita sería, aunque no automáticamente cismático en el plano técnico, una señal inequívoca de alejamiento práctico de Roma. Sería decir, en la práctica, que la comunión visible es secundaria frente a una autocomprensión propia de la Tradición. Esto tendría consecuencias que difícilmente podrían ser revertidas con facilidad, incluso a la luz de precedentes históricos.

Por tanto, está en juego no solo la posible regularización de una fraternidad, sino la propia comprensión de cómo la Iglesia lidia con conflictos internos prolongados. El derecho canónico ofrece matices. La pastoral exige paciencia. La política eclesial pide prudencia extrema. El encuentro no muestra ya soluciones, pero evita que todo se pierda de una vez.

Si un acuerdo será posible, dependerá menos de fórmulas jurídicas ingeniosas y más de un cambio de actitud. Como dijo Murray, es preciso identificar y esclarecer lo que aún está abierto. Sin eso, cualquier solución será apenas provisoria. La Iglesia ya vio esta película antes. Y sabe que finales apresurados suelen cobrar un precio demasiado alto.

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