Ayer la fraternidad sacerdotal respondió en comunicación al diálogo propuesto por el Vaticano: dicen que la Iglesia ha roto con la tradición de la Iglesia.
Redacción (19/02/2026 15:00, Gaudium Press) La Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), más conocidos como lefebvrianos o lefebvristas, por ser seguidores del Arzobispo Marcel Lefebvre, ha respondido este Miércoles de Ceniza a la propuesta de diálogo formulada por la Santa Sede el pasado 12 de febrero, en una comunicación que es, en la práctica, un rechazo. El Superior General, Davide Pagliarani, ha comunicado al Cardenal Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, también que las consagraciones episcopales sin mandato pontificio previstas para el 1 de julio seguirán adelante, pues “La Fraternidad no pluede abandonar a las almas”, pues “la necesidad de las consagraciones es una necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la Tradición”. Para entender lo que acaba de ocurrir, es necesario reconstruir la secuencia de los hechos.
La invitación de Roma
El 12 de febrero, con el placet del Papa León XIV, el Cardenal Fernández recibió a Pagliarani en el Palacio del Santo Oficio. El encuentro fue descrito en comunicado oficial del Dicasterio como “cordial y sincero”. La Santa Sede propuso un «recorrido de diálogo específicamente teológico, con una metodología bien precisa», para abordar los temas planteados por la Fraternidad en sus cartas entre 2017 y 2019, que habían quedado sin respuesta satisfactoria. Los puntos en cuestión incluyen, entre otros, la cuestión de la voluntad divina respecto a la pluralidad de las religiones y la naturaleza del acto de fe, en particular con relación a los textos del Concilio Vaticano II.
Sin embargo, la Santa Sede fue al mismo tiempo clara y firme: la ordenación de obispos sin mandato del Santo Padre, que la FSSPX había anunciado para el próximo 1 de julio, “implicaría una decisiva ruptura de la comunión eclesial (cisma) con graves consecuencias para la Fraternidad en su conjunto”. Por tanto, la posibilidad misma de emprender el diálogo propuesto presuponía que la Fraternidad suspendiese la decisión de las ordenaciones episcopales anunciadas.
El encuentro concluía con que el Superior General de la FSSPX debía presentar la propuesta a su Consejo y daría posterior respuesta. La respuesta tiene fecha de ayer.
“No podemos llegar a un acuerdo en doctrina”
La carta de Pagliarani, firmada también por los obispos de Galarreta y Fellay y por los demás miembros del Consejo General, está fechada el Miércoles de Ceniza en Menzingen, sede central de la FSSPX. Es un texto largo, que comienza con agradecimientos protocolares y luego construye, paso a paso, el argumento que justifica —a los ojos de la Fraternidad— continuar hacia el 1 de julio.
El nudo argumental es revelador. Pagliarani reconoce explícitamente la ruptura doctrinal como un hecho insuperable: “En la conciencia compartida de que no podemos encontrar un acuerdo en doctrina, me parece que el único punto en el que podemos coincidir es el de la caridad hacia las almas y hacia la Iglesia.”
Esta frase es la clave de toda la carta. En vez de aceptar el diálogo propuesto —que Roma presentó como el camino para evitar el cisma—, Pagliarani lo declara de antemano inútil en materia doctrinal, y propone sustituirlo por un gesto unilateral de tolerancia pastoral: que Roma simplemente deje hacer a la FSSPX, para que ella continúe su camino en su actual situación.
La lógica es la siguiente: dado que el desacuerdo doctrinal es irresoluble, y dado que la Fraternidad sirve pastoralmente a miles de fieles con sus sacramentos, Roma debería aplicar el mismo criterio de “misericordia”, “escucha” y “flexibilidad pastoral” que —según Pagliarani— los últimos pontificados han ejercido en otros casos complejos. En otras palabras, la Fraternidad pide ser tratada como una situación irregular que se tolera, no como un interlocutor que negocia su comunión plena.
