miércoles, 09 de septiembre de 2026
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¿Seguidores o perseguidores?

No hay nada de malo en admirar el arte de alguien, en disfrutar de la música, en compartir un talento o en mostrar el fruto del propio trabajo. El error comienza cuando la aprobación humana se convierte en el único oxígeno de nuestra alma.

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Foto: Aaron Weiss/ Unsplash

Redacción (09/09/2026 11:34, Gaudium Press) Vivimos en una era en la que la vitrina de las redes sociales prometió conectar a la humanidad, pero terminó por erigir tribunales implacables en cada pantalla de un smartphone. Recientemente, el mundo se estremeció con una tragedia más que deja al descubierto esta herida: Mina Chan, una joven japonesa de 26 años, fan del grupo de K-pop ENHYPEN, falleció durante una transmisión en vivo en su residencia en Seúl, tras sufrir una intensa ola de ataques virtuales. El caso es investigado por las autoridades surcoreanas como un aparente suicidio.

Un gesto simple de afecto por parte de la joven —entregar flores tras un concierto de su banda preferida y pedir que se las hicieran llegar a uno de sus ídolos— se transformó en el pretexto para el ensañamiento colectivo. Críticas crueles, el malentendido en torno a una declaración de uno de los integrantes de la banda y la agresión virtual por parte de personas que ni siquiera la conocían la aislaron en una profunda angustia.

No es posible medir cuánto pesó cada palabra sobre esa joven, pero la tragedia expone una pregunta que no podemos evitar: ¿hasta dónde puede llegar la violencia de una multitud escondida detrás de las pantallas?

Un caso que nos obliga a detenernos y preguntar: ¿por qué la gente se ha vuelto tan cruel? ¿Por qué hay una satisfacción mórbida en destruir la dignidad de un ser humano al otro lado de la pantalla, olvidando que allí palpita una vida real, frágil y vulnerable, un alma hecha a imagen y semejanza de Dios?

La ilusión de buscar seguidores

En reflexiones recientes sobre este fenómeno, se escuchó de una observadora perspicaz una definición que desarma la vanidad moderna: todos buscan seguidores, pero, muchas veces, encuentran perseguidores.

El ansia de aprobación masiva se ha transformado en una trampa psicológica y espiritual. Es cierto que el ser humano, desde la Antigüedad, siempre ha buscado el reconocimiento, el afecto y la validación de sus semejantes. Sin embargo, en las últimas décadas, esta búsqueda se ha hipertrofiado y mercantilizado. Los jóvenes, sobre todo, han crecido bajo la promesa de que la existencia solo tiene valor si es validada por números, likes y comentarios.

Cuando la vida se reduce a eso, la persona deja de vivir lo real para habitar una proyección. El desayuno, el paseo con el perro, el florecer de una flor en el jardín o el silencio de un momento de paz pierden su sentido íntimo si no son expuestos al juicio ajeno. Se crea una dependencia tiránica: se entrega el timón de la propia existencia a extraños anónimos que aparecen para aplaudir hoy y apedrear mañana.

No podemos ignorar el peligro del espejo digital: necesitamos identificar la ilusión de las redes y la extrema necesidad de volver a lo sagrado.

La crueldad del anonimato

La raíz de esta crueldad contemporánea reside en la despersonalización. Detrás de un teclado, el ser humano pierde la noción de lo sagrado que habita en el prójimo. Sin el freno empático de la mirada física, del tono de voz y de la presencia, la turba digital descarga frustraciones, complejos y una necesidad enfermiza de superioridad moral.

Se ha perdido la capacidad de lidiar con la alteridad, con el hecho de que el otro piensa diferente, siente diferente y camina a otro ritmo. Cualquier desviación de un patrón imaginario es castigada con el linchamiento virtual. El anónimo que comenta, el seguidor que juzga y la multitud que cancela operan como engranajes de una picadora de carne que consume el alma de los más sensibles.

El manto de invisibilidad

Queda explícita la dificultad para lidiar con la diferencia, y las personas protegidas por el anonimato terminan escribiendo cosas terribles que difícilmente dirían a otro ser humano cara a cara. El velo del anonimato parece conferir el mismo poder que el “manto de invisibilidad” de los cuentos fantásticos infantiles.

Muchas veces, en el calor de una discusión, se pueden proferir palabras duras por impulso, hablar sin pensar. En una publicación, sin embargo, mucho de lo que se dice es calculado y escrito con el único fin de lastimar, herir, golpear la autoestima del otro.

Hay tiempo para evitarlo, hay tiempo para cambiar. Sin embargo, en la existencia virtual, los haters no hacen eso, porque lo que anhelan es lastimar, desvalorizar, disminuir y humillar al otro. Parece haber una disputa por el puesto de quién hiere más y mejor.

¿Ante quién debemos presentar nuestra vida?

El antídoto para esta epidemia de exposición y vacío no es el aislamiento amargo, sino el reordenamiento de nuestra brújula espiritual. No hay nada de malo en admirar el arte de alguien, en disfrutar de la música, en compartir un talento o en mostrar el fruto del propio trabajo. El error comienza cuando la aprobación humana se convierte en el único oxígeno de nuestra alma.

Cuando todo lo que hacemos necesita ser publicado y validado, renunciamos a nuestra soberanía interior. Nuestra dignidad no puede depender de la opinión de quien no conoce nuestras luchas ni nuestra historia.

La sabiduría milenaria y nuestra fe nos recuerdan una verdad liberadora: nuestras acciones, nuestros talentos y nuestro caminar deberían aparecer y buscar validación únicamente ante Dios. En la mirada del Creador, no necesitamos filtros, aplausos calculados ni armaduras digitales. Él nos conoce por nuestro nombre, acoge nuestras fragilidades y nos ama en la quietud de lo que es verdadero.

Quitar los ojos de la tiranía de las pantallas, volver la atención a la simplicidad del mundo real —el afecto de quienes están físicamente a nuestro lado— y buscar agradar a Dios es el camino para recuperar la cordura.

Que podamos enseñar a los más jóvenes, y a nosotros mismos, la valentía de vivir sin público, recordando siempre que la verdadera vida ocurre en el silencio del corazón que descansa en la paz de Dios.

Por Alfonso Pessoa

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