martes, 04 de agosto de 2026
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La oración te cambia la vida y te da vida: tres consejos para rezar cada día

 A partir de su propia experiencia espiritual, Erin Mone propone tres pasos concretos para ayudar a quienes desean iniciar o fortalecer una vida de oración diaria y crecer en su relación con Dios.

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Redacción (03/08/2026 17:56, Gaudium Press) La oración suele describirse como uno de los pilares de la vida cristiana, pero para muchas personas convertirla en un hábito cotidiano puede resultar un verdadero desafío. Sin embargo, quienes han recorrido ese camino aseguran que no se trata de una práctica reservada para expertos en espiritualidad, sino de una relación viva con Dios que puede cultivarse paso a paso.

Los santos han explicado esta realidad con palabras sencillas. Entre las definiciones más conocidas se encuentra la de Santa Teresita de Lisieux, quien afirmaba: “Para mí, la oración es un impulso, una necesidad del corazón, una simple mirada lanzada hacia el cielo, un grito de gratitud y de amor tanto en el dolor como en la alegría”.

“Así explicado, parece algo bastante simple”, comenta Erin Mone. Sin embargo, plantea una pregunta que muchos creyentes se hacen, “¿Por qué entonces rezar puede ser algo tan difícil para algunos de nosotros?”

Erin Mone conoce bien esa dificultad. Actualmente integra el equipo de pastoral juvenil de la catedral de María Inmaculada, en la diócesis de Tyler, Texas, pero su camino de fe estuvo marcado por preguntas, desafíos y profundas decisiones.

Nació en California hace 36 años, en una familia católica de ocho hijos, aunque creció en Illinois rodeada de un ambiente mayoritariamente protestante donde su fe era constantemente cuestionada. Aquellas preguntas la llevaron a profundizar en la doctrina católica. Cada vez que un compañero le planteaba una objeción, regresaba a casa para investigar en la biblioteca familiar y buscar respuestas. Su padre solía animarla con una frase que marcaría su formación: “Tal vez no tengas siempre una respuesta, pero sabes que la Iglesia católica sí la tiene, y que esa respuesta siempre es hermosa y siempre tiene sentido”.

Con el paso del tiempo descubrió que ese estudio no solo respondía sus dudas, sino que alimentaba su relación con Dios. “Investigando, descubrí la belleza de la Iglesia católica. Creo que fue así como Cristo me sedujo”, recuerda. Ese camino la llevó a estudiar Teología y Catequética en la Universidad Franciscana de Steubenville e ingresar posteriormente en la Comunidad de San Juan como religiosa.

Permaneció ocho años en la vida consagrada. Durante ese tiempo atravesó momentos de oscuridad espiritual, especialmente por el impacto que tuvieron en ella los casos de abusos dentro de la Iglesia. Aunque logró superar esa etapa, otras circunstancias la llevaron finalmente a discernir que aquella no era su vocación definitiva y dejó la congregación poco antes de emitir los votos perpetuos.

Hoy pone toda esa experiencia al servicio de la pastoral juvenil y comparte consejos prácticos para quienes desean comenzar una auténtica vida de oración.

La oración es una relación

Recordando la definición del YouCat, Erin explica que rezar significa “vivir en relación con Dios”. Como toda relación, añade, requiere un intercambio mutuo. “No solo debemos hablar y compartir nuestro corazón, debemos también ser capaces de escuchar y recibir el corazón del Señor”. Pero escuchar a Dios no sucede como en una conversación ordinaria. “Debemos aprender a escuchar con los oídos y los ojos de nuestro corazón, que es donde habla el Señor”. A partir de esa convicción propone tres sencillos pasos para construir el hábito de la oración diaria.

  1. Reservar un momento para Dios, el primer paso hacia una vida de oración.

El primer consejo consiste en reservar un momento concreto del día para encontrarse con Dios. Según Erin, esto permite pasar de una buena intención a un compromiso real. Fijar un horario ayuda además a permanecer fiel incluso cuando aparecen el cansancio, el estrés o las múltiples ocupaciones. “Si tenemos ya un tiempo fijado para la oración, es más probable que lo respetemos”. Para reforzar esta idea recuerda una conocida frase de Santa Teresa de Calcuta: “El Señor no me llamó a tener éxito. El Señor me llamó a ser fiel”. También recomienda comenzar poco a poco para evitar el desánimo. “Recuerda no descuidar tus obligaciones, pero ponte retos: comienza con algo pequeño (2 minutos la primera semana, 5 la segunda, etc.) y arréglatelas para irlo ampliando hasta llegar al tiempo que te hayas marcado”.

  1. No esperes saberlo todo: la mejor forma de aprender a rezar es comenzar

El segundo consejo es dejar de posponer la oración creyendo que primero hay que dominar técnicas o memorizar numerosas fórmulas. “¡No caigas en esa trampa!”, advierte. Y explica: “Del mismo modo que no te conviertes en experto en amistad antes de hacer amigos, tampoco tienes que ser un experto en oración para rezar. Aprenderás a medida que lo hagas… pero solo si empiezas”. Uno de los consejos que más transformó su propia experiencia espiritual fue recordar constantemente que Dios está presente. “Él vive aquí, te está esperando, está mirándote y amándote. Cuando estás empezando a abrir tu corazón para compartir tus alegrías y tus penas, recordar que Él está presente y te escucha cambia tu forma de hablar”. Incluso cuando no hay palabras, asegura, permanecer junto al Señor ya es una forma de oración. “Del mismo modo que no siempre hablamos cuando salimos con los amigos, simplemente ‘estar’ en presencia del Señor es una oración”. Para lograrlo recomienda dedicar unos segundos al silencio antes de comenzar. Ese pequeño gesto ayuda a detener el ritmo acelerado del día y a disponerse para el encuentro con Dios. “Estar presente para Dios, dado que Él ya está presente para ti”.

  1. El cuerpo también ora: las posturas que ayudan a entrar en diálogo con Dios

El tercer consejo recuerda que la oración involucra a toda la persona, incluido el cuerpo. Las distintas posturas físicas pueden favorecer la actitud interior, permanecer de pie para alabar, arrodillarse para adorar o pedir perdón, sentarse para escuchar y meditar, levantar las manos para interceder o mantenerlas abiertas como signo de disponibilidad. La propia liturgia de la Iglesia enseña este lenguaje corporal, los fieles permanecen de pie durante la proclamación del Evangelio como signo de respeto, se arrodillan durante la consagración en actitud de adoración y se sientan durante la homilía para escuchar la Palabra.

Por eso, insiste Erin: “Encontrar una postura respetuosa y orante te ayudará a entrar en oración y a expresarla”.

Para Erin Mone, desarrollar una vida de oración constante no consiste únicamente en cumplir una práctica religiosa, sino en fortalecer una relación personal con Dios que termina transformando la existencia. Por eso concluye “Llevar una vida diaria de oración te cambia la vida… y te da vida”. Como inspiración para quienes desean comenzar ese camino, recuerda una oración de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars: “¡Oh, mi Dios! Si mi lengua no puede decir cada instante que te amo, por lo menos quiero que mi corazón lo repita cada vez que respiro”.

Con información de Religión en Libertad

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