jueves, 23 de julio de 2026
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“No temáis a los sicarios”: beatificarán a nueve seminaristas españoles asesinados por odio a la fe

 La Iglesia reconocerá el próximo 28 de noviembre el martirio de nueve seminaristas y dos familiares que fueron perseguidos y asesinados durante la Guerra Civil Española por permanecer fieles a su fe.

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Redacción (23/07/2026 17:27, Gaudium Press) La diócesis de Madrid anunció que el sábado 28 de noviembre tendrá lugar la ceremonia de beatificación de la causa Ignacio Aláez Vaquero y compañeros, presidida por el prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, el cardenal Marcello Semeraro, en la Catedral de la Almudena. El grupo está conformado por nueve seminaristas, un sacerdote y un laico, todos asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa que sacudió España entre 1936 y 1937. La causa fue abierta en 2010 y recibió un impulso decisivo cuando el Papa León XIV autorizó el pasado 18 de diciembre el decreto que reconoce oficialmente su martirio.

La futura beatificación recuerda una de las páginas más dolorosas del siglo XX español. Durante ese período, más de 4.000 sacerdotes y seminaristas diocesanos, además de cerca de 3.000 religiosos y decenas de miles de laicos, fueron asesinados en distintos episodios de persecución anticatólica, especialmente durante la Revolución de 1934 y la Guerra Civil Española.

Uno de los aspectos que más llama la atención de esta causa es la juventud de la mayoría de los mártires. Excepto dos familiares que superaban los 60 años, todos eran seminaristas con edades comprendidas entre los 18 y los 24 años, que se preparaban para el sacerdocio cuando fueron perseguidos.

Los siete seminaristas pertenecientes a la entonces diócesis de Madrid-Alcalá eran:

  • Ignacio Aláez Vaquero (22 años), estudiante de Filosofía.
  • Ángel Trapero Sánchez-Real (20 años), estudiante de Teología.
  • Antonio Moralejo Fernández-Shaw (19 años), estudiante de Filosofía.
  • Cástor Zarco García (23 años), subdiácono.
  • Jesús Sánchez Fernández-Yáñez (21 años), estudiante de Filosofía.
  • Miguel Talavera Sevilla (18 años), estudiante de Filosofía.
  • Pablo Chomón Pardo (21 años), estudiante de Teología.

A ellos se suma Mariano Arrizabalaga Español, seminarista de la diócesis de Barbastro que se encontraba en Madrid pasando las vacaciones cuando estalló la guerra, y Ramón Ruiz Pérez, subdiácono de la diócesis de Toledo, apresado en Jaén y trasladado a Madrid en el conocido tren de la muerte, donde fueron asesinados alrededor de 150 prisioneros. Completan la causa el sacerdote Julio Pardo Pernía, de 63 años, tío del seminarista Pablo Chomón, y el laico Liberato Moralejo Juan, de 60 años, padre del seminarista Antonio Moralejo.

Un retiro espiritual interrumpido por la guerra

El 18 de julio de 1936, día en que comenzó oficialmente la Guerra Civil Española, algunos seminaristas permanecían en el Seminario Conciliar de Madrid participando en un retiro espiritual. Mientras compartían la comida, un grupo de milicianos armados irrumpió en el edificio. Según recoge la documentación de la causa, el portero logró advertir a los seminaristas, quienes corrieron a la capilla para consumir las formas consagradas antes de huir vestidos de civil por la puerta de la huerta. El seminario fue inmediatamente ocupado por milicianos del Frente Popular del barrio de La Latina y convertido primero en checa y posteriormente en prisión.

La incautación de los archivos del seminario permitió obtener las listas de sacerdotes y seminaristas junto con las direcciones de sus familias, información que sería utilizada para iniciar una persecución sistemática. Muchos de aquellos jóvenes regresaron pensando que estarían más seguros junto a sus familias. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Ignacio Aláez Vaquero, que da nombre a la causa, permaneció escondido durante más de tres meses en la vivienda familiar hasta que, el 9 de noviembre de 1936, milicianos comunistas de la checa de Líster llegaron buscando a un joven que no había sido movilizado para la guerra.

Fue detenido junto a su padre y otros vecinos. Al día siguiente todos aparecieron asesinados en el Camino del Quemadero, en Fuencarral. También Miguel Talavera Sevilla, de apenas 18 años, fue buscado en la casa de sus padres en Boadilla del Monte. Los milicianos conocían su condición de seminarista gracias a los documentos incautados del seminario. Tras ser arrestado fue conducido a la checa del Marqués de Monistrol y su cuerpo nunca fue hallado. Se cree que fue ejecutado pocos días después de su detención.

Un sacerdote y su sobrino, unidos hasta el final

Entre los casos más conmovedores se encuentra el del sacerdote Julio Pardo Pernía y su sobrino Pablo Chomón Pardo. Ambos permanecían ocultos junto a religiosas Hospitalarias en Ciempozuelos cuando supieron que un nuevo grupo de milicianos llegaría desde Madrid para ocupar los edificios religiosos. Antes de separarse, Julio reunió a las religiosas y las animó a prepararse espiritualmente. “No temáis a los sicarios. Hermanas mías, arrepiéntanse de los pecados de toda su vida, que les voy a dar la absolución in articulo mortis”, les dijo, según el testimonio de una de las religiosas que sobrevivió a la persecución. Poco después fueron encontrados por un grupo de doce milicianos. La madre del seminarista, Petra Pardo, recordaría posteriormente aquel momento: “Doce milicianos entran en casa y apuntando a ambos con un fusil, son obligados violentamente a salir de sus camas entre continuas amenazas.” Tras permanecer encarcelados, ambos fueron fusilados el 7 de agosto de 1936 en Valdemoro.

Otra historia especialmente significativa es la de Liberato Moralejo Juan y su hijo Antonio Moralejo Fernández-Shaw, seminarista de 19 años. Los milicianos irrumpieron en su vivienda y arrestaron a ambos por “conservar cartas en las que se revela el carácter religioso y patriota”, documentos que podían incluir simples estampas religiosas o antiguos reconocimientos oficiales.

Durante el interrogatorio, Antonio reconoció sin ocultarlo que era seminarista. Después de pasar cerca de un mes en la Cárcel Modelo, padre e hijo fueron trasladados entre el 6 y el 8 de noviembre de 1936 al Castillo de Aldovea, donde fueron ejecutados. Sus restos nunca pudieron ser identificados y se cree que fueron enterrados en el cementerio de los mártires de Paracuellos del Jarama.

La ceremonia del próximo 28 de noviembre reconocerá oficialmente el testimonio de estos once mártires, cuya muerte, según la Iglesia, fue consecuencia directa de su fidelidad a Cristo en uno de los momentos más violentos de la persecución religiosa en España.

La beatificación de Ignacio Aláez Vaquero y sus compañeros  rescata del olvido los nombres de unos jóvenes que soñaban con el sacerdocio y recuerda el testimonio de quienes, incluso frente a la persecución y la muerte, permanecieron firmes en su fe.

Con información de Religión El Libertad

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