domingo, 13 de septiembre de 2026
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¡Dios quiere perdonar! – Comentario a la lectura dominical

“La omnipotencia de Dios se manifiesta, sobre todo, perdonando y practicando la misericordia, porque, mediante estas acciones, se demuestra que Dios posee el poder supremo”.

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Redacción (13/09/2026 09:55, Gaudium Press) En este 24.º Domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio nos presenta una actitud importante que debemos estar siempre dispuestos a practicar a lo largo de nuestra vida: el perdón.

En Oriente, en aquella época, la justicia se fundamentaba en la célebre ley del talión: «Ojo por ojo, diente por diente»; es decir, el criminal debía sufrir el mismo mal que había infligido a otro. Esta regla se estableció para mitigar las prácticas judiciales aún más severas que regían hasta entonces, en las cuales el daño causado por el castigo superaba la ofensa recibida. En efecto, «las penas eran actos de venganza, y rara vez bastaba con cortar la cabeza; encontramos a menudo, sobre todo en Asiria, el empalamiento y el desollamiento. Se dejaba el cadáver insepulto para que sirviera de escarmiento. Para delitos menores, estaba a la orden del día cortar la mano, la nariz o las orejas, o arrancar los ojos. El deudor insolvente quedaba como esclavo perpetuo del acreedor, quien podía venderlo o utilizarlo a su servicio».[1]

Es en este contexto donde San Pedro preguntó a Nuestro Señor si debía perdonar al prójimo hasta siete veces (cf. Mt 18,21). Al mencionar esa cifra, creía haber formulado una propuesta audaz, imaginando que tal cantidad constituía el límite máximo del perdón. Cuál no sería su sorpresa al escuchar del Divino Maestro: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,22). Dotado de un carácter simbólico, el número siete significaba plenitud. Así, Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñar que debían estar dispuestos a perdonar al prójimo de modo ilimitado. «A la misericordia siempre parsimoniosa del hombre, el Maestro contrapone su misericordia infinita».[2]

Deudores de una deuda infinita

«El Reino de los Cielos es semejante a un rey que decidió ajustar cuentas con sus empleados. Cuando comenzó el ajuste, le trajeron a uno que le debía una enorme fortuna» (Mt 18, 23 ss.).

Otras traducciones especifican que tal empleado debía diez mil talentos. Ahora bien, un talento equivalía a mil jornales de trabajo; por tanto, ¡aquel empleado debía el equivalente a diez millones de jornales! Es decir, una deuda imposible de pagar con el mero esfuerzo humano. Todos los hombres están representados por ese empleado, pues, al medirse la gravedad de la ofensa según la dignidad del ofendido —y siendo Dios el ofendido, cuya dignidad es infinita—, todos los pecadores han contraído una deuda infinita ante el Creador.

Dios se manifiesta perdonando

Pues bien, tras reconocer su precariedad y suplicar un plazo al señor, el empleado recibió mucho más de lo que había pedido: el señor, movido a compasión, ¡le perdonó la deuda entera! Nuestro Señor quiso demostrar, mediante este hecho, la infinita disposición de nuestro Creador a perdonarnos. Con este fin, nos dejó el Sacramento de la Penitencia. «La omnipotencia de Dios se manifiesta, sobre todo, perdonando y practicando la misericordia, porque mediante estas acciones se muestra que Dios posee el poder supremo».[3]

Sin embargo, no basta con pedir perdón por nuestras faltas; es necesario estar siempre dispuestos a perdonar las culpas de nuestros hermanos. Un matiz importante de este Evangelio es la necesidad de perdonar de corazón. De nada sirve aceptar externamente una petición de perdón mientras interiormente guardamos rencor y deseo de venganza.

Pidamos a Nuestra Señora, también llamada «Refugio de los pecadores», la gracia de reconocer nuestras faltas. Que Ella nos ayude a obtener el perdón de su Divino Hijo y a estar siempre dispuestos a perdonar, de corazón, a nuestros hermanos.

Por Kaio Calixto

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[1] WEISS, Juan Bautista. Historia Universal. Barcelona: La Educación, 1927, v. I, p. 509.

[2] CLÁ DIAS, João Scognamiglio. O inédito sobre os Evangelhos. Ciudad del Vaticano: LEV; São Paulo: Lumen Sapientiæ, 2013, v. II, p. 1337.

[3] SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 25, a. 3, ad 3.

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