“San Josemaría fue elegido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y mostrar que las actividades corrientes que componen la vida de todos los días son camino de santificación” (Juan Pablo II). Su memoria litúrgica se celebra el día 26 de junio.

Foto: Archivo Opus Dei
Redacción (26/06/2026 10:16, Gaudium Press) El 6 de octubre de 2002, en la Plaza de San Pedro del Vaticano, ante una multitud de más de 300 mil personas de todas las edades y condiciones procedentes de los cinco continentes, el Papa Juan Pablo II celebró la solemne ceremonia de canonización de San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei.
El Papa Juan Pablo II dirigió la palabra a la multitud de fieles, cooperadores y amigos del Opus Dei:
San Josemaría fue elegido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y mostrar que las actividades corrientes que componen la vida de todos los días son camino de santificación. Se puede decir que fue el santo de lo cotidiano. De hecho, estaba convencido de que, para quien vive bajo la óptica de la fe, todo es ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en un estímulo para la oración. Vista de esta forma, la vida diaria revela una grandeza insospechada. La santidad se presenta verdaderamente al alcance de todos.
Monseñor Javier Echevarría recordaba palabras de San Josemaría a sus hijos espirituales, escritas en los comienzos del Opus Dei, el 24 de marzo de 1930:
“Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —‘homo peccator sum’ (Lc 5, 8), decimos con Pedro— pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados, que el Señor nos llama a todos, de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, sea cual sea su estado, su profesión u oficio. Porque esa vida corriente, cotidiana, sin relieve, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo”.
Con esto, San Josemaría no hacía más que recalcar, una vez más, el núcleo del mensaje que había recibido de Dios el 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei. Después de años de oración y penitencia constantes, en aquella fecha Dios le mostró su Voluntad, presentida desde hacía muchos años sin lograr ver qué era, y San Josemaría comprendió que la única razón de su existencia debía ser entregarse por entero, con todas sus fuerzas, al cumplimiento de ese designio divino: el Opus Dei.
Todos son llamados a la santidad
En una entrevista concedida a L’Osservatore della Domenica en 1968, Mons. Escrivá definía así lo que caracteriza la vocación al Opus Dei:
Voy a decirlo en pocas palabras: es buscar llegar a la santidad en medio del mundo, en medio de la calle. Quien recibe de Dios la vocación específica para el Opus Dei sabe —y vive— que debe alcanzar la santidad en su propio estado, en el ejercicio de su trabajo, manual o intelectual.
La finalidad a la que el Opus Dei aspira —aclaraba en la misma entrevista— es favorecer la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado por parte de cristianos que viven en medio del mundo, sea cual sea su estado o condición. La Obra nació con el fin de contribuir a que esos cristianos, insertados en el tejido de la sociedad civil —con su familia y sus amistades, su trabajo profesional, sus aspiraciones nobles—, comprendan que su vida, tal como es, puede llegar a ser ocasión de un encuentro con Cristo: es decir, que es un camino de santificación y apostolado (…). La vida de un simple cristiano —que tal vez a algunos parezca vulgar y estrecha— puede y debe ser una vida santa y santificante”.
Dios disipaba así el malentendido, frecuente entre muchos católicos, de que, para aspirar a la santidad, sería “indispensable abandonar el mundo, alejarse de él… o dedicarse a una actividad eclesiástica”.
Camino de santificación en el trabajo y en los deberes cotidianos
Un rasgo específico del carisma del Opus Dei, con el cual Nuestro Señor abrió caminos prácticos para la santificación del cristiano en medio del mundo, es la percepción de que el trabajo profesional (y quien dice trabajo dice familia, dice deberes sociales, dice actividad cultural, dice descanso, dice, en suma, vida cotidiana) puede y debe ser medio y ocasión de santidad y de apostolado.
Hemos venido a llamar de nuevo la atención —aclaraba el Fundador— sobre el ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazaret trabajando, desempeñando un oficio. En las manos de Jesús, el trabajo, y un trabajo profesional semejante al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en trabajo redentor, en camino de salvación”.
No se cansaba, por eso, de enseñar que, para los cristianos corrientes, “la vida ordinaria es el verdadero lugar de la existencia cristiana”.
Dios los llama a servirlo en y a partir de las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana. Dios nos espera cada día: en el laboratorio, en la sala de operaciones de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el seno del hogar y en todo el inmenso panorama del trabajo. No olvidemos nunca: hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, algo que a cada uno de nosotros corresponde descubrir (…).
No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar al Señor en nuestra vida de todos los dios, o no lo encontraremos nunca.”
Con una expresión sintética que le gustaba repetir, resumía ese ideal de santidad diciendo que consiste en “santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás a través del trabajo”.
Cristo, María, el Papa
No quedaría completo este esbozo, forzosamente sumario, del carisma y del mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei, si no mencionásemos su cálida e intensa devoción a Nuestra Señora (a quien invocaba, en todo y para todo, sin separarla jamás de San José) y su amor apasionado a la Iglesia Santa, al Romano Pontífice y a los obispos en comunión con la Santa Sede.
Omnes cum Petro, ad Iesum per Mariam — Todos, con Pedro, a Jesús por María. He aquí la ruta espiritual que, desde la fundación, propuso como lema a sus hijos espirituales, y que, siguiendo su ejemplo y sus enseñanzas, los fieles de la Prelatura del Opus Dei procuran seguir y difundir con alegría y fidelidad.
“Sé de María y serás nuestro”, escribía en los años treinta. “A Jesús siempre se va y se ‘vuelve’ por María”, afirmaba como un axioma sobrenatural. Y recalcaba: “El amor a la Señora es prueba de buen espíritu, en las obras y en las personas singulares. Desconfía de la empresa que no tenga esa señal”.
Y, en cuanto al amor al Papa, rezaba así: “Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón”. “¡Católico, Apostólico, Romano! Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu romería, videre Petrum, para ver a Pedro”.
Este amor a María, a la Iglesia y al Papa es uno de los rasgos más marcados de su espíritu, que grabó indeleblemente en el alma de los fieles de la Prelatura, y que, por medio de ellos, va quedando grabado en el corazón de cuantos se acercan al Opus Dei y procuran vivir su espíritu.
Por el P. Francisco Faus
Texto extraído, con adaptaciones, de la Revista Heraldos del Evangelio, Agosto/2007, n. 68.






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