Encerrado comúnmente en las cuatro paredes de un pequeño estudio, tengo como compañeros de un ya largo viaje, además de a mi sufrido y pertinaz ángel de la guarda…
Redacción (13/09/2026 13:26, Gaudium Press) Encerrado comúnmente en las cuatro paredes de un pequeño estudio, tengo como compañeros de un ya largo viaje, además de a mi sufrido y pertinaz ángel de la guarda, varios objetos recogidos en diversas etapas de la travesía.
Es una inocente Virgen Niña peruana bendita un día por el Padre Diego; el gobelino algo tosco y de colores vivaces que me recuerda un día de ensueño pasado en Chambord, con sus alrededores de trigales sedosos de oro, bañados en la tarde por el sol de Claude Lorrain, y las inolvidables y elegantes líneas del castillo más lindo del mundo; mis copas de alabastro brasileño veteado y traslúcido, compradas con avidez en un mercado de las pulgas de São Paulo, un día en que fuimos con unos amigos a visitar al Dr. Plinio. Son algunos soldaditos de plomo un tanto napoleónicos y militares ingleses de la entreguerra, que hacen pendant con caballeros medievales; un buque encerrado en una botella verde, de esas que tiran los naúfragos extraviados en una perdida isla en medio de la mar, se codea con una pequeña biblioteca donde las obras del prof. Plinio Corrêa de Oliveira y de Mons. Juan Clá ocupan lugar principal, junto a algunas de teología, de psicología y varias de literatura que ha sido una pasión de mis últimos años, la cual ya muestra señales de anticipada senectud.
Estos y otros objetos, y un espíritu que con frecuencia se siente desubicado en estos tiempos de la inteligencia artificial, hacen posible que esas cuatro paredes puedan a veces convertirse en un túnel del tiempo y del espacio, cuando ejercito las pausas en medio de las a veces largas jornadas de trabajo. Somos de esas víctimas añorantes, como decía el portugués Pessoa, nacidas con memorias de antigüedad, destinadas a extrañar lugares donde nunca podremos estar y tiempos que nunca podremos vivir, con la diferencia de que portamos la convicción de que el paganismo actual tiene un corto periodo de caducidad, y este caos forzosamente dará lugar a un reino de fábula, según lo anunciado por la Reina de la Historia a tres pastorcillos también en Portugal. Pero mientras llega ese infalible reino encantado, nada de mal me hace viajar a los tiempos de los conquistadores destemidos de coraza de hierro, de las damas envueltas en crujidos de seda y encajes de Flandes y caballeros de capa al viento y puntiagudo florete, del espía de la comedia de Versalles Saint-Simon y del camaleón supremo de la diplomacia Talleyrand, incluso del anatomista del detalle Sherlock de Baker Street: todos ellos, sus ambientes y sus aromas son respiro para un alma que sigue sedienta de los tiempos de la grandeza.
Sin embargo a veces escocen en el interior las sensaciones claustrofóbicas, que alivio yendo a tomarme un cafecillo en el shooping de la esquina, donde también hay una buena librería que sin cesar me aprisiona en la telaraña de sus encantos, conteniendo las últimas novedades del mercado y también buenas ediciones de los inmortales clásicos, lugar donde fácilmente y con remordimiento desembocan las pocas aguas de mis exangües ahorros.
Siempre que acudo allí lo hago con la ilusión de hallar “El Libro”, aunque últimamente ese anhelo ha sufrido crueles y frías decepciones, y se va convirtiendo en quimera. Recientemente tuve un día agridulce en ese sentido. Bittersweet, pero al menos no enteramente bitter.
Una autora ya de fama internacional, que en sus videoexposiciones es súper clara y bastante práctica, profundizadora de la neurociencia, y que con su primer obra me impactó, había publicado su segundo libro y no lo sabía: gran ilusión y luego decepción dopaminérgica, pues cuando hice una revisión rápida del contenido, me pareció de muchos lugares comunes, de bastantes cosas ya sabidas, e incluso otras de cierta fragilidad teórica. Antes de comprar reviso, pues ya tengo marcas en mi sistema límbico por estas decepciones editoriales, de quien lleva a casa “la obra” para encontrarse con una simpleza, cuando no con un mero espejismo.
Compré sí, de un autor novel pero bien fundamentado, un interesante libro sobre epigenética, esa que nos dice que de ninguna manera somos prisioneros de nuestros genes, sino que construimos también nuestra realidad hasta genética por las experiencias de nuestras vidas, y quise comprar también un libro de buena literatura, pero también me pasó algo que ya me ha pasado, por haber bebido una copa de un elíxir delicioso pero al final perjudicial.
