Kimberly Ells advierte que el celular no solo permite a los hijos acceder al mundo, sino que también puede abrir la puerta para que desconocidos entren en sus vidas. Estas son las señales que, según la experta, los padres no deberían ignorar.
Redacción (10/08/2026 16:30, Gaudium Press) Para muchos padres, entregar un teléfono celular a sus hijos es una forma de mantenerlos comunicados, facilitarles las tareas escolares o permitirles relacionarse con sus amigos. Sin embargo, Kimberly Ells, especialista en protección de la familia y madre de tres hijos, plantea esta pregunta,¿qué ocurre cuando ese dispositivo deja de ser una herramienta de comunicación y se convierte en una puerta de entrada para personas desconocidas?
Ells, autora de The Invincible Family y conocida por sus intervenciones sobre protección familiar, sostiene una posición contundente frente al acceso temprano de los menores a los teléfonos inteligentes: “No les deis un teléfono con acceso libre a Internet. Y no les deis otro dispositivo que proporcione acceso ilimitado”.
Su preocupación parte de una idea que considera fundamental para los padres, “Un móvil no es solo un portal para que el niño acceda al mundo. También es un portal para que el mundo acceda a tu hijo”.
Según explica, detrás de una pantalla pueden aparecer contenidos inapropiados, desconocidos que buscan establecer contacto con menores, situaciones de acoso, adicciones y otras experiencias para las que un niño o adolescente puede no estar preparado.
Cuando los cambios en un hijo no son casualidad
Ells llama especialmente la atención sobre los cambios de comportamiento. Una modificación drástica en la manera de vestir, el aislamiento, la negativa a participar en actividades familiares o la resistencia a conversar con los padres pueden convertirse en señales que requieren atención.
Uno de los indicadores que menciona es una combinación cada vez más frecuente, más tiempo con el teléfono y menos tiempo con la familia.
La especialista considera que, cuando un adolescente comienza a buscar en el entorno digital respuestas, aprobación o compañía que antes encontraba en casa, la influencia de los padres puede disminuir considerablemente.
“Lo que realmente supone”, afirma Ells, es “que los padres tienen una influencia cada vez menor sobre sus hijos y esto no es beneficioso para ellos”.
Para ella, el problema no está únicamente en el dispositivo, sino también en la relación que se establece alrededor de él. Los padres pueden terminar sintiéndose menos importantes o menos consultados que las personas con las que sus hijos interactúan a través de una pantalla.
Ells recoge varios casos para explicar por qué considera necesario que las familias revisen cuándo, cómo y para qué entregan un teléfono inteligente a sus hijos. Uno de ellos es el de Jenna. Sus padres le dieron un iPad inicialmente para realizar tareas escolares y controlaban su utilización. Con el tiempo, el dispositivo comenzó a formar parte de sus noches y la menor empezó a consumir contenidos que su madre describió como cada vez más perturbadores.
Su comportamiento también cambió. Se volvió más triste e irritable y, cuando su madre finalmente habló con ella, descubrió que estaba atravesando pensamientos suicidas. Ante la situación, sus padres decidieron retirar completamente el dispositivo y buscar ayuda profesional. Ells destaca la reacción de la menor como un elemento significativo, “Su reacción fue un profundo alivio, porque quitaron la influencia del dispositivo sobre ella”.
Otro caso corresponde a una adolescente que utilizó una aplicación de citas y comenzó a reunirse con hombres mayores. Cuando sus padres descubrieron lo que estaba ocurriendo, la joven se encontraba cerca de una situación de explotación sexual.
También está la experiencia de Olivia, quien descargó Snapchat para comunicarse con sus amigos. Con el tiempo, comenzó a recibir mensajes de desconocidos con contenido sexual. La situación terminó cuando acudió a su madre, quien le recomendó cortar la conversación, eliminar la aplicación y no volver a descargarla.
Para Ells, estas experiencias muestran una realidad que los padres pueden subestimar, una aplicación aparentemente utilizada para hablar con amigos puede convertirse rápidamente en un espacio de contacto con personas desconocidas.
“¿Están preparados?”
La especialista cuestiona además una idea frecuente entre los adultos, que los niños deben aprender a utilizar responsablemente los teléfonos porque, tarde o temprano, tendrán que enfrentarse a ellos.
La pregunta que plantea es si realmente están preparados para hacerlo. “¿O se debe esperar que niñas de 12 años sean capaces de desenvolverse en situaciones de gran carga sexual con depredadores?”, cuestiona Ells.
Desde su perspectiva, esperar a que un menor aprenda a reaccionar después de haber sido expuesto a una situación peligrosa puede ser una estrategia demasiado arriesgada. Por eso, su recomendación es: “Simplemente, no lo hagáis”.
La propuesta no consiste únicamente en limitar determinadas aplicaciones, sino en reconsiderar la edad y las condiciones en las que los menores reciben dispositivos con acceso libre a Internet.
Ells también dirige su mirada hacia los adultos. Considera que uno de los problemas está en que algunos padres han terminado aceptando que el teléfono ocupe espacios que anteriormente pertenecían a la familia. Conversar, leer juntos, compartir actividades y acompañar a los hijos son prácticas que, según la especialista, ayudan a fortalecer el vínculo y mantener la influencia de los padres.
Su consejo es sencillo, aunque reconoce que aplicarlo puede resultar difícil: “Interrumpir el uso del teléfono de tu hijo. Y tu hijo resistirá con sus mejores esfuerzos. Pero puedes y debes hacerlo”. La recomendación adquiere especial importancia cuando existen cambios significativos en el comportamiento del menor, aislamiento o un uso del dispositivo que los padres ya no pueden supervisar.
Frente al tiempo excesivo ante las pantallas, Ells propone recuperar actividades aparentemente sencillas: leer, conversar y compartir momentos sin dispositivos.
Entre sus recomendaciones para las familias están “leer muchos libros”, “hablar con tus hijos cada día” y evitar que los dispositivos digitales se conviertan en parte habitual de los momentos familiares.
También aconseja que los padres no utilicen constantemente el teléfono como una herramienta para mantener entretenidos a los niños pequeños. En ese sentido, plantea una escena cotidiana: un niño sentado en el carrito de compras mientras sus padres le entregan un teléfono para mantenerlo tranquilo. “Habla con tu hijo. La tienda es un lugar donde un niño puede aprender mucho sobre el mundo simplemente observando”, señala.
Para los niños mayores, recomienda fomentar el gusto por la lectura sin convertir los libros en una obligación. En el caso de los adolescentes, propone recurrir a obras y autores confiables, especialmente clásicos que permitan desarrollar el hábito lector lejos de la exposición permanente a las pantallas.
Una decisión que empieza en casa
La advertencia de Kimberly Ells no significa que toda experiencia digital vaya a tener necesariamente consecuencias negativas. Su planteamiento se centra en la responsabilidad de los adultos a la hora de decidir cuándo un menor está preparado para tener acceso prácticamente ilimitado a Internet.
El punto central de su mensaje es que los padres no deberían esperar a que aparezca un problema para comenzar a establecer límites. Porque, como resume la propia especialista, “nunca es demasiado tarde” para tomar medidas, pero cuanto antes se establezcan límites, más posibilidades tendrán los padres de acompañar a sus hijos en un entorno digital que puede ofrecer oportunidades, pero que también presenta riesgos que un menor difícilmente puede gestionar solo.
Con información de Religión en Libertad
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