jueves, 12 de marzo de 2026
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Nicaragua: Dictadura de Ortega busca ahogar a la Iglesia impidiendo nuevas ordenaciones

Cuatro diócesis sin obispo, decenas de seminaristas en el limbo y una persecución que no cesa — pero las vocaciones siguen floreciendo.

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Foto: María Santificadora

Redacción (12/03/2026 10:30, Gaudium Press) La maquinaria represiva de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo alcanzó un nuevo nivel de barbarie eclesial: la prohibición de ordenar sacerdotes y diáconos en cuatro diócesis nicaragüenses cuyos obispos fueron forzados al exilio. No, no es un descuido administrativo ni de una tensión burocrática. Es una intervención directa, deliberada y sistemática del Estado en la vida sacramental de la Iglesia Católica.

Las diócesis afectadas son Jinotega, Siuna, Matagalpa y Estelí. Sus pastores —Mons. Carlos Herrera, Mons. Isidoro Mora, Mons. Rolando Álvarez, este también administrador apostólico de Estelí— fueron expulsados del país entre 2024 y 2025 por no someterse a las exigencias de un régimen que no tolera ninguna autoridad moral independiente de la suya.

Un crimen pastoral de proporciones alarmantes

Las consecuencias son profundas. Matagalpa opera hoy con apenas el 30% de su clero activo. Siete de cada diez sacerdotes han sido desterrados. Estelí y Jinotega registran reducciones de hasta el 50% en su capacidad pastoral, dejando comunidades enteras sin la celebración regular de la Eucaristía.

En Siuna, al menos dos grupos de candidatos al sacerdocio —los que terminaron sus estudios en 2024 y en 2025— esperan en un limbo espiritual y jurídico que no tiene precedente en la historia moderna de la Iglesia en Latinoamérica. Poseen la preparación, el llamado y la idoneidad; lo único que les falta es la autorización de un régimen que ha decidido arrogarse el poder de decidir quién puede servir a Dios.

La investigadora Martha Patricia Molina, autora del informe Nicaragua: Una Iglesia perseguida, lo resume con crudeza: sin relevo sacerdotal, la Iglesia en Nicaragua enfrenta la posibilidad real de un cierre progresivo de parroquias. Para los fieles, eso significaría no solo el fin del acompañamiento espiritual, sino la pérdida del auxilio sacramental en los momentos más decisivos de su vida.

El odio anticatólico del régimen, al desnudo

Sacerdotes nicaragüenses en el exilio, que hablaron con ACI Prensa bajo anonimato por temor a represalias, no dejaron lugar a dudas sobre la naturaleza del problema. “El odio de la dictadura contra Monseñor Rolando” es la raíz de la prohibición en Matagalpa, señaló uno de ellos. No es un conflicto de procedimientos: es una venganza política ejecutada con herramientas de Estado.
La policía orteguista es el brazo ejecutor. En las cuatro diócesis sin obispo, la vigilancia es “todavía más extrema”, impidiendo incluso que prelados de otras diócesis celebren ordenaciones en esos territorios. El régimen interpreta cualquier carta de autorización episcopal —que perfectamente podría enviarse por correo electrónico— como una «irrupción en la soberanía» del Estado. En otras palabras: Ortega y Murillo se han proclamado señores absolutos de la vida eclesiástica nicaragüense.
Algunos sacerdotes, según las fuentes, optan por no enfrentarse al régimen “para no complicarse la vida, con la idea de salvar a sus diócesis”. Una comprensión humana, sin duda. Pero ese cálculo corre el riesgo de legitimar al régimen un mandato que no le corresponde.

La Iglesia no se rinde

Y sin embargo —aquí reside la grandeza que ningún dictador puede sofocar— la Iglesia resiste. Las vocaciones no se detienen. En plena persecución, jóvenes nicaragüenses siguen respondiendo al llamado de Dios con una valentía que avergüenza a más de un cristiano cómodo de otras latitudes.

La creatividad evangélica tampoco se detiene. En febrero de 2026, dos seminaristas nicaragüenses fueron ordenados sacerdotes en la Diócesis de Limón, en Costa Rica, en una ceremonia que tuvo que celebrarse en condiciones de clandestinidad. La Iglesia, una vez más, encontró el camino donde el poder humano quiso erigir un muro.

“La Iglesia en Nicaragua está crucificada, pero no inmovilizada”, sintetizó uno de los sacerdotes exiliados con una hondura teológica que sobrepasa cualquier análisis político. La cruz no paraliza. Transforma.

Una denuncia que el mundo no puede ignorar

Mientras organismos internacionales debaten procedimientos y redactan comunicados, en Nicaragua hay seminaristas que no pueden recibir el sacramento para el que se han preparado durante años. Hay comunidades que no tienen quién les lleve a Cristo en la Eucaristía. Hay obispos gobernando sus diócesis desde el exilio, como pastores separados de su rebaño por la fuerza bruta de un Estado totalitario.
La dictadura de Ortega y Murillo lleva años demostrando que su persecución a la Iglesia Católica no tiene freno. Ya van más de 309 religiosos expulsados, más de 27.000 procesiones prohibidas, diócesis decapitadas y ahora seminarios bloqueados.

El silencio cómplice de la comunidad internacional es, también, una forma de persecución.

Con información de Aciprensa

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