Cuando los pastores, llamados por Cristo a proteger al rebaño, abandonan la verdad, las ovejas quedan expuestas a los lobos.

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Redacción (11/05/2026 11:57, Gaudium Press) El sacerdote estadounidense Gerald Murray, un respetado canonista y una de las voces más críticas con el proceso sinodal en Roma, ha vuelto a lanzar una seria advertencia sobre el rumbo que está tomando la Iglesia. En varios artículos y conferencias publicados en el sitio web The Catholic Thing, el sacerdote denuncia lo que considera una profunda inversión de la misión pastoral: los pastores, llamados por Cristo a proteger al rebaño, están exponiendo a las ovejas a la confusión doctrinal, el relativismo moral y la disolución de la autoridad apostólica.
La denuncia de Murray no es meramente disciplinaria ni administrativa. Para él, el llamado «camino sinodal» ha dejado de ser un instrumento de consulta episcopal y se ha convertido en un proceso permanente de transformación estructural de la Iglesia, en el que la autoridad jerárquica instituida por Nuestro Señor Jesucristo está siendo progresivamente reemplazada por mecanismos horizontales de toma de decisiones colectivas.
En términos directos, Murray afirma que la crisis actual surge del intento de redefinir la naturaleza misma de la Iglesia. Lo que durante dos mil años se entendió como una sociedad jerárquica fundada en los Apóstoles está siendo reinterpretado según categorías sociológicas y democráticas inspiradas más por el espíritu del mundo moderno que por la Revelación.
Uno de los puntos centrales de su análisis es la denuncia de la confusión entre el papel de los pastores y el de los fieles. Refiriéndose al nuevo modelo sinodal, Murray insiste en que Cristo estableció una clara distinción entre quienes han recibido el Sacramento del Orden Sagrado y los laicos.
Recuerda que los obispos son sucesores de los Apóstoles y recibieron de Cristo la misión de enseñar, gobernar y santificar a los fieles. Esta misión no surge de la elección popular ni del consenso de la comunidad, sino de la institución divina.
Por lo tanto, Murray considera sumamente grave la decisión de otorgar derecho a voto a personas sin jurisdicción apostólica en el Sínodo sobre la Sinodalidad. Este cambio, en su opinión, lejos de ser un simple detalle técnico, representa una ruptura simbólica y teológica de gran magnitud. Al incluir a personas sin jurisdicción apostólica en decisiones reservadas al episcopado, se crea la falsa impresión de que la autoridad en la Iglesia emana de la asamblea y no de Cristo.
En una de sus formulaciones más contundentes, Murray afirma que los pastores están abandonando su papel de guías para convertirse en administradores de opiniones. En lugar de confirmar a los fieles en la verdad, muchos líderes eclesiásticos parecen empeñados en «escuchar al mundo» para adaptar la doctrina a las exigencias culturales contemporáneas.
Ambigüedad doctrinal
Es precisamente aquí donde surge su acusación más severa: que los pastores sinodales han comenzado a atacar a sus propias ovejas. La mayor violencia contra los fieles no se produce necesariamente a través de la persecución explícita, sino a través de la ambigüedad doctrinal.
Cuando obispos y cardenales siembran dudas sobre enseñanzas morales ya definidas por la Iglesia —como la moral sexual, la naturaleza del matrimonio o la imposibilidad de la ordenación de mujeres— el resultado inmediato es la desorientación espiritual.
El sacerdote critica especialmente el lenguaje vago y procedimental utilizado en los documentos sinodales. Expresiones como «discernimiento continuo», «procesos abiertos», «escucha inclusiva» y «nuevos paradigmas pastorales» a menudo sirven para ocultar propuestas concretas de cambio doctrinal. En su comentario sobre el Instrumentum Laboris del Sínodo, Murray denuncia que el documento promueve una «revolución disfrazada de fidelidad más profunda».
La preocupación del canonista radica en que, al evitar declaraciones dogmáticas precisas y favorecer textos ambiguos, se abre la puerta a que cada conferencia episcopal, cada diócesis, e incluso cada comunidad local, interprete la fe según sus propios criterios.
El riesgo, señala, es la progresiva protestantización de la Iglesia católica y el intento de transformarla en una estructura parlamentaria.
Considera incompatible con la tradición católica la idea de que las verdades reveladas puedan someterse a debates permanentes o ser redefinidas por mayorías circunstanciales. Además, el sínodo contemporáneo se presenta como un proceso continuo de «reimaginación» de la Iglesia, en el que ningún tema parece estar resuelto definitivamente.
