domingo, 04 de octubre de 2026
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Del juzgado a la caja registradora: el arte de ver la vida, más allá de la montaña rusa

Rostros, rostros, rostros, el mejor espectáculo del mundo.

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Redacción (03/10/2026 18:43, Gaudium Press) La vida es la mar de entretenida cuando se sabe verla con ojos de búsqueda y descripción. Es más, puede ser la fuente de la entretención, de la sana entretención.

Es así: para recrearse no es necesario subirse a una montaña rusa, levantar los brazos, gritar, quedar hacia abajo sujeto solo por el armazón, sentir que el estómago se sale por la boca, para luego llegar a la estación con los pelos parados y las ganas de agarrarse con tenazas a la hierba del suelo. Tampoco —para sentirse vivo— es preciso montarse en parapente, sentir el abismo bajo los pies y retorcerse con el choque eléctrico de que cualquier mínimo error, un hilo que se suelta, un mal viento, una tela que se rasga, puede costar la vida. No, nada de eso es necesario para divertirse bien.

No estoy diciendo que de vez en cuando, particularmente los varones, no necesiten desarrollar actividades ‘de riesgo’, o que exijan esfuerzo y permitan encauzar cierta vitalidad interior. Pero la verdad es que el hombre moderno tiende es a divertirse con el “placer extremo”, un placer animal, y con ello se pierde las profundas delicias del espíritu.

Hace algunos días tuve que rendir declaración en uno de los últimos casos en los que como psicólogo forense trabajaré en esta vida. A la salida del juzgado, para liberar un poco la tensión y despercudirme del ambiente gélido, simplón y materialista de la sala de audiencias —paredes blanquecinas, sin crucifijo ni ningún símbolo, solo muebles de fórmica y sillas plásticas para una pequeña audiencia—, pasé por una tienda cercana de una cadena de ropa, en la que ya había visto una simpática chaqueta verde a tan demasiado buen precio que no dejaba de levantar sospechas.

Como ya sabía a lo que iba, llegado al almacén rápidamente encontré la talla y sin escalas me dirigí a pagar el importe, pues realmente lo que deseaba era luego ir a un cafecillo en un apreciado rincón francés del mall, con vegetación, maderas y claroscuros, en el que al sabor de un té matcha adelantaría mi embriagante lectura de Sherlock, almibarada en su inglés victoriano. Me limpiaría ahí de los ambientes acerados de una glacial e inmisericorde Temis, no verdadera embajadora de la esplendorosa y sacral justicia divina. Sin embargo, a la hora de pagar, mi atención hubo de dirigirse al rostro de una joven modelo, estampada en una foto gigante tras las cajas registradoras.

—Es como si no tuviera alma… —me dije.

Ella miraba fijo al lente, pero el lente no encontraba un fondo más allá de su rostro, como si su rayo solo llegase al exterior de una piel de metal, porque de hecho no había nada más allá. Una mirada seca y fría, de ojos de tonalidad oscura que parecían no tener vasos sanguíneos sino tubitos grises de hierro transportando gélida agua, para una humedad sin tibieza. Alguien diría una imagen poco apta para atraer simpatías y multiplicar las ventas.

No obstante, lo que iba a ser un simple trámite de sastrería y vestimenta se fue tornando ameno con base en la observación: gracias a Dios fui criado con la idea del prof. Plinio Corrêa de Oliveira, de que el mejor turismo que se puede desarrollar es el peregrinar dentro de las almas, pues la persona humana, más que cualquier paisaje o construcción, es el más rico reflejo visible de Dios en la Creación. Un día llegó a decir el Dr. Plinio que él desearía vivir todas las vidas, tanto la del leñador del bosque en su cabaña, como la del alto diplomático de otros tiempos en su palacio, para sentir más al vivo los reflejos de Dios en las vocaciones humanas, parecido a cuando Santa Teresita dijo que sentía crepitar en su alma muchas vocaciones, la de los misioneros, la de Juana de Arco.

En fin, del impacto del rostro sin alma de la chica —cada vez más común en las calles—, mi observación se dirigió al del cajero. Era un joven ya no tan joven, acercándose a la treintena, pero con aire de quien tuviera menor edad, es decir, alguien con pánico de parecer un ‘viejo’ de 30. Algún tatuaje en el brazo, un piercing ya no recuerdo dónde, algo levemente excéntrico en su cabello, pero sí con tizones de calidez y profundidad latinas en la mirada, que me permitieron reposar un poco de los ojos de la chica.

