lunes, 27 de abril de 2026
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María y la Eucaristía

Nuestra oración se dirige siempre al Padre pasando por un Mediador que es Jesucristo. Ahora, una cadena de mediadores secundarios nos conduce a Jesucristo.

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La Virgen recibe la comunión de manos de San Juan, Oratorio de la Santa Cueva, Cádiz

Redacción (27/04/2026 15:37, Gaudium Press) Mes de mayo, mes de las flores, mes de la flor de la humanidad: María.

Comencemos nuestra reflexión con una precisión importante: nuestra oración se dirige siempre al Padre pasando por un Mediador que es Jesucristo. Ahora, una cadena de mediadores secundarios nos conduce a Jesucristo: ángeles, santos y personas, vivas o fallecidas. Vivas sí, porque cuando pido a un amigo: “ore por mí”, establezco una mediación aquí en la tierra. Y si invoco a un espíritu celeste o a un bienaventurado del cielo o del purgatorio, lo mismo.

Mas, sucede que inmediatamente debajo de Jesucristo y muy por encima de todas las demás criaturas, está María Santísima. La Teología nos enseña que todas las oraciones que dirigimos a Dios y las gracias que Él nos otorga, pasan por las manos de la Virgen. Y aunque no invoquemos expresamente su intercesión, podemos estar seguros de que seremos aten­didos, porque ella, como buena Madre, reza con nosotros y por nosotros.

El Papa San Pío X así exhortaba a los católicos en los albores del siglo XX: «La Santísima Virgen es Dispensadora universal de todas las gracias, tanto por su divina Maternidad: que las obtiene de su Hijo, como por su Maternidad espiritual: que las distribuye entre sus otros hijos, los hombres. Esto lo hace subordinada a Cristo, pero de manera inmediata. Y ello por una específica y singular determinación de la voluntad de Dios que ha querido otorgar a María esta doble función: ser Corredentora y Dispensadora, con alcance universal y para siempre». (Encíclica “Ad diem illum”, 2 febrero de 1904).

Más próximo en el tiempo, el Concilio Vaticano II así se expresa a propósito de la mediación mariana: “…así como el sacerdocio de Cristo es participado de varias maneras tanto por los ministros como por el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en formas distintas en las criaturas, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única. La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado: lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador”. (LG, 62, 1964). A la luz de esa enseñanza, puede decirse que fue la Virgen Santísima quien medió para que la Eucaristía sea instituida y celebrada.

Sobre a relación entre María y la Eucaristía señaló San Juan Pablo II: “De cierto modo, María practicó la fe eucarística incluso antes de ser instituida la Eucaristía, cuando ofreció su vientre virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, al mismo tiempo que evoca la pasión y la resurrección, es un prolongamiento de la encarnación. Y María, en la anunciación, concibió el Hijo divino también en la realidad física del cuerpo y de la sangre, en cierta medida anticipando en ella lo que se realiza sacramentalmente en cada creyente cuando recibe, en las señales del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor”. (Encíclica Ecclesia de Eucharistia, N. 55.)

Nuestra Señora es la dispensadora de las gracias divinas; lo dicen los Papas, lo dicen los Concilios, lo dicen los teólogos, lo dice el pueblo fiel. Los santos usan imágenes sugestivas para referirse al papel de la Virgen. San Bernardo dice ser ella un “reservatorio” de gracias. Otros la llaman de “tesorera” y de “acueducto”. San Bernardino de Siena, al considerar a la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, la llama “cuello”, porque une la cabeza (Cristo) a los miembros del cuerpo (los bautizados).

Sucede que la generalidad de los católicos no siempre tiene estas nociones de manera explícita, pero las deduce con facilidad, ya que el bautismo nos predispone a consonar con las verdades de la religión. Es que el fiel adhiere a las verdades de la fe, no solo por un conocimiento reflexivo de los misterios, sino por un instinto vital y sobrenatural llamado “Sensus fidei”, el sentido de la fe, que le permite reconocer y refrendar la auténtica doctrina cristiana y su práctica, así como rechazar aquello que es falso. Ese instinto, ligado al don de la fe recibida en la comunión de la Iglesia, permite a los cristianos llevar a cabo su vocación profética. (Conf. “El Sensus fidei en la vida de la Iglesia”, Comisión Teológica Internacional, BAC, Madrid, 2014).

Hace tres siglos atrás, San Luis María Grignion de Montfort escribía en su “Tratado de la verdadera devoción a María Santísima” que María no era suficientemente honrada, y apostrofaba a sabios y doctores por no instruir debidamente al pueblo sobre la Madre de Dios. Así se dirige al Señor en una oración: “Hablo de algunos doctores entre los católicos, que, haciendo profesión de enseñar a otros la verdad, no os conocen a Vos ni a vuestra Santísima Madre sino de una manera especulativa, seca, estéril e indiferente. Estos señores no hablan, sino rara vez, de vuestra Madre y de la devoción que se le debe tener, porque temen, según dicen, que haya en ella abuso, y que, al honrar a vuestra Madre Santísima, se os haga injuria a Vos” (N. 64).

Así siendo, los adoradores eucarísticos deben contar con la intercesión de la Virgen, pues es canal infalible y subsidiario que nos conduce al Sacramento del Amor. El primer milagro de Jesús en Caná fue realizado a pedido de María. Y en el milagro de la transustanciación que se da en cada Misa, tampoco está ausente su arbitraje; Madre en Belén, en el Cenáculo y en el Calvario, Nuestra Señora nos lleva sin aduanas al Cristo Jesús.

Concluyamos con un pensamiento del Prof. Plinio Correa de Oliveira: “El Cristocentrismo consiste en tener a Nuestro Señor Jesucristo como centro de todo. Ahora, solo será verdadero Cristocentrismo el que nos conduce al centro por el verdadero camino. Y ese camino es Nuestra Señora”.

Por el P. Rafael Ibarguren, EP.

(Publicado originalmente en www.opera-eucharistica.org)

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