Un diálogo ‘acogido favorablemente’ pero rechazado en la práctica
Hay en la carta un punto particularmente incómodo para Roma, que un vaticanista como Andrea Gagliarducci subraya en su análisis: Pagliarani recuerda que fue él mismo quien, en enero de 2019, propuso al entonces Dicasterio la apertura de un diálogo doctrinal. La respuesta de aquella época fue que un acuerdo doctrinal entre la Santa Sede y la FSSPX era “imposible”, y la iniciativa quedó sepultada. Ahora, siete años después, Roma retoma esa misma propuesta. Pagliarani la acepta en principio —“solo puedo acoger favorablemente esta apertura”—, pero la rechaza en la práctica porque, dice, las condiciones no son las adecuadas: el diálogo llega acompañado de la amenaza pública del cisma, lo que lo hace, a su juicio, incompatible con “un verdadero deseo de intercambios fraternos”.
El argumento tiene una cierta coherencia interna, pero también una grave contradicción: si el desacuerdo doctrinal es insuperable, como la FSSPX sostiene, entonces el diálogo propuesto en 2019 tampoco habría llevado a ningún resultado. La Fraternidad no puede reclamar a Roma que rechazó su propuesta de 2019 y al mismo tiempo negar toda utilidad a la propuesta análoga de 2026. Lo que resulta evidente es que, para la FSSPX, el diálogo doctrinal es deseable cuando no tiene consecuencias prácticas, e inaceptable cuando implica suspender las consagraciones.
El cisma de 1988 como modelo
Para comprender la gravedad de la situación, es necesario recordar el precedente histórico. En 1988, el arzobispo Marcel Lefebvre consagró a cuatro obispos sin mandato pontificio, lo que provocó la excomunión de los consagrados y del consacrante por parte de Juan Pablo II. En 2009, la Congregación para los Obispos, por mandato de Benedicto XVI, promulgó un decreto por el que se levantaba la excomunión a los cuatro obispos consagrados en 1988. El Papa explicó que ese gesto tenía como fin remover un grave obstáculo al diálogo y favorecer un camino de reconciliación.
Ese acto de magnanimidad no fue seguido por la regularización canónica de la FSSPX. Ahora la historia amenaza con repetirse.
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Si las nuevas consagraciones episcopales anunciadas por la FSSPX llegaran a producirse sin mandato pontificio, se volvería de hecho a la situación de 1988.
La Fraternidad lo sabe, y Roma no lo ocultó, cuando en el resumen de la reunión del 12 pasado hablo explícitamente de “cisma”. No obstante, Pagliarani afirma en su carta ahora que “la necesidad de las consacraciones es una necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la Tradición, al servicio de la santa Iglesia católica.” La urgencia invocada es la de garantizar la sucesión episcopal, dado que la FSSPX cuenta en la actualidad solo con dos obispos —De Galarreta y Fellay— ya entrados en años.
La “caridad” como argumento para no obedecer
En definitiva y prácticamente, los lefebvristas dicen “no” a la propuesta de la Santa Sede, ordenarán nuevos obispos y piden “caridad”. Esta concatenación no es casual. La FSSPX apela a la “caridad hacia las almas” para justificar un acto que el derecho canónico califica con características de cisma. El razonamiento implica que la fidelidad pastoral concreta —administrar sacramentos a los fieles de la Tradición— prevalece sobre la obediencia al Romano Pontífice en materia de consagraciones episcopales.
Esta lógica no es nueva en la historia de la Fraternidad. El propio Lefebvre había afirmado que «hizo todo lo que estaba en su poder para evitar esta consagración, incluyendo ir repetidamente a Roma», pero que nada había servido, de donde tomó su dramática decisión.
Pagliarani retoma exactamente el mismo argumento: hemos escrito al Papa, hemos pedido audiencia, hemos esperado años. Ante el silencio, actuamos. Es el guion de 1988 reescrito en 2026.
La posición de Roma es clara; la de la FSSPX, también
Lo que el análisis de este episodio deja en evidencia es que ambas partes han sido transparentes respecto a sus intenciones, pero con resultados opuestos. Roma abrió una puerta real: un diálogo teológico serio, con metodología definida, para abordar los puntos doctrinales que la FSSPX lleva décadas planteando. La condición era razonable —suspender temporalmente las consagraciones— y el tono del comunicado vaticano fue deliberadamente fraterno. La Santa Sede quería encontrar “condiciones mínimas para una plena comunión”, sin exigir de entrada la aceptación total del Concilio Vaticano II, dejando espacio para “una mayor precisión” sobre temas que “no han tenido todavía suficiente clarificación”.
