lunes, 08 de junio de 2026
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Papa en el parlamento español: Vengo “como sucesor del apóstol Pedro, como principio y fundamento de unidad”

En su esperado discurso al parlamento, el Pontífice habló de la grandeza de España, de la Escuela de Salamanca, de Bien común.

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Foto: Screenshot Youtube Vatican Media

Redacción (08/06/2026 10:05, Gaudium Press) Harto impacto causó el esperado discurso del Papa León XIV en el parlamento español, que suscitó un aplauso de los diputados de alrededor de 7 minutos. Es claro también que la dinámica que está llevando este viaje apostólico, sorpresiva para muchos y muy positiva, ya tiene eco y repercusión en el recinto de la política.

A su llegada, a las 10:15, el Pontífice fue acogido por la presidente del Congreso de los Diputados, Francina Armengol, y por el presidente del Senado, Pedro Rollán.

En su discurso, el Papa León agradeció las palabras de bienvenida de la presidente, y la deferencia de haberlo acogido en el Palacio del Congreso de los Diputados. Acto seguido, anunció que acudía a ese recinto como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia, con la conciencia de su misión de “Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles”, hecho que también lo coloca a él y a la Santa Sede “de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados”, manifestando en este caso concreto “un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana”.

La Iglesia Católica “reconoce ‘la autonomía de las realidades terrenas’ y ‘la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política’; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia”, dijo León, recordando lo expresado en Magnifica Humanitas (cf,. 18-19).

España: lugar de encuentro de la fe y la razón, del arte y del derecho, de la tradición y el pensamiento

León XIV elogió que en el país ibérico “su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común”.

Recordando clásicos de la cultura española como Cervantes, Santa Teresa y Unamuno, el Pontífice expresó que “España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa”.

Mención especial hizo el Papa a la escuela de Salamanca “y al pensamiento que allí maduró”, evidenciando también que “la presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba”.

En la Universidad de Salamanca, “cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder”.

Escuela de Salamanca: unión de la acción histórica con la razón moral

La Escuela de Salamanca “—y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional”. Es esa una “de las grandes herencias de España”, la de “haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral”, razón que desde Salamanca “trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza”.

Ese pensamiento debe iluminar el abordaje de los “nuevos mundos”

Este pensamiento, debe iluminar también el abordaje de los “nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social”.

Expresó el Pontífice que “las transformaciones de nuestro tiempo” requieren un discernimiento, el cual “comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”.

Desde estos fundamentos, el Papa quiso “pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social”, convivencia que “puede verse amenazada por la cultura del descarte”, la cual se manifiesta por ejemplo en una “comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás”. “La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización”.

El Pontífice recordó que el bien común, “no consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en ‘el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección’”; si se desconoce esta realidad, se “corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos”. En este contexto, es importante el cuidado de la familia, unas instituciones educativas donde se aprenda “a buscar y amar la verdad”, y que también respeten siempre “el ‘derecho primario e inalienable’ de los padres a ‘elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas’”.

León XIV también se refirió al “trágico drama migratorio”, el cuál debe interpelar la conciencia humana iluminada por el concepto de dignidad del hombre. El desafío global de la migración no puede ser afrontado por una sola nación, sino a través de una “respuesta coordinada, solidaria y eficaz”, apunto.

La crisis mundial actual merece una paz que se base en la ética

Concluyó el Pontífice su intervención, señalando la “profunda crisis espiritual y cultural” mundial, que reviste “múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca”. “En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia”.

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Foto: Screenshot Youtube Vatican Media

“En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional”. Le preocupa al Pontífice que “en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra”.

“Asimismo —señaló León, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.” “De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios”.

La libertad de reconocer y adherirse al bien

La libertad, por lo demás “no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida”. Palabras tuvo el Pontífice para anunciar que es importantísimo para la Iglesia “el sigilo sacramental de la confesión”, el cual “se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna”.

Aludiendo a pinturas en el recinto, que “evocan la recepción del Evangelio y del Decálogo”, y “sin confundir el orden político con el religioso”, el Papa León invitó a reconocer “que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía. Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse”.

Concluyó el Papa pidiendo que “sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera”.

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