viernes, 03 de julio de 2026
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La corona de espinas de un rey-niño

Hace 233 años, el 3 de julio de 1793, nacía un príncipe que, siendo aún niño, correría la misma suerte que el Salvador: siendo rey, fue humillado; inocente, fue torturado.

Alexander Kucharsky 001

Redacción (03/07/2026 15:22, Gaudium Press)Finis coronat opus” – «El fin corona la obra». Pues bien, sucede que la principal obra del hombre es él mismo; de manera que la corona final y verdadera que lo ceñirá será la muerte. Puede parecer una paradoja, pero la muerte es la corona del hombre.
Así, el ápice de una vida no será un “final feliz” terrenal. Como una estrella que manifiesta toda su luz al morir, es en el sacrificio postrero donde nace la gloria.

El Calvario de un rey-niño

Eso fue lo que le sucedió al pequeño Luis XVII, heredero de la corona francesa. A él Dios no le reservó el diadema regio de sus antecesores, sino uno semejante al de su propio Divino Hijo: una corona de espinas.

Odiado y perseguido por, siendo aún niño y huérfano, aspirar al trono de Francia, Luis XVII se convirtió en un verdadero mártir inocente, víctima de aquellos que, incomodados por los esplendores de la luz cristiana, quisieron apagarla y, de ser posible, sepultar incluso su recuerdo.

Preso en nombre de la libertad

Es de noche, el 3 de julio de 1793, cuando seis comisarios del gobierno irrumpen de pronto en la sala donde se encuentran la reina María Antonieta, los dos infantes reales y la hermana del guillotinado Luis XVI, Madame Élisabeth. Leen entonces el mandato que determina la separación del pequeño Luis XVII, de apenas ocho años, de su madre.

Durante una hora la reina suplica, implora y lo defiende hasta el agotamiento de los comisarios. Hartos de esa escena, amenazan con despedazar a sus hijos delante de ella. Viéndose obligada a ceder, María Antonieta estrecha a su hijo por última vez, entre lágrimas, y lo entrega a su inevitable destino.

El niño, el Delfín como lo llamaban, es trasladado a su nuevo aposento, el mismo en que su padre pasara sus últimos meses de vida antes de ser ejecutado. Además de una nueva celda, el pequeño prisionero recibe también un carcelero: el zapatero Simón, elegido para ser su guardián.

En efecto, para tal función, los jacobinos, los del ala más radical de la Revolución Francesa, no buscaron a una persona instruida, sino a alguien tan sumiso como inescrupuloso, capaz de desempeñar esa malévola tarea: ensuciar la mente regia con indecentes calumnias contra los valores de la religión y la nobleza. Era, como se diría hoy, un verdadero “lavado de cerebro”.

El zapatero se entregó a la siniestra empresa. A partir de ese momento, las sombras y el misterio, propios de los grandes crímenes, envolvieron el encarcelamiento de Luis XVII.

El duelo entre la nobleza y el crimen

En los primeros días, Simón nada logró, pues el pequeño rey solo lloraba, inconsolable por la separación de su madre. Sin embargo, en los días siguientes, comprendiendo que la situación exigía un cambio de actitud, Luis XVII asumió la voz y la postura propias de un rey de Francia: se vistió solo —algo que nunca había hecho antes— y, en tono de auténtica autoridad, exigió, increpando tanto a Simón como a los demás guardias, la explicación de la injusta separación. En respuesta a tal actitud, recibió una cascada de improperios del zapatero que, sin embargo, no dejó de asombrarse ante el cambio de comportamiento.

Entre las primeras maniobras de Simón para transformar al pequeño rey en un jacobino recalcitrante, le retiró el traje de luto que llevaba por la muerte de su padre.
Pero la sola apariencia no bastaba; el objetivo del zapatero era cambiar el corazón del Delfín. Para ello, se valió de un vicio bien conocido por él: la embriaguez. A través de comidas excesivamente condimentadas, al monarca sediento se le proporcionaba exclusivamente vino para saciarse. Fue en ese lamentable estado que indujeron al inocente a acusar a su propia madre de las peores inmoralidades. La ebriedad del prisionero regio queda bien patente en la deformidad de su firma —normalmente tan correcta— en el documento de la acusación.

Simón había imaginado que sería más fácil transformar el alma de un príncipe. Sorprendido por la noble resistencia que Luis XVII le oponía, recurrió a todo tipo de malos tratos e injurias en el intento de pervertirlo. Si al menos hubiera logrado arrancar de aquellos labios un “¡Viva la República!”, con algo se habría dado por satisfecho. Sin embargo, ni siquiera ebrio cedería el hijo de María Antonieta.

En efecto, la actitud de Luis XVII ante todas las burlas recibidas fue siempre digna de la sangre que llevaba: jamás respondió con descortesía a las brutalidades y se mostró agradecido incluso por el más mínimo favor. Lo atestigua un médico que, al llegar a la prisión, salvó al príncipe de la ira del carcelero: el niño, sin tener otra cosa que ofrecer como agradecimiento, entregó al visitante una manzana por haberlo protegido.

El propio Simón comprobó la nobleza del corazón que atormentaba. Cuando le preguntó al prisionero qué haría si la monarquía volviera, este respondió: “Os perdonaría”.

En las tinieblas del abandono

El 19 de enero de 1794, Simón se retiró para ocupar otros cargos, dejando a Luis XVII prisionero en una celda donde, como ostra abandonada en el fondo del mar de la maldad humana, formó, en el interior de su alma, la perla de la fidelidad.
Rendido por los sufrimientos, apenas tenía fuerzas para tomar alimento y presentarse ante los comisarios cuando era convocado. Encerrado día y noche, sin luz ni calefacción, Luis XVII veía abrirse la puerta de su prisión únicamente cuando se producía el cambio de guardia, pero por poco tiempo, pues los gusanos, las ratas y los malos olores hacían que los guardias la cerraran rápidamente. Poco les importaba la salud del pequeño; bastaba con que el cuerpo estuviera allí.

La gloria

Con la caída de Robespierre, el jefe revolucionario que había mandado encarcelar al Delfín, fue nombrado un nuevo carcelero. Este, al encontrar al príncipe en un estado deplorable, procuró, según parece, salvarlo de algún modo. Era demasiado tarde.

Según conclusiones controvertidas de los historiadores —que, pobres, se ven en apuros para alcanzar una verdad escondida entre tantos misterios— Luis XVII vivió solo un año y medio más, entregando su espíritu en junio de 1795.

La Revolución sepultó al heredero de Francia en una fosa común, buscando enterrar también su memoria. Pero fue en vano.

No contentándose con portar la Cruz de Cristo en la corona, Luis la cargó sobre los hombros hasta el final. Se convirtió así en un fuego de artificio: víctima de una explosión de odio a Dios, iluminó con su luz la Historia entera.
Luis XVII, tan pequeño de cuerpo, tan grande de alma, preso por ser rey, odiado por ser luz, muerto por ser inocente, quedó inmortalizado entre los gloriosos imitadores de Aquel que también fue Rey, que también fue Inocente y que también fue Crucificado.
Por Mauricio Gabriel

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