La historia de la santa es de esas que no necesitan demasiada interpretación sino una admiración sin límites, Pero no faltan las ‘teólogas’.

Foto: Aciprensa
Redacción (06/07/2026 15:19, Gaudium Press) Cada 6 de julio la Iglesia celebra a Santa María Goretti, la niña de once años asesinada en 1902 por resistirse a ser estuprada y que, agonizante, perdonó a su asesino. Es una de esas historias que no necesitan demasiada interpretación sino una admiración sin límites a la protagonista, que además es santa de la Iglesia: una menor, un agresor, una víctima que muere defendiendo su pureza, es decir, para ella la virtud angélica como le fue enseñada por la Iglesia valía más que su propia vida, y por eso la ofrendo. Listo, canonización, santoral, y punto final.
Pero con los vientos progresistas, que más bien son huracán en la Iglesia alemana, eso de punto final, nada.
Allá en tierras teutonas hay quienes, con título de doctora y cátedra en una Facultad de Teología Católica,quieren complicar y retorcer hasta el riel de un ferrocarril, riel al que, como se dijo, Pío XII le dió agua bendita en 1950.
El caso lo pone de presente el diario Il Timone, esta vez vía la pluma de Giuliano Guzzo: tres profesoras de la Universidad de Regensburg —Ute Leimgruber (catedrática de Teología Pastoral), Philippa Haase (su colaboradora) y Judith König (que ocupa la cátedra de Exégesis del Nuevo Testamento)— publicaron en katholisch.de, el portal oficial de la Conferencia Episcopal Alemana, un artículo con un título que ya lo dice todo: es hora de “repensar” la categoría de “mártir de la pureza” de la gran santa italiana. Conviene subrayarlo porque no es un detalle menor: no hablamos de activistas anónimas en redes sociales, o de teólogas outsiders un tanto desviroladas, de esas que no faltan en todas las latitudes, sino de teólogas con nombramiento oficial en facultades católicas alemanas, publicando en el medio oficial de los obispos de ese país. Se dicen católicas. Ejercen como católicas. Cobran de instituciones católicas. Y desde ese mirador firman esto.
La tesis, resumida sin exagerar nada porque no hace falta: presentar a una niña que prefirió morir antes que ser violada como un ideal sería “peligroso”, porque trasladaría la responsabilidad de la violencia del agresor a la víctima, y porque generaría culpa en las sobrevivientes de abuso que no resistieron de la misma forma.
“Presentar la defensa de la ‘pureza’ hasta la muerte como un ideal —según estas estudiosos— sugiere que las mujeres son las ‘guardianas’ de su propia integridad sexual, mientras que la sexualidad masculina se percibe como una fuerza incontrolable y, en última instancia, carente de verdadera responsabilidad. Además, la santidad de la niña de once años sería peligrosa, pues transmitiría el mensaje de que es mejor morir que defender la virginidad. Asimismo, María Goretti sería un modelo que perjudicaría a las víctimas de abuso, ya que proponer una santa que resistió hasta la muerte crearía una comparación dolorosa que genera profundos sentimientos de culpa y vergüenza en quienes sobrevivieron a la violencia, llevándolas a preguntarse por qué no actuaron de la misma manera”, resume el periodista Guzzo de la tesis de las teólogas.
El razonamiento, llevado a sus últimas consecuencias, no distingue entre admirar el heroísmo de una víctima y culpabilizar a quienes no lo alcanzaron —que es exactamente lo que hace la Iglesia con cualquier santo: proponerlo como ideal, no como vara de medir la culpa ajena. Con esa misma lógica habría que retirar del santoral a todos los mártires de la fe, no sea que hagan sentir mal a quien sí renunció a la fe bajo tortura.
Lo verdaderamente revelador es el argumento final, casi de pasada: que la veneración de Goretti reflejaría los “mitos de la violación”, donde el cuerpo femenino —incluso el de una niña de once años— se percibe como tentación, legitimando implícitamente la agresión como reacción “natural”. Aquí las autoras hacen un truco de manos notable: acusan a la tradición católica de justificar al agresor por la vía de la “tentación”, cuando el relato constante de la Iglesia —desde Pío XII hasta hoy, y que además es del sentido común— siempre ha señalado a Alessandro Serenelli como el único responsable de su crimen, y ha elogiado a María Goretti precisamente porque no cedió, no porque ella fuera un peligro.
Como bien anota Guzzo, el precedente no es aislado: la española Marta Obregón corrió la misma suerte en 1992, con el mismo número de puñaladas. ¿También ella entra en la “categoría insostenible”? Sería interesante que las tres profesoras respondieran eso con la misma soltura con la que despachan a una santa canonizada por un Papa.
Al final, el verdadero blanco de la crítica no es Goretti. Es la pureza misma como valor —esa que incomoda porque exige una respuesta: admirarla y perseguirla, o abandonarla. En fin, parece que vamos a tener que pedir a Dios, en este mundo de locos, que nos preserve algo de cordura. (CCM)





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