Grégoire Ahongbonon pasó de una crisis personal a dedicar su vida a liberar y acompañar a miles de enfermos mentales abandonados y encadenados en África.

Foto: aurorahumanitarian.org
Redacción (17/09/2026 17:47, Gaudium Press) Hubo un momento en que Grégoire Ahongbonon pensó que su vida había llegado al final. Encerrado en una habitación, con agua y pastillas preparadas para suicidarse, estaba a punto de tomar una decisión irreversible. Entonces ocurrió algo que cambió para siempre el rumbo de su existencia. “Me encerré en la habitación con agua y pastillas para acabar con todo, pero cuando estaba a punto de tomármelas sentí como una corriente que atravesaba mi brazo y se me cayó todo al suelo”, recuerda. Después, asegura haber escuchado una voz, “La vida que tienes no te pertenece, no tienes derecho a quitarte la vida”.
Aquel momento fue el comienzo de una historia de fe, servicio y liberación que terminaría alcanzando a decenas de miles de personas.
Grégoire nació en una familia campesina de Benín y trabajaba en Costa de Marfil como reparador de neumáticos. No tenía grandes estudios ni pertenecía a una élite social. Sin embargo, después de aquella experiencia decidió entregarse a Dios. “Y me entregué a Dios. Salía de la ciudad y pasaba el día leyendo la Biblia y rezando. Y decidí volver a la Iglesia”.
Un misionero francés lo escuchó y lo acompañó. Más tarde, en 1982, Grégoire viajó a Tierra Santa. Durante una homilía comprendió que cada cristiano debía aportar su propia piedra a la construcción de la Iglesia. Regresó decidido a descubrir cuál sería la suya. La respuesta aparecería unos años después, entre personas que la sociedad había dejado prácticamente fuera de la vista.
“Yo buscaba a Cristo y lo vi en el enfermo que sufre”
En numerosos lugares de África, las personas con enfermedades mentales han sufrido durante décadas el abandono, el rechazo y la superstición. Algunas familias, convencidas de que sus parientes están poseídos por demonios o afectados por brujerías, llegan a encerrarlos y encadenarlos. Pero esas personas padecen enfermedades que también existen en otros lugares del mundo, epilepsia, esquizofrenia, trastorno bipolar o depresión.
Grégoire comenzó a acercarse precisamente a quienes todos evitaban. En 1990, después de asistir a Misa y recibir la Eucaristía, se encontró con un enfermo mental desnudo que buscaba comida entre la basura. Ya lo había visto antes, pero aquella vez su mirada había cambiado. “Era algo normal, algo que había visto muchas veces antes, pero ahora mi mirada era distinta: yo buscaba a Cristo y lo vi en el enfermo que sufre”.
Entonces escuchó en su interior una pregunta que transformaría su manera de entender a aquellos hombres y mujeres, “Si Cristo se muestra en ellos, ¿por qué les tienes miedo?”. Grégoire comprendió que no podía limitarse a contemplar aquella realidad. Había que acercarse, escuchar, alimentar, limpiar, cuidar y devolver dignidad. “Vi que querían ser amados”. Con su esposa compró un refrigerador para mantener fresca el agua y la comida. Después comenzó a recorrer las calles para alimentar a los enfermos que vivían abandonados.
De la oración a las cadenas rotas
La historia de Grégoire no comenzó como un gran proyecto internacional. Empezó con un pequeño grupo de oración llamado Emmanuel, formado por diez personas. En un barrio de Bouaké, ciudad de mayoría musulmana, unos vecinos les pidieron que rezaran por una joven que había regresado del hospital en un estado muy grave. El grupo se reunió junto a su cama y oró por ella. Al día siguiente, la madre llegó a casa de Grégoire llorando de alegría, la joven había despertado, había pedido comida y se encontraba mucho mejor.
Pero aquella experiencia llevó a Grégoire a comprender que rezar también significaba hacerse cargo de las necesidades concretas de quienes sufrían. Comenzaron entonces a visitar hospitales, donde encontraron enfermos solos, sucios, pobres y abandonados. Los acompañaban, limpiaban, escuchaban y buscaban dinero para comprar medicamentos.
Inspirados por san Camilo de Lelis, fundador de los camilos, adoptaron el nombre de Asociación San Camilo de Lelis. Una frase del santo se convirtió en una guía para su misión “Los enfermos son la pupila y el corazón de Dios, respetadlos”.