Según él, esta mentalidad corroe la estabilidad doctrinal que siempre ha caracterizado al catolicismo. Murray advierte que la autoridad episcopal no puede reducirse a la función de moderar las discusiones comunitarias. El obispo no fue instituido simplemente para escuchar opiniones y construir consenso social, sino para custodiar y transmitir fielmente el depósito de la fe.
En uno de sus análisis más recientes (thecatholicthing.org), incluso afirmó que la sinodalidad permanente representa una «innovación anticatólica» capaz de acercar a la Iglesia a los modelos protestantes de gobierno eclesial.
Según esta perspectiva, el peligro reside no solo en errores aislados ocasionales, sino en una transformación estructural de la propia conciencia católica.
De hecho, las críticas del P. Murray reflejan una creciente inquietud entre sectores del catolicismo que observan con preocupación el debilitamiento de la claridad doctrinal.
Para muchos fieles, el problema no es simplemente la existencia de debates internos —algo que siempre ha existido en la historia de la Iglesia—, sino la impresión de que las autoridades evitan confirmar explícitamente la doctrina tradicional.
Cuando los documentos oficiales dedican extensos pasajes a la inclusión, la escucha y la participación, pero se muestran vagos respecto al pecado, la conversión y la verdad moral, muchos católicos se sienten abandonados.
Murray interpreta este fenómeno como una crisis de la función pastoral misma. El auténtico pastor, según la tradición católica, protege a los fieles de los errores, los corrige, les advierte, les enseña y los guía por el camino de la salvación.
Sin embargo, cuando los líderes eclesiásticos comienzan a tratar la doctrina como algo flexible o negociable, los fieles quedan indefensos ante la confusión. Es en este contexto que su denuncia adquiere un carácter dramático: quienes deberían defender al rebaño están contribuyendo a su dispersión.
Adaptación al espíritu del mundo
Otro aspecto central de la crítica de Gerald Murray se refiere a la creciente influencia de las categorías ideológicas contemporáneas en el discurso eclesiástico. Observa que muchos sectores de la Iglesia han adoptado conceptos derivados del igualitarismo moderno, el relativismo moral y la lógica política secular.
La insistencia en estructuras de poder horizontales, un lenguaje inclusivo y una adaptación pastoral sin restricciones sería, a su juicio, una señal de adaptación al espíritu del mundo.
Murray recuerda que la misión de la Iglesia nunca ha sido confirmar la cultura dominante, sino convertirla. A lo largo de la historia, el cristianismo ha transformado civilizaciones precisamente porque proclamó verdades permanentes, aunque impopulares. Sin embargo, hoy el sacerdote teme que parte de la jerarquía esté más preocupada por evitar conflictos con la modernidad que por proclamar plenamente el Evangelio. Esta tendencia produce una Iglesia vacilante e insegura, incapaz de ofrecer respuestas claras a los dramas espirituales del hombre contemporáneo.
Uno de los síntomas más graves de esta crisis, según el canonista, es la progresiva desaparición del lenguaje sobre el pecado, la penitencia y la conversión. En muchos entornos eclesiales, afirma, se prefiere hablar de aceptación sin exigir un cambio de vida. La misericordia se presenta a menudo de una manera desvinculada de la verdad moral —lo que constituye una distorsión del Evangelio mismo— creando dificultades para los fieles.
Cristo acogió a los pecadores, pero también les ordenó: «Vayan y no pequen más». Sin arrepentimiento ni conversión, la pastoral se convierte en mera validación psicológica. Y cuando la Iglesia deja de proclamar claramente el pecado, deja también de proclamar la necesidad de la Redención.
Regreso a la claridad doctrinal
A pesar de la severidad de sus críticas, Gerald Murray insiste en que la solución no reside en rupturas ni rebeliones, sino en un retorno a la claridad doctrinal y a la fidelidad a la tradición apostólica. Argumenta que los obispos deben retomar su misión de enseñar con firmeza, sin ambigüedad y sin someterse a las presiones ideológicas del mundo contemporáneo.
Para Murray, la verdadera renovación de la Iglesia nunca puede surgir de la dilución de la doctrina; al contrario, solo una Iglesia fiel a lo que recibió de Cristo puede cumplir su misión de salvar almas.
En tiempos de incertidumbre y confusión, la advertencia del sacerdote estadounidense resuena con fuerza entre muchos católicos: cuando los pastores abandonan la verdad, las ovejas quedan expuestas a los lobos. Y quizás el drama más doloroso de la crisis actual sea precisamente este: la sensación de que algunos pastores ya no reconocen el peligro.
Por Rafael Ribeiro





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