miércoles, 29 de julio de 2026
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Cardenal Zen: la familia debe ser “la prioridad absoluta” de la acción de la Iglesia

Tras estudiar los informes del consistorio de junio, el Cardenal Zen conecta la pérdida del sentido de la vida diagnosticada por los cardenales con la crisis de la familia y llama a una movilización total.

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Cardenal Zen – Foto: CNA

Redacción (29/07/2026 09:18, Gaudium Press) El Cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong, ha publicado en su blog personal una meditación titulada Parábolas del Reino en la que pide a toda la Iglesia que convierta la protección de la familia en «la prioridad absoluta» de su acción pastoral. El texto, fechado el 27 de julio, parte de las lecturas litúrgicas del XVII Domingo del Tiempo Ordinario para desarrollar una reflexión sobre la perseverancia en la fe y sobre las amenazas que, a juicio del purpurado chino, acechan hoy a la institución familiar.

A sus 94 años, el Cardenal vincula las parábolas del tesoro escondido, la perla y el grano de mostaza con la vocación cristiana a la fidelidad, y advierte contra lo que denomina «los tres enemigos» del creyente: las pasiones desordenadas, las tendencias mundanas y el demonio. En este marco, el obispo emérito reafirma la enseñanza moral de la Iglesia y señala que los actos asociados al lobby LGBTQ «contravienen totalmente el designio del Creador para la humanidad», recordando la calificación bíblica de los actos homosexuales como «abominación».

El Cardenal Zen, que no participó en el consistorio celebrado a finales de junio, afirma haber estudiado todos los informes de las sesiones y recoge que los cardenales identificaron «la pérdida del sentido de la vida» como el problema fundamental del mundo contemporáneo. A partir de este diagnóstico, el purpurado conecta la crisis de sentido con la fragilización de la familia y lanza un llamamiento a la «movilización total» de obispos, sacerdotes, religiosos y fieles para hacer de su protección «una misión sagrada».

A continuación se ofrece la traducción íntegra del texto publicado por el Cardenal Zen en su blog:

Parábolas del Reino

Lunes de la XVII semana del Tiempo Ordinario. 27 de julio de 2026

Estos días, la primera lectura de la misa está tomada del profeta Jeremías. Dios habla al profeta mediante muchas parábolas; la de hoy corresponde al pasaje del cinturón (Jr 13,1-11). Dios amaba al pueblo de Israel como un cinturón ceñido al cuerpo, pero el pueblo adoró a dioses extraños y aquel cinturón se convirtió en una cuerda podrida e inútil que ya no gozaba del favor de Dios. Dios eligió a Israel como su pueblo; Israel, por supuesto, debía amar a Dios con todo el corazón, pero cayó en la tentación de los pueblos paganos y abandonó al Señor.

En el Evangelio de hoy (Mt 13,31-35), Jesús también habla en parábolas. El Reino de los Cielos es como «un grano de mostaza muy pequeño», pero se convertirá en un árbol. El Reino de los Cielos es como «un poco de levadura», pero puede hacer fermentar tres medidas de harina. La gracia de Dios posee un enorme potencial que se despliega silenciosamente de forma admirable.

Ayer, el Evangelio del XVII Domingo del Tiempo Ordinario del ciclo A también proponía parábolas: las del tesoro escondido y la perla. El tesoro y la perla llevan a quien los descubre a vender todo cuanto tiene para adquirirlos.

Uniendo estas tres parábolas podemos decir que el primer paso para entrar en el Reino de los Cielos consiste en descubrir tesoros, reconocer perlas, escuchar la llamada de Dios, decidirse a obedecerle y comprometerse a amarle por encima de todo.

Pero esto es solo el comienzo. Habiendo escuchado esa llamada y respondido a ella, debemos perseverar hasta el final, dejar que la semilla crezca y que la levadura actúe; de lo contrario, como aquel cinturón, nos pudriremos y seremos inútiles.

La vocación a la fidelidad

¿No hemos encontrado ya el tesoro, reconocido la perla e invertido en ella toda nuestra vida? Jesús nos ha conducido a su Iglesia, y si somos agradecidos debemos seguir fielmente sus enseñanzas dentro de ella, convirtiéndonos con humildad y valentía en sus discípulos. No somos simplemente su cinturón, no nos revestimos simplemente de Él: Él viene a nosotros y nosotros entramos en Él, llegando a ser miembros de su Cuerpo.

¿Qué podría apartarnos de Él? Nada debería hacerlo, pero aun así debemos enfrentarnos a los tres enemigos, las tres fuerzas del mal que nos tientan sin cesar: los deseos y pasiones egoístas, las tendencias del mundo y el demonio.

El demonio existe; la Biblia dice: «Recorre el mundo buscando presas que devorar». Debemos rezar mucho más al arcángel San Miguel para que nos proteja.

Las tendencias mundanas, es decir, quienes ya se han sometido al demonio, no son tan feas como el propio demonio. Emplearán palabras dulces para ganarse vuestra simpatía: ¡tened mucho cuidado!

Pero ¿no deberíamos estar aún más alerta frente a nuestros propios deseos y tendencias egoístas? No debemos bajar la guardia ni considerarlos nunca insignificantes. Incluso las cosas pequeñas, si se convierten en hábitos, pueden socavar nuestra voluntad. ¡Examinémonos más, recemos más! ¡Los malos hábitos son tan destructivos como las drogas!

La moral sexual y el designio del Creador

Por supuesto, la ética y la moral no se reducen al sexto y al noveno mandamiento, pero estos pecados son los más adictivos. En particular, los pecados de las personas LGBTQ, que contravienen totalmente el designio del Creador para la humanidad: un hombre y una mujer amándose para toda la vida y transmitiéndose la vida mutuamente en un hogar cálido. Las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo no solo son calificadas de pecado en la Sagrada Escritura, sino también de abominación (especialmente repugnantes) a los ojos de Dios. Dios, en su misericordia, también envió fuego para destruir Sodoma.

La familia, prioridad pastoral

No participé en la reunión de cardenales de finales de junio, pero he leído atentamente todos los informes. En la primera sesión, los cardenales debatieron la cuestión: «¿En qué clase de mundo estamos llamados hoy a difundir el Evangelio?». Entre los muchos problemas difíciles abordados, los cardenales señalaron: «El problema fundamental parece ser que la gente ha perdido el sentido de la vida». (No han encontrado el tesoro ni la perla, o los encontraron pero los abandonaron).

Si se niega el valor inestimable de la vida y de la familia, ¿qué queda de hermoso en la existencia? Es como abandonar un manantial para buscar agua en una cisterna agrietada. He oído decir que incluso el demonio lo ha reconocido: destruir la familia es su victoria.

Apreciemos en silencio el plan de amor de Dios, démosle gracias y alabémosle, y estemos dispuestos a pagar el precio por la «salud» de nuestras familias.

La mejor forma de combatir es pasar a la ofensiva: cuidar de los demás, ayudarles y hacer el bien es lo que más nos ayuda a perseverar en el camino recto. Movilicémonos todos: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles casados y solteros, familias felices y familias en dificultad. Hagamos de la protección de la familia nuestra misión sagrada, la prioridad absoluta de nuestra acción pastoral. Pidamos a los padres de la Virgen María que intercedan por nosotros; pidamos a los padres de Santa Teresita del Niño Jesús que sean nuestros patronos, y que la juventud se llene de fe en el plan de amor de Dios.

Con información de Infocatólica.

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