La muerte de su madre en Navidad marcó su infancia y, años después, una grave enfermedad la dejó postrada. Frente al Santísimo Sacramento, tuvo experiencia que ella describe como una sanación física y espiritual.

Foto: National Catholic Register
Redacción ( 17/09/2026 16:51 , Gaudium Press ) La vida de la Hermana Briege McKenna desde muy joven estuvo llena de dolor, pero también de una experiencia de fe que, según su propio testimonio, le permitió descubrir a Jesús no como una idea lejana, sino como una Persona viva y cercana.
Creció en Irlanda del Norte, en una familia de cinco hijos. Tenía apenas doce años cuando su madre murió repentinamente el día de Navidad. Aquella noche, mientras lloraba su pérdida, experimentó lo que describió como una voz interior que le dio una certeza que conservaría durante toda su vida. «Mi madre murió repentinamente el día de Navidad, cuando yo tenía doce años. Esa noche, mientras lloraba su muerte, escuché una voz interior que me dijo: ‘No te preocupes, yo cuidaré de ti’. Desde ese momento supe que sería religiosa».
Tres años después, a los quince, ingresó al convento. Sin embargo, su camino religioso pronto quedó interrumpido por una grave enfermedad. Dos años después de entrar en la vida religiosa, la artritis reumatoide severamente deterioró sus articulaciones hasta dejarla prácticamente postrada. Sus superiores decidieron enviarla a Estados Unidos, con la esperanza de que el clima cálido pudiera favorecer su recuperación. Llegó a Tampa, Florida, pero el cambio de país y el calor no produjo el resultado esperado. «Esos dos años de enfermedad fueron muy difíciles. Me enviaron a Tampa, Florida, porque pensaban que el clima me ayudaría. No funcionó; empeoró», recordó en una entrevista con el Padre Mark Mary para EWTN.
La joven religiosa tenía apenas 24 años y llevaba dos años con pesados yesos en las piernas. Su cuerpo estaba debilitado por el dolor, pero, según su testimonio, precisamente allí comenzaría una de las experiencias más decisivas de su vida.
“Jesús, por favor, revélate a mí”
Durante un retiro dirigido por el Padre Ed O’Connor, de la Congregación de la Santa Cruz, Briege escuchó una predicación sobre el Espíritu Santo que la llevó a vivir un momento de intensa oración. De rodillas frente al altar, hizo una petición personal. No pedí explicaciones sobre su enfermedad ni una respuesta intelectual acerca de la fe. Le pidió a Jesús que se hiciera presente. “Jesús, por favor, revélate a mí”.
Según relató posteriormente, en ese momento sintió una mano real y amorosa sobre su cabeza. Después, un calor recorrió sus extremidades y el dolor que durante años había limitado sus movimientos desapareció. “Inmediatamente, el dolor desapareció”.
Pero para ella, lo más importante no fue la recuperación física. «Pero, más importante aún, me enamoré de Jesús como persona. Mi sanación no fue solo física, sino también espiritual. Me di cuenta por primera vez de que Él era real, estaba vivo y era profundamente cercano».
A partir de entonces, la Eucaristía ocuparía un lugar central en su vida. La experiencia que había comenzado con una petición desesperada terminaría convirtiéndose en una misión.
Después de recuperar su salud, Briege se encontró nuevamente en oración ante el Santísimo Sacramento. Era un período particularmente convulso para la Iglesia ya que muchos sacerdotes abandonaban el ministerio y aumentaban las críticas y cuestionamientos públicos hacia la institución eclesial.
La joven religiosa también se sintió afectada por aquel ambiente. Frente al Sagrario, expresó entonces una pregunta que llevaba en el corazón: “¿Qué está mal con el sacerdocio?”.
Según su testimonio, en aquel momento recibió interiormente una respuesta que cambió su manera de comprender el ministerio sacerdotal. “¿Qué quieres decir con ‘qué está mal con mi sacerdocio’? ¿Acaso alguna vez te he dado un don que no sea perfecto? ¿Qué has hecho tú por quienes llevan este don?”.
Briege relató que, mientras permanecía ante el Santísimo, tuvo una experiencia mística en la que contemplaba la ordenación sacerdotal desde una perspectiva celestial. La escena que describió le permitió distinguir entre el don del sacerdocio y la fragilidad humana de quienes lo reciben. “Comprendí que el sacerdocio en sí mismo es perfecto porque es el propio sacerdocio de Cristo”. Y añadió, «El problema nunca es el sacerdocio, sino el recipiente que lo contiene. Los sacerdotes son humanos, frágiles y llenos de defectos, pero contienen el vino de la gracia divina».
Para Briege, aquella experiencia también supuso una llamada personal. Si los sacerdotes eran hombres frágiles encargados de custodiar un don recibido de Cristo, ella entendió que su respuesta no debía ser únicamente la crítica, sino también la oración y el acompañamiento.
Una misión para los sacerdotes.
Según su relato, durante aquella experiencia recibió una misión, “El Señor me dijo que mi misión era animar, desafiar y reafirmar a estos recipientes: sus sacerdotes”. Desde entonces, su apostolado quedó vinculado a la Eucaristía y al sacerdocio. Durante décadas recorrió distintos países predicando retiros y hablando tanto a sacerdotes como a laicos sobre la necesidad de recuperar una relación personal con Cristo. Para ella, la oración no podía reducirse a repetir palabras. Tenía que convertirse en un encuentro. “No puedes tener fe sin oración, y la oración solo crece a partir de una relación”.
Por eso insistía en que quienes acudían a una capilla no debían comportarse como si estuvieran frente a un lugar vacío. «Dejen de hablarle al vacío. Hay una persona viva en ese Sagrario que los escucha, los ama y los espera».
Con información de ChurchPop





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