“Es una vergüenza que… siga habiendo miles de personas con enfermedades mentales tratables, encerradas con cadenas”
En 1993, el Ministro de Sanidad de Costa de Marfil conoció el trabajo que realizaban y les entregó un terreno junto a un hospital para construir el primer centro destinado a estos enfermos. A partir de entonces, la iniciativa comenzó a multiplicarse. Las imágenes de Grégoire entrando en lugares oscuros para quitar las cadenas de personas atadas a árboles o abandonadas en condiciones inhumanas se convirtieron en el símbolo de una misión que busca devolverles algo tan básico como la libertad y la dignidad.
Su trabajo parte también de una convicción concreta: muchas enfermedades mentales pueden ser tratadas y sus síntomas controlados mediante medicamentos. “Cuando les damos los 7 psicofármacos clásicos y genéricos, de bajo precio, los que Europa ya no usa, controlan sus síntomas, mejoran y hacen vida perfectamente normal”, explica.
Por eso, Grégoire combate una de las grandes barreras que encuentra en su camino, la creencia de que la enfermedad mental es necesariamente consecuencia de demonios, maldiciones o brujería. En Benín, un país de unos 11 millones de habitantes, solo existe un hospital psiquiátrico; en Costa de Marfil, con unos 24 millones de habitantes, existen apenas dos. Frente a esta realidad, los centros San Camilo fueron creciendo con el apoyo de diócesis, parroquias, congregaciones, misioneros y voluntarios. Actualmente, la asociación cuenta con 26 centros en Benín, 30 en Costa de Marfil, 4 en Togo y 1 en Burkina Faso. Por estos centros han pasado más de 70.000 pacientes.
Los que fueron ayudados ahora ayudan a otros
Una de las características más sorprendentes de la obra de Grégoire es que quienes han sufrido una enfermedad mental no son considerados únicamente como receptores de ayuda. Cuando su enfermedad está controlada, algunos se convierten en enfermeros, asistentes o acompañantes de otros pacientes. Otros participan en la construcción de los centros o colaboran en distintas tareas. Así, quienes un día fueron considerados incapaces de aportar algo a la sociedad comienzan a convertirse en protagonistas de la recuperación de otros.
Grégoire resume este método con la palabra confianza. “Son personas que se aman, que trabajan gustosamente en los centros, que ayudan a los enfermeros y algunos de ellos han llegado a dirigir los centros”. Y añade “Esto significa que hay que tener confianza en ellos y no dejar nunca de confiarles responsabilidades: este es el secreto”.
La obra ha llegado incluso a crear la Fraternidad Oasis de Amor, formada por consagrados que, en su mayoría, fueron antiguos enfermos. Personas que atravesaron momentos muy difíciles de sus vidas y que, una vez controlados sus síntomas, decidieron ponerse al servicio de otros. Es una cadena muy diferente de aquellas que Grégoire encontró en los árboles y en las habitaciones oscuras: una cadena de personas que reciben ayuda y después se convierten en capaces de ayudar a otros.
Cada año, la asociación distribuye medicamentos de bajo coste por un valor aproximado de 600.000 euros. Los centros también reciben alimentos y ayuda de parroquias cercanas. Grégoire no considera que una dimensión deba sustituir a la otra. Su historia comenzó cuando sintió que Dios le pedía no quitarse la vida. Después descubrió que su propia vida podía convertirse en un instrumento para devolver la vida y la esperanza a otros. Ahora, mientras recorre pueblos y ciudades de África, continúa enfrentándose a una realidad que considera inaceptable, “Es una vergüenza que en nuestra época moderna siga habiendo miles de personas con enfermedades mentales tratables, encerradas con cadenas”.
Un nuevo desafío
La misión de Grégoire afronta ahora un nuevo reto, ayudas a las personas atrapadas en las adicciones a las drogas. La asociación busca construir en Dassa, Benín, un centro especializado que permita acompañar a los drogodependientes en las distintas etapas de recuperación y transformación de su estilo de vida. El terreno ha sido cedido por la diócesis y se encuentra cerca del santuario mariano de Santa María d’Arigbo. Desde España, la ONG Cesal acompaña este proyecto y busca apoyo para hacerlo realidad.
La historia de Grégoire Ahongbonon ha quedado recogida en el libro-reportaje del periodista Rodolfo Casadei, Grégoire, cuando la fe rompe las cadenas, publicado en español por Ediciones Encuentro. Su vida parece resumirse en un movimiento que comenzó en una habitación cerrada y terminó abriendo puertas para miles de personas, de querer poner fin a su propia existencia a descubrir que la vida recibida podía entregarse al servicio de quienes nadie quería mirar.
Con información de Religión en Libertad.





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