Un día se me ocurrió leer un autor que no oso recomendar en un medio cristiano como este, pues no le faltan sus claroscuros, de quien a veces le prendía una vela a la Virgen y a veces a la serpiente que Ella pisa. Ahh, pero qué genio, y de hecho era un genio desde chiquito, tanto que cuando llegaban los psicólogos al colegio a hacerle pruebas a los chicos, particularmente de IQ, terminadas las pruebas ellos acudían a él a preguntarle que quien le había facilitado con anterioridad los tests. Me leí todas las obras de ese hombre, las de su madurez. Recorrí junto a su prosa calles de una fascinante ciudad europea de otros tiempos, en una combinación de las mejores descripciones, las más interesantes tramas e inolvidables personajes. Pero su lectura terminó haciéndome un mal creo, pues después de probar bastante el mejor caviar, imagino que los buenos patés de hígado no pasan de normales mermeladas. No ha sido fácil hallar prosas que me entusiasmen tanto como esa.
Decepcionado pues de encontrar de nuevo “El Libro” de buena literatura, regresé a mi estudio tras mis compras y mi café, con el sabor del bittersweet, el dulce del buen libro de epigenética y el amargo de no haber hallado una buena nueva literatura.
Pero justo en ese momento me llegó un soplo del ángel de la guarda, ese que se distingue por las buenas inspiraciones, que me decía, o mejor, me recordaba: “hay un tesoro de maravillas en el que usted bastante ha hurgado, de perlas, diamante y conchas nuevas y viejas, que nunca lo ha decepcionado. Escarbe otra vez en él, a ver que encuentra”. Esta vez le hice caso, y me puse a hojear una recopilación de comentarios del Dr. Plinio sobre la naciones.
Como el bien es difusivo, y es de amigos compartir las alegrías, terminemos aquí con algunas pocas de las expresiones ahí contenidas, a la manera de una leve y variada degustación, recogidas rapidísimamente:
—Francia era el país “clave” de todo cuanto el espíritu humano puede producir de noble y elevado: las bellas maneras, la dignidad personal, no puestas en batalla y en desafío como en España, sino en gentilezas y dichos exquis, en afabilidades encantadoras… El arte de poner distancias intrasponibles a pesar de gentilezas eximias… ese arte que era más un juego de luz que cualquier cosa, ese arte propio del hombre del Antiguo Régimen, el tonus francés lo conocía mejor que nadie. Y también el arte de los bellos gestos. La bella reverencia era algo que me encantaba… Era la reverencia que el heroísmo hacia a la delicadeza. Ese triunfo de la delicadeza sobre el propio heroísmo tenía un charme que no sabría expresar.
—Brasil tiene como Austria, como otrora Roma, la vocación pronunciada para una gran cultura de síntesis, que no obstante se conservará eminentemente latina, y antes de todo, esencialmente católica. El espíritu francés, en esa síntesis que vamos marcando con nuestras características nacionales representa un elemento de influencia insuperada.
—Venecia tiene un lujo que es a mi manera: grave, sosegado, ¡pero con lanza en la mano! Es un lujo de delicioso reposo, pero abierto al entusiasmo de las batallas, bien equilibrado y pensativo. Venecia es muy pensativa, un tanto conspiradora, pero con inteligencia: algo así como un tejedor teje un tapete, un veneciano teje una conspiración… en Venecia cada combinación política era tratada como un cristal.
—España, dentro de su pobreza, encontró centellas para conquistar el mundo.
—Dios dio a Francia el charme, pero dio a España la sangre de las víctimas expiatorias.
—La Historia española se me figura en uno de esos ríos que corren cristalinos y burbujeantes, en un lecho accidentado, donde las aguas se lanzan por despeñaderos y abismos trágicos, brillando a la luz del sol con toda la blancura de las grandes cataratas.
—Está rayando en la Historia la era de América Latina, y pues, también la de Brasil. Se ha dicho además que esa era debe inaugurar un nuevo estilo de grandeza en el campo internacional. Una grandeza cristiana que no importe en agresión, ni dominio, sino en la primacía de todos los bienes de espíritu y de la materia, amplia y generosamente participados por los demás pueblos de la tierra… Grandeza corajuda. Grandeza benefactora. ¡Grandeza cristiana!
—Esa gran nación misionera, que es Portugal, no concluyó el ciclo de sus hechos religiosos con las navegaciones… Queriendo hablar al mundo, la Virgen escogió un recodo del suelo portugués para sus apariciones… Toda la crisis contemporánea y sus raíces, profundas, de impiedad y pecado, los cataclismos universales que de ella van a nacer, todo lo que de más profundo interesa a la humanidad entera, ella lo confió a tres pastorcitos portugueses, para que de los labios de esos pequeñitos pendiese para el mundo orgulloso y abatido, el terrible y maravilloso mensaje. Es imposible no ver que Nuestra Señora concedió a la antigua nación misionera una gran tarea histórica a realizar.
Que lo anunciado por la Virgen en Fátima se realice, que venga el triunfo del Inmaculado Corazón de María, sinónimo de las más bella poesía, de la más depurada y sublime literatura hecha civilización, pues es el Reino Encantado del Hijo de Dios en la Tierra. Reino que no decepcionará.
Por Saúl Castiblanco







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