La FSSPX respondió cerrando esa misma puerta: el acuerdo doctrinal es imposible, el diálogo propuesto no sirve, las consagraciones van adelante. Y para suavizar la negativa, invoca la “caridad”. Es una palabra hermosa y verdadera en sí misma, pero utilizada aquí para eludir la cuestión de fondo: que no puede haber caridad auténtica sin comunión con el sucesor de Pedro. El propio derecho canónico que la Fraternidad invoca selectivamente para criticar el posconcilio establece con toda claridad, en el canon 331, que el Romano Pontífice posee sobre la Iglesia una potestad “plena, suprema, universal, inmediata y ordinaria”, incluyendo en esa potestad y especialmente la consagración de obispos.
Mientras el Vaticano abría puertas, la FSSPX las cerraba. El 1 de julio se acerca, y con él la posibilidad de un nuevo cisma que, esta vez, al parecer, ningún gesto de benevolencia por parte de Roma habrá dejado de intentar prevenir.
A continuación el texto de la respuesta de la FSSPX al Vaticano (versión Infocatólica):
Comunicado sobre la respuesta del Consejo General de la Fraternidad San Pío X a la propuesta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
Durante la reunión celebrada el pasado 12 de febrero entre el Padre Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y Su Eminencia el Cardenal Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, organizada tras el anuncio de las futuras consagraciones episcopales para la Fraternidad, este último propuso «un camino de diálogo específicamente teológico, según una metodología muy precisa, […] para poner de relieve los mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», condicionando este diálogo a la suspensión de las consagraciones episcopales anunciadas.
A petición del Prefecto del Dicasterio, el Superior General presentó esta propuesta a los miembros de su Consejo, y se tomó el tiempo necesario para evaluarla.
El 18 de febrero, el Padre Pagliarani envió su respuesta por escrito al Cardenal, acompañada de varios anexos y firmada por los cinco miembros del consejo general.
Dado que la cuestión es ahora de dominio público, a raíz del comunicado publicado por la Santa Sede el 12 de febrero, parece oportuno hacer público también el contenido de esta carta y sus anexos, a fin de permitir a los fieles interesados conocer con precisión la respuesta dada.
El Superior General confía esta situación a la oración de los miembros de la Fraternidad y de todos los fieles. Pide que el rezo del rosario, así como los sacrificios del tiempo de Cuaresma que comienza, se ofrezcan especialmente por el Santo Padre, por el bien de la Santa Iglesia y para preparar dignamente las almas para la ceremonia del 1 de julio.
Menzingen, 19 de febrero de 2026
Carta del Padre Pagliarani al Cardenal Fernández
Respuesta del Consejo General de la Fraternidad San Pío X al Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
Menzingen, 18 de febrero de 2026
Miércoles de Ceniza
Eminencia Reverendísima,
Ante todo, le agradezco haberme recibido el pasado 12 de febrero, así como haber hecho público el contenido de nuestro encuentro, lo cual favorece una perfecta transparencia en la comunicación.
No puedo sino acoger favorablemente la apertura a una discusión doctrinal, manifestada hoy por la Santa Sede, por la sencilla razón de que fui yo mismo quien la propuso hace exactamente siete años, en una carta fechada el 17 de enero de 20191. En aquel momento, el Dicasterio no mostró realmente interés por tal discusión, aduciendo –de forma oral– que era imposible llegar a un acuerdo doctrinal entre la Santa Sede y la Fraternidad San Pío X.
Por parte de la Fraternidad, una discusión doctrinal era –y sigue siendo– deseable y útil. En efecto, aunque no se llegue a un acuerdo, los intercambios fraternos permiten conocerse mejor mutuamente, afinar y profundizar los propios argumentos, comprender mejor el espíritu y las intenciones que animan las posiciones del interlocutor, sobre todo su amor real por la Verdad, por las almas y por la Iglesia. Esto se aplica, en todo momento, para ambas partes.
