Decía un día el prof. Plinio Correa de Oliveira, en una tesis inédita y osada, que la tendencia a encerrarse en sí mismo él la consideraba incluso anterior al pecado original.
Redacción (25/08/2026 10:23, Gaudium Press) Decía un día el prof. Plinio Correa de Oliveira, en una tesis inédita y osada, que la tendencia a encerrarse en sí mismo él la consideraba incluso anterior al pecado original. Afirmaba el Dr. Plinio que muy probablemente los ángeles que ya habían caminado bastante en esa línea fueron quienes cayeron en el abismo de la revolución contra Dios, ante la aparente ilogicidad de la prueba que se les puso:
Imaginemos que el sacrificio al que Dios sometió a los espíritus angélicos —prueba de obediencia y de sometimiento de su inteligencia a la Inteligencia divina— haya sido el de aceptar con anticipación que una mera criatura humana femenina sería su Reina y Soberana. Entremos un tanto en la psicología angélica y veremos que no era un desafío menor, si consideramos esa tendencia a ‘encerrarse en sí mismo’.
Encerrarse en sí, en su palacio dorado, no era en ese momento pecado. Era simplemente un contemplar su naturaleza maravillosa, un admirarse ante su inteligencia y voluntad perfectas, considerar que todo su ser era un reflejo sublimísimo de Dios. Darse cuenta de que tal virtud de Dios, tal potencialidad de Dios —por ejemplo la inteligencia diplomática de Dios, o la dulzura cristalina del Señor— no tenía un mayor reflejo en la Creación que ese ser bellísimo llamado ‘yo’. ¿Era esto algo legítimo en las criaturas angélicas? Claro que sí, mas si consideramos, que el término final de estos juicios no eran esos seres hasta entonces de luz, sino el Señor que les había dado sustancia y forma.
Sin embargo, sin embargo… este mucho observarse a sí mismos, ya entrañaba el gran riesgo de ir considerando que el orden perfectísimo que los ángeles iban construyendo en su mente era el orden absoluto; que no habría nada más allá de lo que ellos ya habían conocido y estaban conociendo del orden de la Creación.
No obstante, por más que la inteligencia angélica, incluso la de los Serafines, fuese potentísima, tenía el límite de ser una inteligencia creada, muy por debajo de la Inteligencia Divina, que reservó las mayores bellezas de la Creación a hechos que podrían ser incomprensibles para las más potentes inteligencias del momento: Dios se encarnaría en una criatura humana, su Madre sería Madre de Dios, ella sería la Reina de la Gracia, en su seno se engendrarían, por vía de gracia, hijos del Hijo de Dios, que podrían superar por esta vía de gracia a las propias criaturas angélicas.
Ante la gigantesca altura un ángel, nuestra naturaleza es lo que para nosotros sería una hormiga. A ellos se les dijo algo como que las hormigas podrían ser sus superiores: algo que en nuestro lenguaje de hoy, diríamos ridículo. Lo cierto es que, de acuerdo a la más extendida exégesis, un tercio de esos seres de luz dijo “no serviré” y se transformó en lo más horrendo de la Creación.
Pero si eso ocurrió con seres potentísimos hasta entonces sin mancha, pues qué no decir de nosotros, que fruto del pecado original vivimos encharcados de egoísmo.
Quien vive contemplando sus supuestas o reales cualidades, por causa del pecado de Adán, tiene más la tendencia a quedarse en la delectación animal del bien, sea propio o ajeno, y tiene más dificultad en recorrer el circuito natural que lo debería llevar a la admiración y al amor del Autor de todo bien. Para Adán antes del pecado original era facilísimo ver, tanto en sí cuanto en un pavo real o en Eva, el reflejo perfecto del Creador, y en eso ver a Dios. Después del pecado, ya no.
Pero es que además ese egoísmo comporta además otra desgracia, que tal vez nos mueva a actuar en sentido contrario.
Es que al principio, el contemplativo de sí mismo puede encontrar en este movimiento cierta fruición que le parece felicidad.
Él va cediendo a la inclinación de solo preocuparse con la impresión que él causa en los otros, con su apariencia física, con su vestido y alimento, con la delectación en ciertos dones de espíritu que posee, y esta fruición le da una cierta sensación de plenitud. Pero como fuimos creados para el infinito, a cierta altura él se hastía con su propia limitación, y con la limitación de todo bien creado, y fácilmente cae en la desesperación.
Él va a buscar esa plenitud que ansía, en fruirse más a sí mismo o en sí mismo, lo que le ocasiona más frustración y más desesperación. Es la sociedad actual, llegada al final de un proceso, que ya no encuentra ‘felicidad’ en la marihuana, y por ello busca drogas más duras; que cuando esas drogas ya no la satisfacen, busca satisfacción en la violencia hacia sí o hacia los demás, personas que pueden ir finalmente cayendo en las garras del ocultismo o directamente el satanismo.
El planteamiento del problema, ya va revelando la solución: buscar las ‘ventanas’ hacia Dios, ‘abrir las ventanas’ al Creador.
Ventana hacia Dios es todo ser, cuando se busca a Dios en él.
El cisne es una maravilla, cuando se contempla buscando a Dios; si no, es un pájaro a más. Cualquier ser humano es una maravilla (por lo menos en potencialidad), cuando en él no se busca la mera satisfacción propia, sino la huella de Dios presente en él, en su inteligencia, en su capacidad de ocupar un trono angélico. El Dr. Plinio, que gustaba de la buena mesa, hablaba por ejemplo del “placer intelectual de la comida”, es decir, los valores metafísicos y divinos podrían estar representados en un buen chucrut o en un caviar.
Sin embargo, este ejercicio contemplativo a la búsqueda de Dios, que es lo único que verdaderamente nos satisface con relación a la Creación, hoy es muy difícil de realizar por la tendencia de nuestra naturaleza dañada al mero egoísmo: las cabezas están solo pobladas de la búsqueda y fruición de los intereses personales. Por eso es indispensable el recurso a la gracia:
Recurso a la gracia que nos dará la templanza para contemplar con admiración y dominio de sí a Dios en un atardecer, sin apegarnos al atardecer de Dios sino al Dios del atardecer; que nos dará la posibilidad de admirar a un excelente orador, sin querer para nosotros sus dones, o envidiarlo, sino simplemente por contemplar extasiados a Dios en él. Y así con toda la Creación.
Gracia que es la única que es capaz de liberar a esta civilización decadente de la desesperación pre-satánica, de quien se ancló y envició en su loco egoísmo.
Por Saúl Castiblanco








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