miércoles, 23 de septiembre de 2026
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Ashenden, antiguo capellán de la Reina: ¿estamos ante el fin de 500 años de anglicanismo?

El reciente escándalo por la concesión de un premio a un clérigo musulmán, que ejemplifica una situación anglicana desastrosa de caos interno, lleva al autor, hoy católico, a esa pregunta.

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Foto: thomasaquinas.edu

Redacción (23/09/2026 08:40, Gaudium Press) Sarah Mullally se convirtió oficialmente en arzobispesa de Canterbury en enero de 2026, la primera mujer en ocupar el cargo en los 1.400 años de historia de la sede de Canterbury, lo que representó el punto final de una adaptación del anglicanismo a ciertos criterios del mundo moderno.

Gavin Ashenden, sin embargo, sugiere que podría ser el «final de un experimento de 500 años» y «la gota que colma el vaso» del anglicanismo. No habla por hablar, porque conoce muy bien la realidad anglicana. A fin de cuentas, fue pastor anglicano, «obispo» de un grupo anglicano tradicionalista y capellán de la Reina de Inglaterra antes de su conversión al catolicismo en 2019.

En un extenso artículo titulado «¿Es el fracaso de Mullally la gota que colma el vaso de la Iglesia de Inglaterra?», Ashenden hace referencia al reciente escándalo cuando Mullaly concedió, el pasado 11 de septiembre, el Premio Hubert Walter a la Reconciliación y la Cooperación Interreligiosa a Hafiz Muhammad Tahir Mehmood Ashrafi, presidente del Consejo de Ulemas de Pakistán.

El reconocimiento pretendía destacar su trabajo en favor de la convivencia religiosa y la lucha contra el extremismo. Sin embargo, pronto salieron a la luz unas declaraciones realizadas por Ashrafi en 2007, en las que parecía elogiar a Osama Bin Laden, llamándole la «Espada de Alá». Esto resultó particularmente desafortunado porque la ceremonia tuvo lugar en el 25º aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001. A eso se sumaron unas chocantes fotografías en las que el premiado aparecía con su esposa, que vestía un niqab negro que le cubría absolutamente todo el cuerpo excepto los ojos, cosa que a la furibundamente feminista Mullally no pareció molestarle en absoluto.

La polémica creció rápidamente y, pocos días después, Lambeth Palace anunció que el premio había sido reconsiderado y retirado. Para Ashenden, sin embargo, el problema no termina con la retirada del premio. El converso considera que manifiesta una crisis de identidad, autoridad y misión que marcan el fin del «experimento de 500 años» constituido por el anglicanismo.

Este experimento consistió en el intento de crear, como religión oficial de Inglaterra, una religión sin una autoridad doctrinal firme, con la tarea infructuosa de mantener bajo un mismo techo posiciones teológicas y morales imposibles de reconciliar. Es decir, una «casa común» capaz de albergar diferentes sensibilidades cristianas al margen del catolicismo. Lo que en un principio eran la «alta iglesia» y la «baja iglesia» anglicana, se convirtieron en el siglo XIX en el ala evangélica conservadora, el ala anglocatólica y el ala progresista, cuyas creencias son abiertamente incompatibles e irreconciliables con la Iglesia.

Una elección que fue una derrota

Esas tres posturas se mantuvieron en lucha, pero con un cierto equilibrio, hasta que la decisión de abrir el «sacerdocio» y posteriormente el «episcopado» a las mujeres alteró profundamente el equilibrio interno del anglicanismo. Los sectores que mantenían una posición más tradicional y aún reconociblemente cristiana fueron perdiendo progresivamente espacio hasta encontrarse cada vez marginados dentro de la institución. La elección de Mullally es el símbolo de esa derrota del cristianismo dentro del experimento anglicano.

Desde el triunfo del ala progresista, el anglicanismo se ha preocupado casi exclusivamente por causas sociales y políticas, en detrimento de lo propiamente cristiano. Son signos de ello la obsesión por el cambio climático, las discusiones interminables sobre las reparaciones por la esclavitud, la ideología LGBT o el uso de las catedrales para fines ajenos a su naturaleza religiosa.

Un problema con la autoridad que lleva 500 años

Para Ashenden, el problema decisivo es la autoridad. El anglicanismo nació de la ruptura con la autoridad papal y lleva en sí mismo la semilla de la contradicción interna. El caos interno que manifiestan las iniciativas erráticas de Mullally se debe a que los anglicanos no tienen una respuesta clara a la pregunta de qué es la Iglesia y de dónde procede su autoridad.

El cristianismo necesita una autoridad doctrinal capaz de distinguir entre verdad y error. Sin ella, termina inevitablemente como el anglicanismo. Para Ashenden, el reciente escándalo «no tiene que ver únicamente con una arzobispesa incompetente, un premio desastroso o incluso una generación de incompetencia eclesiástica. Se trata de la toma de conciencia repentina de que estamos ante el final de un experimento».

Con información de Infocatólica.

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