lunes, 27 de julio de 2026
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La Eucaristía y la divinización del hombre

Santo Tomás de Aquino nos dice que la Eucaristía, más que transformar a Cristo en nuestra sustancia, es Él quien nos transforma en la suya.

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Redacción (27/07/2026 13:04, Gaudium Press) Hace cien años –precisamente en 1925– Pío XI canonizaba a Santa Teresita del Niño Jesús a la que llamó “la estrella de su pontificado”. Y hace treinta – en 1997, en el centenario de la muerte de la santa – Juan Pablo II la declaraba Doctora de la Iglesia. En aquella ocasión, el Papa Wojtyla afirmaba: “Su enseñanza no solo es acorde con la Escritura y la fe católica, sino que también resalta por la profundidad y la síntesis sapiencial lograda. (…) Tal vez en los escritos de Teresa de Lisieux no encontramos, como en otros doctores, una presentación científicamente elaborada de las cosas de Dios, pero en ellos podemos descubrir un testimonio iluminado de la fe que, mientras acoge con amor confiado la condescendencia misericordiosa de Dios y la salvación en Cristo, revela el misterio y la santidad de la Iglesia” ¡No es decir poco!

Entre los escritos de nuestra Doctora se destacan poesías de hondura sublime expresadas con cándida sencillez. Unos versos de su autoría llevan por título “Mi cielo” –“Mon ciel a moi” en francés. Allí se formulan nociones relativas a la Eucaristía que queremos destacar. Transcribimos apenas unas estrofas, primero en su idioma original y después en nuestro castellano, lengua de la cual otra Teresa, también Doctora, la de Ávila, es un exponente destacado.

Mon ciel, il est caché dans la petite hostie

ou Jésus, mon Époux, se voile par amor.

A ce foyer divin je veux puiser la vie;

Et là, mon doux Sauveur m’ecoute nuit et jour.

Oh! Quel hereux instant, lorsque dans ta tendresse

Tu viens, mon Bien-Aimé, me transformer en toit!

Cette union d’amour, cet ineffable ivresse,

Voilá mon Ciel a moi!

A seguir, la traducción al español:

Mi cielo está escondido en la pequeña hostia

Donde Jesús, mi esposo, se oculta por amor.

De ese fuego divino voy a recoger la vida;

Ahí, mi dulce Salvador me escucha noche y día.

¡Oh! Qué feliz momento, cuando en tu ternura

Vienes, amadísimo mío, ¡a transformarme en ti!

Esta unión de amor, esta inefable pasión,

¡Ese es mi cielo!

Toda traducción lingüística altera en algo –a veces “en mucho”– la precisión de un texto; es posible que algún purista familiarizado con la lengua gala no se satisfaga al leer esta transcripción. En cuanto a la rima, pues saltó por los aires… Pero en estos versos no nos importa tanto la calidad literaria, queremos recalcar la substancia y, sobre todo, esta noción que la santa carmelita expresa en estos sentidos términos: “Tu viens, mon Bien-Aimé, me transformer en toit!

Santo Tomás de Aquino nos dice que la Eucaristía, más que transformar a Cristo en nuestra sustancia, es Él quien nos transforma en la suya.

La lluvia, el rocío, el aire, los gases, el abono, el calor, etc., al estar en contacto con la planta a la que van a enriquecer con sus distintas propiedades, ¿no se transforman en la misma planta? Claro que sí. Y los manjares y líquidos que ingerimos, juntamente con los distintos fenómenos que se operan al tiempo de la digestión, ¿no pasan a invertirse en carne y sangre nuestros? Es evidente.

El efecto de la comunión sacramental es transformarnos en lo que asimilamos. Esta es una de las más impresionantes prerrogativas del Pan eucarístico ¡Qué mutación ventajosa en nuestra pobre naturaleza mortal!

Citábamos una enseñanza de Santo Tomás, el Doctor Angélico. Damos ahora la pluma al Águila de Hipona, el gran San Agustín: “Sabe – le dijo Jesús en una revelación –, que cuando me comulgas, no me mudo Yo en ti, sino que tú te transformas en mí”. Santa Teresita del Niño Jesús tenía bien asentada en su alma esta verdad. Ella la estampó con arte en su poesía y, sobre todo, la testimonió con su vida, tan ejemplar y fecunda.

“La Eucaristía y la divinización del hombre”; es el título de una Licenciatura Canónica en Teología del Rev. P. David Ritchie, de los Heraldos del Evangelio. Tomamos esa misma titulación para esta modesta reflexión.

Permítasenos un breve paréntesis: La palabra “hombre” se refiere aquí al género humano como un todo, sin excluir a la mujer. La usanza del término a lo largo del tiempo se entendió persistentemente así de forma pacífica y sin drama. Ahora, resulta que tenía que llegar el conturbado siglo XXI para que el vocablo se prestase a equivoco y pudiese incomodar a algunos fantasiosos… Pero volvamos a nuestro tema.

Dice el P. Ritchie en su escrito: “Viviendo en una sociedad competitiva, en la cual la dignidad propia de cada hombre se confunde con concurrencia y deseo de dominio de los más flacos, hay un elevado valor, accesible a todos, ofrecido por Jesucristo de modo especial en la Eucaristía: la divinización de la criatura humana. Al tornar al hombre participante de su propia vida, Dios desea conducirlo a la máxima unión consigo, en lo que consiste la verdadera dignidad. Este es el efecto último de la Eucaristía como afirma San Agustín: “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios”. El hombre… y, bien entendido, la mujer.

Nuestra vida espiritual se potenciaría extraordinariamente si tuviésemos en cuenta esta verdad; iríamos al banquete eucarístico con mayor piedad y con renovado entusiasmo. No es por otra razón que la Eucaristía es llamada “Pan de Vida” y, también, “Pan del Cielo”. La Eucaristía es ya el Cielo en la Tierra al propiciar esa unión transformante.

“Transformar” significa cambiar o modificar la forma de algo. Sí, la Eucaristía recibida en comunión nos transforma, nos diviniza.

Por el P. Rafael Ibarguren, EP

(Publicado originalmente en www.opera-eucharistica.org)

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