Miles de religiosas y consagradas de distintos conventos de Estados Unidos colaboraron para preparar los rosarios que recibieron los asistentes a la beatificación del arzobispo Fulton Sheen.
Redacción (07/10/2026 16:58, Gaudium Press) Para entregar un rosario a cada uno de los asistentes a la beatificación de Fulton Sheen no bastaba con comprar miles de ejemplares. Había que preparar casi cuatro millones de cuentas y ensartarlas a mano. Para hacerlo posible, conventos de distintas partes de Estados Unidos se unieron a una tarea que terminó convirtiéndose también en una forma de oración.
La organización esperaba alrededor de 75.000 personas para la ceremonia celebrada en San Luis el pasado 24 de septiembre. Para que cada asistente pudiera recibir un rosario se necesitaron 3.975.000 cuentas, además de cordones, crucifijos y medallas que fueron preparados y ensamblados por religiosas y consagradas. La iniciativa partió de sor Jude Andrew, dominica de las Hermanas de María, Madre de la Eucaristía, en Peoria, y recibió el respaldo de monseñor Roger Landry, director nacional de las Obras Misionales Pontificias en Estados Unidos.
Un rosario diseñado por Fulton Sheen
El rosario elegido para la ocasión tenía además un significado especial. Se trataba del Rosario Misionero Mundial, diseñado por el propio Fulton Sheen en 1951. Cada decena utiliza un color asociado a uno de los continentes, verde para África, azul para Oceanía, blanco para Europa, rojo para América y amarillo para Asia. De este modo, el rosario recuerda en cada una de sus cuentas la dimensión misionera de la oración.
Las primeras religiosas en asumir el encargo fueron las clarisas del monasterio de Kokomo, en Indiana. Se comprometieron a elaborar 1.000 rosarios y comenzaron el trabajo el 13 de mayo, memoria de Nuestra Señora de Fátima. La fecha tenía además un significado particular para aquella comunidad: en 1977, Fulton Sheen había visitado su monasterio.
Las religiosas descubrieron pronto que la mejor manera de completar el trabajo no era que cada una elaborara individualmente un centenar de rosarios, sino organizar una auténtica cadena de trabajo dentro del monasterio. Una hermana cortaba el cordón, otras se encargaban de atar los crucifijos, algunas pegaban, recortaban y empaquetaban y todas colaboraban en el ensartado de las cuentas cuando tenían tiempo disponible. Así, cada rosario terminaba pasando por las manos de varias religiosas. Incluso una hermana que se encontraba en cuidados paliativos quiso participar. A pesar de su enfermedad, logró completar tres rosarios, después de haber dedicado buena parte de su vida a fabricar rosarios destinados a las misiones.
Para otra de las clarisas, la repetición de las cuentas terminó convirtiéndose en una oportunidad para rezar. Confesó que se cansó de contar hasta diez y decidió transformar el trabajo en una oración, “Padre, Hijo, Espíritu. Jesús, María, José. Francisco, Clara, Coleta… ¡y Fulton!”.
La tarea llegó a otros conventos
La iniciativa se extendió rápidamente. Las carmelitas de Ada, en Michigan, fueron de las primeras comunidades en completar sus 1.000 rosarios. Su experiencia y algunos consejos prácticos ayudaron después a otros conventos a organizar mejor el trabajo. También participaron las Hermanas Escolares de Cristo Rey de Lincoln, Nebraska. Sor Mary Guadalupe ya sabía fabricar rosarios desde sus años universitarios y acostumbraba regalarlos a familiares, alumnos y personas que los necesitaban. Esta vez, sin embargo, encontró una misión concreta en aquella habilidad. Mientras unas hermanas ataban los nudos, otras cortaban el cordón, ensartaban las cuentas o quemaban los extremos para sellarlos. Finalmente, los rosarios eran agrupados en paquetes de 25.
Mientras trabajaba, sor Mary Guadalupe rezaba por las personas que recibirían cada uno de ellos. Al principio, algunas hermanas temieron que la cantidad de trabajo fuera demasiado grande. Sin embargo, decidieron afrontarlo juntas. Para ella, el resultado podía convertirse incluso en una oportunidad de evangelización. Otra de las religiosas, sor Mary Alma, tenía además una relación personal con la memoria de Fulton Sheen. Había crecido en la diócesis de Rochester cuando él era obispo y todavía recordaba haber visto su nombre en las libretas de notas del colegio. Por eso, para ella, preparar aquellos rosarios era también una manera de agradecer.
La colaboración llegó igualmente de las servitas seglares de Ladysmith, que prepararon 500 rosarios entre el 17 de junio y el 29 de julio. Fueron seis semanas de trabajo para completar medio millar de rosarios destinados a los asistentes a la ceremonia. La magnitud de la tarea hizo que numerosos conventos tuvieran que organizar cuidadosamente el trabajo, repartir funciones y aprovechar los momentos disponibles para avanzar. Monseñor Roger Landry, que siguió de cerca esta colaboración, expresó su agradecimiento a las religiosas y destacó su particular dedicación a la oración. En especial, relacionó este servicio con la devoción que Fulton Sheen tuvo durante toda su vida a la Virgen María.
La historia de los rosarios muestra así una dimensión menos visible de la beatificación. Mientras miles de personas se preparaban para participar en la ceremonia, en distintos conventos de Estados Unidos religiosas y consagradas dedicaban horas a una tarea sencilla y repetitiva, cortar cordones, hacer nudos, ensartar cuentas y preparar los rosarios que recibirían los peregrinos. Una labor que comenzó con una necesidad logística terminó involucrando a comunidades enteras y a religiosas que encontraron en cada rosario una ocasión para rezar por quienes algún día lo llevarían consigo.
Con información de Religión en Libertad






Deje su Comentario