El pasado 24 de junio el Papa tuvo un encuentro muy personal con escritores de variadas tendencias.

Foto: Aaron Burden / Unplash
Redacción (30/06/2026 12:02, Gaudium Press) El pasado 24 de junio, en una pequeña sala contigua al Aula Pablo VI (‘salita’, la llama la traducción del Bolletino de la Sala Stampa, es decir, era un encuentro con una nota de íntimo), León XIV reunió a cerca de una veintena de escritores de las más diversas líneas —entre ellos el Nobel y católico converso Jon Fosse, Marilynne Robinson, Elizabeth Strout, Julia Navarro y Mircea Cărtărescu— para conmemorar el centenario de la Librería Editrice Vaticana (LEV), fundada en 1926 por Pío XI como editorial oficial de la Santa Sede.
El encuentro, breve en duración pero denso en contenido, merece una lectura pausada, porque en él el Pontífice no se limitó a celebrar un aniversario institucional, sino que trazó elementos de lo que sería algo a la manera de una teología de la escritura.
Un siglo de letras al servicio de la Iglesia
La LEV nacida en su momento sino con la pretensión modesta de difundir los textos de los Papas, con el tiempo fue convirtiéndose en un gran órgano difusor del catolicismo.
Que el actual Papa eligiera convocar para esta efeméride a narradores y poetas de creencias y geografías distintas, plantea un escenario de un espacio de encuentro, sin que la Iglesia renuncie a su identidad cristiana, ni muchos menos.
Pero también es cierto, y esto aún bajo el hálito de Magnifica Humanitas, que este espacio se dio en un momento donde cada vez está en el escenario un cierto choque entre la escritura humana y la generación automática de textos, algo que, si bien no fue mencionado directamente por el Papa, si lo sobrevoló, según el parecer de algunos de los autores presentes, como el estadounidense Paul Elie, que luego subrayó la insistencia del Pontífice en que “los necesitamos”.
Escribir, un acto de verdad
León XIV estructuró su breve alocución en torno a tres ejes
El primero, es el de que escribir es, ante todo, un acto de verdad. La escritura, afirmó, “revela quiénes somos, qué creemos y qué esperamos”, es decir, cómo se ve el hombre, su mundo, y el mundo hacia el que se tiende o se sueña. Para el escritor, el boca del Papa, la verdad no es tanto “un territorio a defender, sino un bien a compartir”, distinción no menor en un Papa que se ha hecho adalid de la unidad. El escrito no es un carcelera que posee la verdad, sino alguien que sabe que la verdad termina por “conquistarnos”.
Escribir es también un acto de humanidad
La segunda clave del discurso recupera una intuición clásica —la del comediógrafo latino Terencio, ‘nada humano me es ajeno’— para situar la literatura como el “gran campo de entrenamiento de la humanidad”. Cuando un autor construye un personaje, explicó León XIV, se adentra en su mirada, sus emociones, su modo de estar en el mundo; y ese artefacto ‘medio vivo’ se transmite al lector, quien tiene con ellos la posibilidad de ‘vivir’ muchas vidas además de la propia. El Papa retoma la enseñanza del anterior pontífice sobre el papel de la literatura en la formación, en la que se hablaba de una ‘empatía imaginativa’ sin la cual no hay solidaridad ni compasión posibles hacia el otro. En este sentido la buena literatura no es evasión, es escuela de fraternidad, para salir del individualismo.
Pero donde se concentra el núcleo de la alocución papal, es en el tercer eje, en el que el Papa expresa que escribir es un acto que toca en Dios.
Nada de lo humano resulta ajeno al Dios que es también hombre, Cristo, y todo esfuerzo serio y sincero por comprender la ‘cuestión humana’, el amar y ser amado, la búsqueda de la justicia, el sufrimiento o la muerte, termina siendo cercano al Verbo que tomó carne humana.
De allí la frase que creemos sintetiza todo el discurso: cuando el escritor se adentra en lo más hondo de su propia humanidad, no se aleja de Dios, sino que se acerca a Él, “porque allí, en medio de historias muy humanas, Dios se revela”. Una lógica análoga a la de la Encarnación, la del Dios que se manifiesta en hechos concretos, en rostros, en historias, y no en abstracciones sin vida concreta.
“Los necesitamos”
El discurso concluye con una frase sincera, “Os necesitamos.”
Se necesitan los escritores para crear “espacios de libertad y autenticidad” donde la gracia divina pueda resonar como promesa de consuelo y de paz. León XIV pide a los escritores fidelidad a su oficio, una fidelidad que termina siendo un camino hacia la verdad, hacia el otro y hacia Dios.




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