Me moví a sincerarme un tanto con él, lo que hice también para investigarlo y ver si estaba percibiendo lo mismo que yo:

—Oye, ¿no te parece que esa muchacha es como carcaza dura y sin alma? —le dije. Una sonrisa cómplice y un asentir de cabeza me respondieron que sí, pues era algo muy evidente…

Pero si de rostros vamos a hablar, no puedo no referirme a la jueza de la audiencia de esa mañana. (Quiera Dios no lea ella este comentario, cuyo tonus será más bien elogioso: es que me la voy a volver a encontrar en unos meses…).

La observación del rostro de la jueza venía parcializada de benevolencia por un susto previo:

—Ishhh —exhaló quejoso el abogado con el que yo integraba el equipo de defensa—, cambiaron la jueza y nos toca con fulanita, la del caso de sutanito —una persona bastante conocida en un caso de trascendencia nacional.

—Ishhh —repetí a mi turno—, esa es bien dura. La conozco como si fuera mi vecina, pues vi 20 horas de filmación de esas audiencias. Ella no se amilana ante ataques, discursos o tonos de voz altisonantes, y va desarrollando su guión de acuerdo a su leal entender, y construyendo su fallo.

Por eso, cuando ya sentado en el estrado vi aparecer la toga, suspiré con casi indisimulado alivio, pues no era la jueza temida.

Era esta una mujer de alrededor de cincuenta años, que revelaba minucioso conocimiento y respeto de las formas procedimentales y transparecía reciedumbre y firmeza, comprensible en una persona por cuyas manos pasa día a día la libertad o la prisión de alguien, a veces por muchos años. Maquillaje sobrio y correcto, cabello aseñorado y bien cuidado, y facciones y gestos que sin ser severos eran sólidos, y mostraban el trasfondo no solo de un alma acostumbrada a las decisiones difíciles sino también a horas y horas de lectura y meditación. Rápidamente me pareció percibir en ella una rectitud templada por una sana y profunda racionalidad, y un espíritu inquisitivo que busca la realidad en sus conclusiones, sin los vaivenes y tintes de una excesiva emocionalidad.

La jueza no tenía que levantar la voz o recordar su posición para imponer su autoridad a los intervinientes, pues la energía que exhalaba hacía que esto fuera natural. Incluso, en algunos momentos, pudo ser bastante cortés. Eso sí, desconozco cómo será su dinámica familiar, pero sí creo que no le debe de ser fácil al marido contradecirla o conflictuar con ella…

Rostros, rostros, rostros, personas, todo un campo de diversión.

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Pero de hecho, es algo mucho más que eso. Las personas, todo el Orden del Universo, cuando bien contemplados, pueden amenizar la vida y llevar a Dios, pues el Universo es reflejo del Creador. Pero, como decía el Dr. Plinio, en esta tierra es preciso primero “el ver”, para llegar luego “al amar”:

¿Cuál es la alegría de vivir en París? Es la alegría de un mundo de cosas simbólicas que París posee: una curva del Sena, un hermoso plátano en tal lugar, el perrito simpático de una mujer que camina por la calle llevándolo consigo… Vaya, mil cosas así, las más variadas cosas que posee París; no se trata de las grandes obras maestras de la ciudad, sino de símbolos que uno encuentra a lo largo de todas las calles y en todos los lugares, y que le dan cierto gusto por vivir.

¿Y esto qué efecto produce? Hace que el hombre comprenda que, por muy malas que sean las cosas que le puedan suceder, posee algo en la vida. Y que ese algo que posee es una sonrisa de Dios que nunca lo abandona. Hace sentir aquel principio de la Escritura: Deus qui imponit pondus, supponit manus; es decir, Dios impone el peso, pero pone la mano para ayudar a llevarlo. Dios permitió mil cosas en este valle de lágrimas, pero también puso mil dulzuras aquí, allá y acullá, en ese mismo valle de lágrimas. De modo que percibimos su compasión y su piedad hacia nosotros, incluso en el momento en que nos hace sufrir.

Ver a Dios, buscar a Dios en sus símbolos, en todo el Orden de la Creación: alegría de vivir, incluso en este valle de lágrimas. Vivir a las carreras, engrampado en la montaña rusa, o encharcado en el egoísmo, o pensando solo en lo práctico, en el dinero: sinónimo de ser ciego y vivir en la tristeza.

Por Saúl Castiblanco

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