Entre aquel que vende su conciencia por millones y aquel que entrega su propia vida por algunos instantes de placer, existe una multitud
Redacción (20/09/2026 10:39, Gaudium Press) Hay algo que acerca a todos los hombres, independientemente de su origen, condición social, cultura o religión: todos desean ser felices. Podemos discrepar sobre casi todo, elegir caminos completamente diferentes e incluso antagónicos, pero, en el fondo de nuestras decisiones, permanece ese deseo.
El problema no está, por tanto, en desear la felicidad. Está en dónde decidimos buscarla.
No todo hombre que hace el mal se despertó por la mañana deseando volverse peor. Evidentemente, existen actos deliberadamente perversos, crueldades y decisiones tomadas conscientemente contra el bien. En muchas decisiones erróneas, se puede encontrar un deseo legítimo, aunque se busque satisfacerlo de manera desordenada.
Creados por Dios, fuimos originalmente hechos para el bien. El pecado, sin embargo, introdujo el desorden en la naturaleza humana. Desde la caída de Adán y Eva, cargamos con esa inclinación que nos hace reconocer el bien muchas veces y, aun así, elegir aquello que nos aleja de él.
A lo largo de la vida, caemos y nos levantamos. Podemos crecer en virtud y luego retroceder; vencer un vicio y sucumbir a otro; acercarnos a Dios y, algún tiempo después, percibir que nos hemos alejado nuevamente. Y seguimos buscando algo que finalmente pueda satisfacernos.
El mismo deseo, caminos opuestos
Pensemos en dos hombres aparentemente muy diferentes. Uno de ellos ocupa una posición privilegiada; tiene casa, prestigio, comodidad, tal vez una familia. Un día, sin embargo, se deja seducir por la posibilidad de ganar millones mediante la corrupción. Sabe que aquello es incorrecto, pero imagina todo lo que el dinero podría proporcionar: seguridad, poder, comodidad, reconocimiento, placer.
En el otro extremo se encuentra un hombre dominado por la dependencia química. Quizás también tuvo hogar, familia, trabajo y bienestar. Ahora vive en la calle, pasa hambre, viste ropa sucia y llega a rebuscar en la basura para comer. Aun así, es capaz de sacrificar casi todo por unos instantes de alteración de la conciencia producidos por una droga.
¿Qué podría haber en común entre ambos? Más de lo que parece.
El primero imagina encontrar en el dinero algo que lo satisfaga. El segundo busca en una sustancia algunos momentos de placer, alivio u olvido. Uno recibe millones; el otro tal vez solo tenga unas pocas monedas en las manos. Sin embargo, ambos buscan, por caminos profundamente desordenados, alguna forma de felicidad. Y ambos se engañan.
Entre estos extremos existe una inmensa variedad de comportamientos humanos. Hay quienes buscan la felicidad en la vanidad, el poder, la lujuria, el reconocimiento, el consumo o el éxito profesional. Hay quienes la buscan en la familia, la amistad, el servicio a los demás, la religión, la oración y la caridad.
El deseo puede ser semejante. Los caminos y sus consecuencias, evidentemente, no lo son.
¿Por qué nunca es suficiente?
Tal vez ahí resida una de las grandes tragedias humanas: exigimos a las cosas aquello que no pueden ofrecernos. El dinero es útil, pero no puede darnos la felicidad. El placer es un bien cuando se vive de manera ordenada, pero es pasajero.
El reconocimiento de los demás cambia. La juventud termina. La belleza se transforma. Las personas que amamos se marchan. La salud puede faltar. Los bienes pueden perderse. Incluso aquello que es verdaderamente bueno en esta vida sigue siendo limitado.
Podemos tener una familia amorosa, amigos fieles, un trabajo digno, salud, un hogar agradable y momentos de enorme alegría. Debemos agradecer a Dios por todo ello y disfrutar de estos bienes. El cristianismo no nos pide que despreciemos la vida.
Sin embargo, ninguno de estos bienes logra llenar por completo el corazón humano. Por eso, cuando depositamos en algo terreno la esperanza de una felicidad absoluta, comenzamos a preparar nuestra propia frustración; no necesariamente porque aquello sea malo, sino porque estamos exigiendo a un bien finito una respuesta infinita.
¿Entonces no podemos ser felices?
Podemos experimentar felicidad en esta Tierra, y debemos procurar vivir bien. Debemos cultivar relaciones sanas, alejarnos de aquello que nos conduce al vicio, trabajar honestamente, cuidar de quienes nos han sido confiados, practicar la caridad, buscar la paz, apreciar la belleza y agradecer por las alegrías que Dios pone en nuestro camino.
Existe, por tanto, una felicidad posible en esta vida. Sin embargo, es imperfecta, relativa y pasajera. La felicidad completa, aquella que ya no puede verse amenazada por la pérdida, la enfermedad, el pecado o la muerte, no pertenece a este mundo.
Es por eso que el cristiano no convierte la vida terrenal en un fin último. La convierte en camino.
Hechos para una felicidad mayor
Si fuimos creados para Dios, solo en Él nuestro deseo encontrará finalmente aquello que busca. Y entonces cambia también la manera de vivir aquí.
Seguimos las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, miramos el ejemplo de Nuestra Señora y de los santos y buscamos el camino de la santidad no porque deseemos una existencia fácil a cambio de una recompensa futura, sino porque comenzamos a ordenar nuestra vida hacia el fin para el cual fuimos creados.
En ese camino, caeremos muchas veces. Nos levantaremos otras tantas. Tendremos alegrías, pérdidas, logros y frustraciones. Podremos experimentar momentos verdaderamente felices y brindar felicidad a quienes nos rodean. Sin embargo, no le pediremos a la Tierra aquello que solo el Cielo puede ofrecer.
Tal vez gran parte de nuestras frustraciones nazca precisamente de esta equivocación: buscamos una felicidad infinita en cosas que tienen fin.
La vida presente puede ser buena. Puede ser bella. Puede ser fecunda y llena de alegría. Debe vivirse con gratitud. Pero nuestra felicidad perfecta no está aquí; está en Dios.
Por Alfonso Pessoa






Deje su Comentario