“Y sí, sentí que el solo decir eso funcionó como un leve ‘exorcismo’, que devolvía en algo la paz…”

Foto: Joakim Honkasalo / Unplash
Redacción (02/05/2026 16:18, Gaudium Press) En mi país se está por estos días —vía medios de comunicación, reuniones de té de las señoras, encuentros cerveceros entre amigos, todas las redes sociales y hasta los almuerzos familiares, vía todo— en trance de debate político, pues hace pocos días hubo elecciones legislativas y de aquí a pocos habrá elecciones presidenciales, en las que se disputan la presea un continuismo de izquierda y otras dos candidaturas, una de centro derecha, y otra de derecha. Más o menos eso.
Y digo más o menos, porque sé que la anterior clasificación ya corre el riesgo de levantar la perdiz o las hachas enrojecidas de la polémica (‘¡no, fulana de tal no es de centro-derecha, es de derecha!’; o ‘¡no fulano de tal es más bien de tal línea camuflada’, y un largo etcétera de opciones…). Realmente los ánimos en no pocos ambientes y tertulias están caldeados, más allá de lo habitual, pues según la mente de muchos se puede estar jugando bastante más que solo unos años bajo un estilo de gobierno.
—Mamá, le dije un día a mi progenitora durante el almuerzo, más para pincharla un poco y poner un tema de conversación diferente al de las instrucciones culinarias que estaba dando a la empleada, vuestra merced no se me fanatice con fulanito, que mírele los pecadillos, y recuerde tal cosa y tal otra, y mire tal otra.
—Ah, no faltaba más que ahora usted esté en esas, señor, remando en contra de fulano; eso es desconsideración, ingratitud, es atacar lo bueno que… De esa calaña siguieron por varios segundos las maternales diatribas, mientras yo recordaba al Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, quien nos decía que es una necesidad ontológica del ser humano el querer seguir e imitar a alguien, y quien en otra ocasión había dicho que en mi país había una inclinación acentuada al caudillismo, a erigir y seguir a alguna figura de renombre, de una manera un tanto acrítica y a veces ciega.
Lo cierto es que ya hasta me pueden temblar las manos y los cachetes cuando voy a opinar en algunos chats, pues fácilmente pueden venirme los rayos y las centellas, de cualquier lado, de tanto cortisol que está electrificando los escenarios. Con frecuencia más bien me callo, para no levantar contra mí las cejas y las miradas, cargadas de limón y hasta animadversiones gratuitas en germen.
No estoy exagerando.
He visto —y esto en ambientes conservadores— a amigas de toda la vida mostrarse las uñas y los dientes en defensa de uno u otro candidato; a personas que trabajaron codo a codo fraternas y por la misma causa, tildarse de interesados o inconsecuentes o lo que sea, solo por estar en riberas distintas dentro el mismo espectro. Ya conté el regaño que me llevé de mi octogenaria y católica madre, solo por expresar que el político de sus preferencias no me parecía santo…
Sin embargo, entiendo las preocupaciones de las personas, comprendo las reacciones emocionales, muy humanas, con frecuencia exageradas, pero muy propias de esta carne de los hijos de Adán.
Con lo que sí no puedo pactar es con cierto naturalismo en la consideración de la realidad, que cuando es apuntado, eso funciona casi como un exorcismo.
—Venga, fulana, le dije un día a una amiga que en la noche anterior había participado de un debate acérrimo de casi 200 post, en un chat de amigos, sobre estos asuntos. ¿Quién es el que rige la Historia?
—Pues Dios, me respondió rápido, ella que es muy colaboradora de la Iglesia y además sabe de mi militancia católica.
—Entonces, tú vas a mantener la paz de alma y la confianza en la Providencia, si gana fulano de tal, ¿no?
—Pues sí, evidente, eso no me despeina, afirmó ella con seguridad y firmeza.
—¿Y si gana fulanito de tal?, indagué, refiriéndome a otro, al candidato de sus terrores.
—Ah, eso no puede pasar, no, no pienso en eso, eso ni lo digas, no podría dormir, imposible, Dios no puede permitir. Etc.
—Pues es ahí que se debe confiar en Dios; es en esos momentos, en los más difíciles, en que nuestros ojos deben estar dirigidos hacia lo alto. Evidentemente podemos tener nuestros deseos, nuestras aspiraciones, podemos y a veces hasta debemos tomar partido y colaborar en ciertas iniciativas, pero nuestros ojos a todo momento deben estar dirigidos al Creador y a la Virgen.
—Por lo demás, el buen futuro de las naciones se conquista es con Dios, continué, repitiendo una frase lapidaria que Mons. Juan Clá pronunció en esta tierras, ante miles de personas, durante un brillante concierto. Hay que pedir a Dios, Señor de la Historia; hay que pedir perdón a Dios, hay que pedir a Dios que nos santifique, que santifique las naciones, que el resto vendrá por añadidura. Y sí, sentí que el solo decir eso funcionó como un leve ‘exorcismo’, que devolvía en algo la paz, que restauraba los horizontes de eternidad, que le iba a ayudar a dormir mejor esa noche.
En tiempos de política, comprobé una vez más que el mejor remedio sigue siendo la religión.
Por Saúl Castiblanco




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