Casi desde los albores de la civilización, el texto escrito físico ha sido el custodio de la memoria, la fe y la razón de los pueblos y también motor del desarrollo del pensamiento.

Foto: Patrick Tomasso / Unplash
(25/05/2026 10:01, Gaudium Press) Casi desde los albores de la civilización, el texto escrito físico ha sido el custodio de la memoria, la fe y la razón de los pueblos y también motor del desarrollo del pensamiento. Desde los scriptoriums medievales donde los monjes copiaban pacientemente cada palabra, pasando por pequeñas librerías de libros antiguos, la letra impresa ha representado el esfuerzo del espíritu humano por salir del olvido normal de la memoria y del inmediatismo del momento presente.
Cualquier olvido, ahí estaba, los libros, comenzando por el libro de la Palabra de Dios.
Hoy, sin embargo, circulan especialmente en librerías de viejo un nuevo tipo de piratas sin la bandera de la calavera, ni islas perdidas en el caribe, sino que navengan por las aguas del internet y con una chequera abultada: empresas tecnológicas occidentales están operando en la sombra como auténticos «piratas literarios», saqueando, desmantelando y mercantilizando la herencia intelectual de la humanidad para alimentar máquinas de Inteligencia Artificial (IA).
Recientes e inquietantes investigaciones periodísticas han encendido las alarmas, particularmente en el sector cultural que comercializa libros antiguos. Bajo el amparo de entidades fantasma y misteriosas, intermediarios al servicio de gigantes de Silicon Valley —entre los que parece estar algunos que hoy son de uso diario— están acudiendo en masa a librerías de segunda mano y mercadillos de viejo. Su botín no son los grandes bestsellers, tampoco los incunables, sino la llamada “literatura secundaria”: libros descatalogados, ensayos históricos locales, biografías olvidadas y textos académicos antiguos. Obras que no están en internet y que, precisamente por su carácter inédito en el entorno digital, son codiciadas por los algoritmos para romper el denominado “data wall”, el muro de los datos, o sea, la escasez de nuevos datos con los que entrenarse, pues ya barrieron con todo lo que había en el ciberespacio.
La operación, sin embargo, esconde un cierto tipo de ‘crueldad bibliográfica’ que raya en el expolio. El proceso no apunta tanto a la democratización del saber ni la creación de una biblioteca universal accesible, sino a una estrategia corporativa e iconoclasta, puramente extractivista: comprar, cortar, escanear y destruir. Para que las máquinas puedan digitalizar los textos a gran velocidad, los lomos de libros son guillotinados, empresarialmente, las páginas separadas de manera irreversible para pasar por escáneres industriales y, una vez vaciados de sus datos, los restos físicos son triturados y enviados al reciclaje de papel. Se succiona el alma del libro, se le extrae la sangre y se aniquila su cuerpo.
Evidentemente los fautores de esta operación se defiende, y en algunos casos los tribunales les han dado la razón: se alega que no es una mera destrucción, sino una adquisición legal, y luego transformación propia. Pero este fenómeno va mucho más allá de una simple infracción de propiedad intelectual o de un debate técnico sobre derechos de autor
Estamos presenciando algo como el canibalismo del saber humano, para que otros se aprovechen de este saber muchas veces sin profundizar en él. Se operativizan meros vectores numéricos dentro de un servidor privado, todo con el fin de enriquecer a un puñado de corporaciones que luego revenden ese conocimiento enlatado bajo suscripción.
El libro, concebido como un puente de comunión entre la sabiduría de un autor y el aprendizaje o curiosidad de un lector, es rebajado a simple combustible crudo para el procesamiento de datos. Tal vez los juristas expertos en propiedad intelectual, todavía tengan algo qué decir, o salvar…
La defensa del libro puede ser, hoy más que nunca, y pensando en la encíclica de León, la defensa de la dignidad del espíritu humano. (CCM)





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