Esa era precisamente mi intención en 2019, cuando sugerí una discusión en un momento sereno y pacífico, sin la presión o la amenaza de una posible excomunión que habría hecho el diálogo un poco menos libre, lo cual, lamentablemente, sucede hoy.
Dicho esto, aunque me alegra, por supuesto, esta nueva apertura al diálogo y la respuesta positiva a mi propuesta de 2019, no puedo aceptar, por honestidad intelectual y fidelidad sacerdotal, ante Dios y ante las almas, la perspectiva y los objetivos en nombre de los cuales el Dicasterio propone reanudar el diálogo en la situación actual; ni tampoco, por otra parte, el aplazamiento de la fecha del 1 de julio.
Le expongo respetuosamente las razones, a las que añadiré algunas consideraciones complementarias.
1.- Ambos sabemos de antemano que no podemos ponernos de acuerdo en materia doctrinal, especialmente en lo que se refiere a las orientaciones fundamentales adoptadas desde el Concilio Vaticano II. Este desacuerdo, por parte de la Fraternidad, no constituye una simple divergencia de opiniones, sino un verdadero caso de conciencia, nacido de lo que resulta ser una ruptura con la Tradición de la Iglesia. Lamentablemente, este complejo nudo se ha vuelto aún más inextricable con los desarrollos doctrinales y pastorales surgidos durante los últimos pontificados.
Por lo tanto, no veo cómo un proceso de diálogo común podría conducir a determinar conjuntamente cuáles serían «los mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», ya que, como usted mismo ha recordado con franqueza, los textos del Concilio no pueden ser corregidos, ni puede cuestionarse la legitimidad de la reforma litúrgica.
2.-Se entiende que este diálogo debería permitir aclarar la interpretación del Concilio Vaticano II. Pero esta ya está claramente establecida en el posconcilio y en los sucesivos documentos de la Santa Sede. El Concilio Vaticano II no es un conjunto de textos libremente interpretables: ha sido recibido, desarrollado y aplicado durante sesenta años por los papas que se han sucedido, según orientaciones doctrinales y pastorales precisas.
Esta lectura oficial se expresa, por ejemplo, en textos importantes como Redemptor Hominis, Ut Unum Sint, Evangelii Gaudium o Amoris Lætitia. Se manifiesta igualmente en la reforma litúrgica, comprendida a la luz de los principios reafirmados en Traditionis Custodes. Todos estos documentos muestran que el marco doctrinal y pastoral en el que la Santa Sede pretende situar cualquier discusión ya está determinado.
3.-El diálogo propuesto se presenta hoy en circunstancias que no pueden ignorarse. En efecto, llevamos siete años esperando una respuesta favorable a la propuesta de discusión doctrinal formulada en 2019. Más recientemente, escribimos en dos ocasiones al Santo Padre: primero para solicitar una audiencia, y luego para exponer con claridad y respeto nuestras necesidades y la situación concreta de la Fraternidad.
Sin embargo, tras un largo silencio, solo cuando se mencionan las consagraciones episcopales se propone la reanudación del diálogo, que aparece, por tanto, como dilatorio y condicionado. En efecto, la mano tendida para la apertura al diálogo va acompañada, lamentablemente, de otra mano ya dispuesta a infligir sanciones. Se habla de ruptura de la comunión, de cisma2 y de «graves consecuencias». Más aún, esta amenaza es ahora pública, lo cual crea una presión difícilmente compatible con un verdadero deseo de intercambios fraternos y de diálogo constructivo.
4.- Por otra parte, no nos parece posible entablar un diálogo para definir cuáles serían los mínimos necesarios para la comunión eclesial, simplemente porque esa tarea no nos corresponde. A lo largo de los siglos, los criterios de pertenencia a la Iglesia han sido establecidos y definidos por el Magisterio. Aquello que debía creerse de forma obligatoria para ser católico siempre se ha enseñado con autoridad, en constante fidelidad a la Tradición.
Por lo tanto, no vemos cómo estos criterios podrían ser objeto de un discernimiento común mediante el diálogo, ni cómo podrían ser reevaluados hoy en día hasta el punto de no corresponder ya a lo que la Tradición de la Iglesia siempre ha enseñado y que nosotros deseamos observar fielmente, en nuestro lugar.
