“¡Corazón Inmaculado, ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de los hombres de hoy y que sus efectos inconmensurables pesan ya sobre nuestra época y dan la impresión de cerrar el camino, hacia el futuro!”
Redacción (12/10/2026 09:16, Gaudium Press) “Estamos ante una profunda crisis de fe, ante una pérdida del sentido religioso, que constituye el mayor desafío para la Iglesia de hoy”, afirmaba el Papa Benedicto XVI discursando ante los participantes de la Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe (27-01-2012). Asistimos a un crecer del escepticismo y la incredulidad.
Benedicto XVI ya había comentado, en Friburgo, a los miembros del Consejo del Comité Central de los Católicos Alemanes, que “la verdadera crisis de la Iglesia en el mundo occidental es una crisis de fe” (24-9-2011).
Más cercano a nuestros días, el Santo Padre, León XIV, en su primera homilía pública en la Capilla Sixtina, ante los cardenales, manifestaba que: “La falta de fe lleva a menudo consigo dramas como la pérdida del sentido de la vida, el olvido de la misericordia, la violación de la dignidad de la persona en sus formas más dramáticas, la crisis de la familia y tantas heridas más que acarrean no poco sufrimiento a nuestra sociedad (9-5-2025).
Crisis de la Iglesia, crisis de fe, términos que nos llevan a pensar en el profético Mensaje de Fátima comunicado a los tres pastorcitos portugueses, en cuyo texto conocido no están las palabras de “crisis de la Iglesia” o “crisis de fe”. Hecho que no deja de llamar la atención de los diversos investigadores del conocido Mensaje.
Mensaje que fuera confirmado en gran parte -al momento- por los hechos, y también en ocasión de la última aparición del 13 de octubre de 1917 por el llamado “milagro del sol”, ese impresionante prodigio solar asistido por aproximadamente setenta mil personas, entre ellos -bueno es destacar- periodistas escépticos que reconocieron el milagroso momento. Portentoso acontecimiento que la Virgen había anunciado, como prueba de las apariciones, a los niños en los encuentros de meses anteriores: “en octubre haré un milagro para que todos crean” (15-9-1917).
Nuestra Señora, proféticamente, señaló la alternativa a ser escogida, que no era solo entre la guerra y la paz: el camino a la virtud, la fe, la enmienda de las costumbres, la conversión.
El mundo hizo oídos sordos al pedido de la Virgen a través de los tres pastorcitos el 13 de julio de 1917. Así lo describe Sor Lucía: “La guerra va a terminar. Pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la grande señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre”.
Así es que se llegó una conflagración más terrible que la Primera Guerra Mundial, anunciada por señales celestes: una singular aurora boreal visible perfectamente en las ciudades de Europa el 25 de enero de 1938. Era la predicción para un mundo impenitente.
La hermana Lucía, única vidente de las apariciones de Fátima en vida en esos tiempos, desde la soledad, vida apagada y piadosa de su casa religiosa, escribió a la Autoridad Diocesana comunicando que era la señal anunciada por la Santísima Virgen. Poco después, comenzó la Segunda Guerra Mundial.
Triste es decirlo, pero nada de esto hubiera acontecido si se hubiese atendido la invitación a la conversión de vida. Era un llamado que establecía un marco nuevo en la Historia de los hombres y de la Iglesia. Habiendo tenido eco en los corazones, la humanidad hubiera encontrado la paz. Negando, ignorando, haciendo oídos sordos, el mundo se sumergiría en una nueva guerra, más terrible que la anterior.
Fueron revelaciones de alcance universal.
La sociedad de esos tiempos – ¡hace 109 años! – se encontraba en una profunda crisis de impiedad y de pecado. La advertencia tenía una propuesta: “Para impedirlo (la guerra), vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los primeros sábados. Si atienden mis pedidos, Rusia se convertirá y habrá paz. Si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas” (13-7-1917).
En este mismo mes, en el Mensaje, hubo una tercera parte que permaneció durante muchos años oculta al conocimiento general de los hombres. Circunstancia que diera lugar a numerosas elucubraciones de todo tipo de estudiosos del “fenómeno” Fátima. Fue el Papa San Juan Pablo II que, en el Año Santo del 2000, tomó la decisión de darlo a conocer. La hermana Lucía es la que describe la visión que tuvo: “Vimos algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él, a un Obispo vestido de Blanco, hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre” (Relata la hermana Lucía en la ciudad de Tuy, España, el 3 de enero de 1944), y continúa: “El Santo Padre … atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones” (Texto dado a conocer el 20-6-2000).
Dramáticas escenas que se relacionan con el texto anterior “persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre … el Santo Padre tendrá mucho que sufrir”, un tremendo martirio de cristianos, y “varias naciones serán aniquiladas”, una ruina catastrófica del mundo.
No son pocos los que se preguntan si el Papa del Tercer Secreto del Mensaje de Fátima -publicado en el año 2000- se refiere a los Papas del Siglo XX o pertenece al futuro…
Importa, en este dramático panorama, recordar la oración de San Juan Pablo II, de hace tantos años: “¡Corazón Inmaculado, ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de los hombres de hoy y que sus efectos inconmensurables pesan ya sobre nuestra época y dan la impresión de cerrar el camino, hacia el futuro!” (16-10-1983).
(Publicado originalmente en La Prensa Gráfica de El Salvador, 11 de octubre de 2026)
Por el P. Fernando Gioia, EP







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