martes, 02 de junio de 2026
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¿Cortesía?: “Te prometo ocho días de felicidad”

He aquí una pequeña virtud, “sin la cual las grandes virtudes suelen ser falsas y engañosas”.

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Foto: Vitaly Gariev / Unsplash

Redacción (02/06/2026 11:20, Gaudium Press) Es agradabilísimo el hogar donde todos se esfuerzan por ser corteses y acogedores. Nuestros ancestros ​​solían decir “educado”.

Ser educado, como la palabra misma indica, significa suavizar los aspectos más ásperos de nuestro carácter. Un objeto sin pulir se considera tosco, y este adjetivo, aplicado a los hombres, dista mucho de ser halagador. Sin embargo, resulta que la cortesía a menudo se considera un bien de exportación. Somos corteses y afables con los extraños, pero cuando entramos en casa, nos desentendemos de todo. Al fin y al cabo, ¿no volvemos a casa para relajarnos y descansar?

De acuerdo, siempre y cuando el resorte, al estirarse, no se recupere bruscamente y acabe lastimando a alguien. Para descansar, ¿será necesario alzar la voz excesivamente o adoptar una actitud malhumorada? Fruncir el ceño o ‘cerrar la cara’ no son señales de verdadera descontracción, mientras que una sonrisa, pequeños gestos de amabilidad y anticiparse a los deseos de los demás crean una atmósfera de descanso y serenidad en el hogar.

La cortesía no es solo una obligación de los subordinados hacia sus superiores. “Cuidad de no despreciar a uno de estos pequeños”, dijo el Señor (Mateo 18:10-11). Cristo quiere que respetemos en cada persona su doble dignidad de ser racional e hijo de Dios. Toda persona, sea cual sea su condición, tiene derecho a nuestra consideración. Y no hay mejor definición de cortesía.

Cada hogar será un hogar cristiano si todos sus miembros compiten por mostrarse amables unos con otros. Respetemos a los ancianos, a quienes se les ha encanecido el cabello; tengamos presente la debilidad de aquellos a quienes debemos aconsejar o reprender; consideremos la fatiga de quienes se cierran demasiado en sí mismos. Eliminemos de nuestro vocabulario y nuestras actitudes la grosería que impide el profundo afecto que debemos cultivar entre nosotros. ¿Te animas a esforzarte por esto durante esta semana? Te prometo ocho días de felicidad.

(Extraído de: CHEVROT, P. Georges. As pequenas virtudes do lar. Trad. Henrique Elfes. 4.ed. São Paulo: Quadrante, 1990,9-10.)

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