5.- Finalmente, si se prevé un diálogo con vistas a llegar a una declaración doctrinal que la Fraternidad pueda aceptar, en relación con el Concilio Vaticano II, no podemos ignorar los precedentes históricos de los esfuerzos realizados en este sentido. En particular, quisiera llamar su atención sobre el más reciente: la Santa Sede y la Fraternidad recorrieron un largo camino de diálogo, iniciado en 2009, particularmente intenso durante dos años, y luego continuado de manera más esporádica hasta el 6 de junio de 2017. Durante todos esos años, se buscó alcanzar lo que el Dicasterio propone ahora.
Sin embargo, todo terminó drásticamente con una decisión unilateral por parte del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal Müller, quien, en junio de 2017, estableció solemnemente, a su manera, los «mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», incluyendo explícitamente todo el Concilio y el posconcilio3. Esto demuestra que, si se insiste en un diálogo doctrinal demasiado forzado y sin la suficiente serenidad, a largo plazo, en lugar de obtener un resultado satisfactorio, solo se conseguirá agravar la situación.
Así pues, ante la constatación compartida de que no podemos llegar a un acuerdo sobre la doctrina, me parece que el único punto en el que podemos coincidir es el de la caridad hacia las almas y hacia la Iglesia.
Como cardenal y obispo, usted es ante todo un pastor: permítame dirigirme a usted en ese título. La Fraternidad es una realidad objetiva: existe. Por eso, a lo largo de los años, los Sumos Pontífices han tomado nota de su existencia y, mediante actos concretos y significativos, han reconocido el valor del bien que puede realizar, a pesar de su situación canónica. Es también por eso que hoy estamos dialogando.
Esta misma Fraternidad le pide únicamente poder continuar haciendo ese mismo bien a las almas a las que administra los santos sacramentos. No le pide nada más, ningún privilegio, ni siquiera una regularización canónica que, en el estado actual de las cosas, es impracticable debido a las divergencias doctrinales. La Fraternidad no puede abandonar a las almas. La necesidad de las consagraciones es una necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la Tradición, al servicio de la Santa Iglesia católica.
Podemos estar de acuerdo en un punto: ninguno de nosotros desea reabrir heridas. No repetiré aquí todo lo que ya hemos expresado en la carta dirigida al Papa León XIV, de la que usted tiene conocimiento directo. Subrayo solamente que, en la situación actual, el único camino realmente practicable es el de la caridad.
Durante la última década, el Papa Francisco y usted mismo han abogado ampliamente por «la escucha» y la comprensión de las situaciones particulares, complejas, excepcionales, ajenas a los esquemas ordinarios. También han deseado que el derecho se utilice siempre de forma pastoral, flexible y razonable, sin pretender resolverlo todo con automatismos jurídicos y esquemas preestablecidos. La Fraternidad no le pide otra cosa en este momento, y sobre todo no lo pide para sí misma: lo solicita por esas almas, respecto de las cuales, como ya se ha prometido al Santo Padre, no tiene otra intención que hacerlas verdaderas hijas de la Iglesia romana.
Finalmente, hay otro punto en el que también estamos de acuerdo, y que debe alentarnos: el tiempo que nos separa del 1 de julio es un tiempo de oración. Es un momento en el que imploramos al Cielo una gracia especial y, por parte de la Santa Sede, comprensión. Rezo especialmente por usted al Espíritu Santo y –no lo tome como una provocación– a su santísima esposa, la Mediadora de todas las gracias.
Deseo agradecerle sinceramente la atención que me ha dispensado y el interés que tenga a bien mostrar a la presente cuestión.
Reciba, Eminencia Reverendísima, la expresión de mis más distinguidos saludos y de mi devoción en el Señor.
Davide Pagliarani, Superior General
+ Alfonso de Galarreta, Primer Asistente General
Christian Bouchacourt, Segundo Asistente General
+ Bernard Fellay, Primer Consejero General, Ex Superior General
Franz Schmidberger, Segundo Consejero General, Ex Superior General






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