En la misa de clausura, el obispo celebrante recordó a los jóvenes que “Ustedes valen porque han sido amados por Dios desde siempre” y los exhortó a mantener viva la esperanza porque “son hijos de Dios y esa dignidad nadie puede arrebatársela”.

Foto: Facebook
Redacción (15/07/2026 15:11, Gaudium Press) Con la participación de más de 15.000 jóvenes procedentes de las diferentes Diócesis del país, la Iglesia en Costa Rica celebró el 11 de julio el Día Nacional de la Juventud (DNJ) 2026, una jornada marcada por la oración, la alegría y el encuentro profundo con Jesucristo.
Uno de los momentos más significativos de la jornada fue la Adoración al Santísimo Sacramento, que condujo a miles de jóvenes a un profundo encuentro con Jesús Eucaristía. En un ambiente de oración, silencio y alabanza, los participantes elevaron sus plegarias, creando un clima de intensa espiritualidad.
El momento culminante fue la celebración de la Santa Eucaristía, presidida por el obispo de la ciudad de Limón y presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, Monseñor Javier Román Arias, acompañado por el nuncio apostólico en Costa Rica, Monseñor Mark Gerard Miles.
En su homilía dirigió un mensaje de esperanza a los jóvenes, invitándolos a reconocer la presencia de Dios en su historia y a caminar con confianza en medio de los desafíos de la vida.
Dios nunca abandona a su pueblo
Al comenzar su reflexión, monseñor Román Arias agradeció la presencia de los millares de jóvenes que, superando distancias, sacrificios y diversas dificultades, respondieron a la convocatoria. “Gracias porque con su sola presencia desmienten la idea de que las nuevas generaciones ya no tienen espacio para Dios”.
El obispo destacó que, en una sociedad que ofrece múltiples opciones para llenar el corazón con experiencias pasajeras, ellos habían elegido encontrarse con Cristo. Por ello los invitó a redescubrir el valor del silencio como el espacio donde Dios habla al corazón. “La Verdad está aquí entre nosotros: es Cristo, nuestro Dios y Salvador”.
Inspirándose en el profeta Isaías, recordó que Dios nunca abandona a su pueblo y que también hoy dirige a los jóvenes la misma promesa: “No temas, porque yo estoy contigo… Yo te tomo de la mano”.
El valor de una persona no depende del éxito
Uno de los ejes centrales de la homilía fue la reflexión sobre una cultura que mide el valor de las personas por sus logros, la imagen que proyectan o el reconocimiento que reciben. Frente a esa realidad, el obispo recordó que el Evangelio propone una lógica diferente. “Ustedes valen infinitamente antes de haber logrado nada. Valen porque han sido amados por Dios desde siempre”.
Subrayó que ningún fracaso, error o herida tiene la última palabra sobre la vida de una persona, porque “la última palabra la tiene siempre el amor de Dios”. Recordando la exhortación Christus vivit del Papa Francisco, animó a los jóvenes a no dejarse robar la esperanza ni la alegría y los invitó a descubrir la grandeza de su vocación. “Atrévanse a ser más, porque su ser importa más que cualquier cosa”.
La santidad es la primera vocación de todo bautizado
El pastor también habló de las dificultades que viven muchos jóvenes: familias marcadas por la separación, incertidumbre laboral, abandono de los estudios, ansiedad, depresión, adicciones y el sentimiento de no ser suficientes.
Ante estas realidades, aseguró que Dios continúa caminando junto a ellos, sosteniéndolos muchas veces a través de la familia, los amigos, los sacerdotes, los catequistas y las comunidades cristianas.
Asimismo, reconoció con humildad que la Iglesia está llamada a escuchar más profundamente a las nuevas generaciones. “Muchas veces hablamos mucho sobre los jóvenes, pero escuchamos poco lo que llevan en el corazón. Queremos seguir aprendiendo a caminar con ustedes”.
Una de las afirmaciones más significativas de la homilía fue: “La Iglesia no tiene miedo de los jóvenes”.
Con estas palabras, monseñor Román Arias expresó la confianza de la Iglesia en la capacidad de las nuevas generaciones para amar, servir y transformar la sociedad. En ese contexto, subrayó que la pastoral juvenil debe centrar su misión en acompañar a cada joven en el descubrimiento de la vocación que Dios le ha confiado, convencida de que ese proyecto no limita su libertad, sino que la conduce a su plena realización. “La Iglesia no habla de los jóvenes como un problema que debe resolverse, sino como un don que debe ser acompañado”, afirmó.
El prelado recordó además que toda vocación tiene su fundamento en una llamada más profunda: la santidad, primera vocación de todo bautizado. Por ello invitó a los jóvenes a hacerse una pregunta decisiva: “Señor, ¿qué quieres de mí?”
Explicó que, mientras el mundo suele preguntar qué hacer con la propia vida, el Evangelio invita primero a descubrir qué quiere Dios realizar en cada persona.
El Espíritu Santo no forma personas dominadas por el miedo
A la luz de la segunda carta de san Pablo a Timoteo, el obispo recordó que Dios ha sembrado en cada joven un don que necesita ser reavivado y que el Espíritu Santo no forma personas dominadas por el miedo, sino hombres y mujeres capaces de amar con fortaleza y perseverancia.
Ante el temor al fracaso, al compromiso, a la soledad o a un futuro incierto, los animó a confiar en Cristo, quien siempre invita a “abrir horizontes y remar mar adentro”.
Finalmente, retomando las palabras de Jesús en el Evangelio “En el mundo tendrán luchas. Pero tengan valor: yo he vencido al mundo”—, los exhortó a mantener viva la esperanza y a no permitir que las dificultades definan su identidad. “No permitan que las luchas que atraviesan definan su futuro. Ustedes son mucho más que sus dificultades, mucho más que sus fracasos. Son hijos de Dios y esa dignidad nadie puede arrebatársela”.
Con información de Vatican News.





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