jueves, 09 de julio de 2026
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Demostró que Baja California no era una isla: la vida del jesuita que evangelizó el norte de América y murió descansando sobre dos mantas

Eusebio Francisco Kino recorrió cerca de 30.000 kilómetros, fundó más de treinta misiones y dejó un legado que unió fe, ciencia y servicio a los pueblos indígenas.

EUSEIO

Foto: Wikipedia

Redacción (09/07/2026 16:44, Gaudium Press) La historia del jesuita Eusebio Francisco Kino, es una de las más extraordinarias de la evangelización en el norte de la antigua Nueva España. Misionero, científico, explorador y cartógrafo, dedicó más de dos décadas a recorrer los territorios que hoy corresponden al estado mexicano de Sonora y al estado de Arizona, en Estados Unidos, donde fundó misiones y promovió el desarrollo agrícola.

Su figura continúa siendo reconocida tanto en México como en Estados Unidos. Desde 1965 una estatua suya representa al estado de Arizona en el Capitolio de Washington, mientras que la Iglesia ha reconocido oficialmente sus virtudes heroicas, un paso importante dentro de su proceso de canonización.

Nacido en 1645 en Segno, en el Tirol italiano, Kino destacó desde muy joven por su brillante formación intelectual. En la Compañía de Jesús estudió matemáticas, astronomía, geografía y cartografía, disciplinas en las que sobresalió hasta el punto de recibir la posibilidad de ocupar una prestigiosa cátedra universitaria en Europa. Sin embargo, renunció a esa oportunidad porque sentía que su vocación estaba lejos de las aulas. En 1680 embarcó hacia la Nueva España convencido de que su vida debía dedicarse a la evangelización.

En 1683 participó en la expedición encabezada por Isidro Atondo y Antillón para establecer misiones en Baja California. Las condiciones del territorio, la escasez de agua y una intensa sequía hicieron fracasar el proyecto, que fue abandonado en 1685. Lejos de desanimarse, dos años después fue enviado a la Pimería Alta. Allí fundó la misión de Nuestra Señora de Dolores, desde donde comenzó una intensa labor misionera que transformaría toda la región.

Entre 1687 y 1711 recorrió de manera incansable la Pimería Alta, evangelizando a pimas, apaches y otros pueblos indígenas. Su labor fue mucho más allá de la predicación introdujo nuevos cultivos, impulsó la agricultura y la ganadería, enseñó técnicas de producción y promovió comunidades capaces de sostenerse por sí mismas. Las misiones se convirtieron en auténticos centros de vida religiosa, social y económica.

Durante esos años fundó y fortaleció más de treinta asentamientos, entre ellos Dolores, Sonoita, Tumacácori, San Xavier del Bac y Santa María Magdalena, donde se cultivaban cereales, viñedos y árboles frutales, su ritmo de trabajo fue extraordinario. A lo largo de unas cuarenta expediciones recorrió aproximadamente 30.000 kilómetros, una hazaña que le valió el sobrenombre de el padre a caballo.

El sacerdote que corrigió los mapas

Además de su labor evangelizadora, Kino realizó una importante contribución científica. En el siglo XVII muchos mapas europeos seguían representando California como una isla, convencido de que esa teoría era errónea, organizó diversas expediciones hasta los ríos Gila y Colorado, gracias a sus observaciones y mediciones pudo demostrar que Baja California era una península, corrigiendo uno de los errores cartográficos más importantes de su tiempo.

Sus mapas fueron ampliamente utilizados por exploradores posteriores y contribuyeron al mejor conocimiento del norte del continente americano, uno de los aspectos más destacados de la vida de Kino fue la relación que construyó con las comunidades indígenas.

La historiadora Belén Navajas, considerada una de las mayores especialistas en el jesuita, destaca entre sus principales cualidades su caridad, comprensión y capacidad de ponerse en el lugar del otro, rasgos vinculados con la espiritualidad ignaciana. Cuando llegaba a una comunidad, no comenzaba predicando desde una posición de autoridad. Se sentaba junto a los pimas, escuchaba sus preocupaciones, conversaba con ellos y les mostraba los mapas que elaboraba durante sus viajes.

A diferencia de otros misioneros de la época, agradecía los bailes y cantos con los que era recibido e incluso animaba a los soldados españoles a participar de esas celebraciones. Aquella actitud generó una relación de confianza poco común para la época. Mantuvo amistad con líderes indígenas como Coro y Cola de Pato y, según los testimonios conservados, nunca sufrió atentados contra su vida, algo excepcional en una región marcada por frecuentes conflictos.

Su compromiso con aquellas comunidades también quedó reflejado cuando recorrió cientos de leguas hasta Ciudad de México para defender el honor de los pimas y demostrar que ni ellos ni los misioneros eran responsables del robo de caballos, animales que el propio Kino había introducido en la región junto con ganado, trigo y otros cultivos.

Murió después de inaugurar una capilla

Aunque durante años soñó con regresar a las misiones de California, las autoridades civiles nunca autorizaron su traslado porque consideraban que su presencia era fundamental para mantener la paz en la Pimería Alta. El 15 de marzo de 1711 inauguró una capilla en Santa María Magdalena, en el actual estado de Sonora. Después de la ceremonia decidió descansar unos momentos. Poco después falleció mientras dormía, descansando sobre dos mantas indígenas y utilizando la montura de su caballo como almohada, una imagen que resume la sencillez y austeridad con las que vivió hasta el final.

La obra de Eusebio Francisco Kino fue continuada décadas más tarde por san Junípero Serra, quien impulsó la evangelización de California tras la expulsión de los jesuitas en 1767. Ambos son recordados con estatuas en el Capitolio de Washington, un reconocimiento reservado a figuras consideradas representativas de la historia de Estados Unidos.

Más de tres siglos después de su muerte, el padre Kino continúa siendo recordado como un hombre que supo integrar la fe, la ciencia y el servicio. Su vida demuestra que la evangelización también podía ir acompañada del conocimiento, del diálogo y del desarrollo de las comunidades, dejando una huella que sigue presente a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos.

Con información de Religión El Libertad

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