martes, 27 de octubre de 2026
Gaudium news > “Los hombres no pueden reformar la Iglesia ni fundar una nueva a su antojo”: Card. Müller

“Los hombres no pueden reformar la Iglesia ni fundar una nueva a su antojo”: Card. Müller

La Iglesia no es una ONG, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, afirmó el purpurado en los 100 años de la diócesis de Łomża.

6 6

Redacción (27/10/2026 09:04, Gaudium Press) A continuación, la homilía del Cardenal Gerhard Müller, prefecto emérito de Doctrina de la Fe, en la catedral de Łomża, con ocasión de la clausura del centenario de ese diócesis. La homilía fue proferida el pasado 25 de octubre, y la versión que sigue es de Infocatólica:

¡Excelentísimo y Reverendísimo señor obispo Janusz, señor obispo auxiliar Tadeusz, queridos sacerdotes y religiosas, queridos hermanos y hermanas en Cristo, el Señor!

Al concluir el centenario de la diócesis de Łomża, dirijamos nuestra mirada hacia el futuro. Que cada cristiano, y en especial cada joven católico, se plantee en este momento la siguiente pregunta: ¿cómo es mi relación personal con Dios uno y trino, el Dios del amor y de la verdad? Porque no pertenecemos a ninguna comunidad en la que el valor de una persona se mida únicamente por el grado en que sirve a su clase social y a la ideología de esta. No nos definimos como jacobinos, comunistas, fascistas ni chovinistas. Somos personas: creadas y amadas por Dios, llamadas por nuestro nombre en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación a una vida llena de sentido, que se vive en comunidad con otras personas de igual dignidad que nosotros, en el espíritu del amor y la unidad. No recorremos nuestro camino en soledad, aislados de los demás; recorremos la vida en la comunidad del matrimonio y la familia, con amigos, en la escuela, en el trabajo y en el tiempo libre, en diversos grupos, en nuestra ciudad, nuestra región y nuestro pueblo, en Europa y en toda la comunidad de naciones. Es más: recorremos todo nuestro camino vital en la comunidad de la Iglesia peregrina, encaminándonos hacia la meta definitiva: la vida eterna en la compañía de todos los santos. Y cuando, tras nuestra resurrección, contemplemos a Dios cara a cara, volveremos a reunirnos con todos nuestros seres queridos. Entonces, todo sufrimiento habrá sido superado y todas las lágrimas habrán quedado en el olvido.

Tras la agitada historia de la diócesis de Łomża —desde su fundación, pasando por la Segunda Guerra Mundial, la terrible ocupación por parte de la Alemania nazi y la dictadura comunista, hasta la recuperación de la libertad en 1989, que Europa debe en gran parte a los polacos y al hijo más ilustre de este pueblo, el papa Juan Pablo el Grande—, dirigimos nuestra mirada hacia el futuro. ¿Qué es la Iglesia y cómo sirve —en Cristo, que es su Cabeza— a la salvación de los hombres y de cada individuo, que está directamente orientado hacia Dios: nuestro Creador, Redentor y Aquel que lo lleva todo a su consumación?

La Iglesia no es una organización no gubernamental (ONG) —ni puede llegar a serlo—, es decir, no es una comunidad sociorreligiosa cuyo objetivo sea crear un paraíso terrenal; tal empresa está condenada al fracaso desde el principio. Es, más bien, un organismo vivo: el Cuerpo de Cristo, cuya Cabeza y Redentor es Él mismo.

Los hombres no pueden reformar la Iglesia ni fundar una nueva a su antojo; es Dios quien nos reforma y nos renueva para que lleguemos a ser buenos cristianos —miembros vivos de su Cuerpo, es decir, de la comunidad de la Iglesia—, y lo hace a través de los sacramentos, sobre todo mediante el sacramento de la Eucaristía. No es tarea nuestra reformar la Iglesia de Dios, sino transformar nuestra propia vida. San Pablo escribe a los Romanos: «Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12, 2).

Cristo es la Cabeza; nosotros, en cambio —obispos y sacerdotes—, somos sus servidores (cf. 1 Cor 4, 1), que trabajamos por la salvación de la humanidad. «Pues nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo» (1 Cor 3, 11). Esta Palabra de Dios debe ser el principio fundamental que determine el futuro de la Iglesia en Łomża.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, el Hijo de Dios. El Señor resucitado dijo a los apóstoles: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21). Ellos anunciaron el Evangelio «para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (cf. Jn 20, 31).

En sus discursos de despedida, que Jesús pronunció ante su inminente pasión, respondió a la petición del apóstol Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14, 8). Con esta respuesta, Jesús nos lleva al núcleo mismo de nuestra fe, al afirmar: «Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto» (Jn 14, 7). Felipe se preguntaba cómo era posible contemplar a Dios, el que «habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver» (1 Tim 6, 16). Jesús respondió: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14, 9).

Así pues, cuando nos encontramos cara a cara con Jesús —y contemplamos su rostro humano—, reconocemos en sus ojos la fuerza del amor, bondadosa, penetrante, que juzga y que salva; ese amor que es Dios en la unidad y la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Con nuestros ojos físicos miramos a Jesús, mientras que al mismo tiempo —gracias a los «ojos del corazón iluminados» (Ef 1, 18)— percibimos su naturaleza y poder divinos. En la persona divina que el Padre ha conferido al Hijo, se une la naturaleza divina eterna de Cristo con la naturaleza humana que él ha asumido. Solo a través de Jesús podemos llegar al Padre, pues solo él tiende un puente sobre el abismo infinito que separa a la creación del Creador. Porque es «único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús» (1 Tim 2, 5). Él es el plan de salvación universal de Dios hecho hombre —él, «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4)—. En su naturaleza humana, Jesús es el camino por el que la verdad y la vida han entrado en este mundo (cf. Jn 14, 6).

El apóstol Pablo describe la naturaleza humana de Cristo como «imagen [icono] de Dios» —como «imago Dei» (2 Cor 4, 4)—, a través de la cual reconocemos la gloria de Dios y nos llenamos de ella. No se trata aquí de una imagen de Dios concebida por una mente limitada o creada por manos humanas. Ya antes de la encarnación del Verbo, el Hijo —dentro de la Trinidad— es la imagen de la esencia de Dios, del Padre, o, para expresarlo con las palabras del Nuevo Testamento: «impronta de su ser» (Heb 1, 3). Cristo es Dios verdadero de Dios verdadero. No es un «Dios» entre comillas, ni tampoco un Dios en sentido puramente metafórico. Cristo es el Hijo del Padre, engendrado de la sustancia del Padre. Como expone acertadamente san Atanasio en su obra Contra los arrianos (I, 39): «No es, pues, que, siendo hombre, se convirtiera después en Dios; sino que, siendo Dios, se hizo hombre más tarde para acogernos como hijos». En la oscuridad del pecado, que obceca la mente de los incrédulos (cf. 2 Cor 4, 4), Dios ha encendido su luz en los corazones de los creyentes, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo (cf. 2 Cor 4, 6).

Hermanos y hermanas, hoy concluye un año de celebraciones, pero nuestra misión no termina con ello. ¡Al contrario! Cruzamos el umbral del segundo siglo. ¿Cómo será? Eso depende de nuestra fe, de nuestro amor y de nuestra responsabilidad para con la Iglesia.

Nos enfrentamos a nuevos retos. Hoy rezamos con fervor por nuevas y santas vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, para que en esta tierra nunca falten manos que bendigan y partan el pan. Rezamos por nuestras familias, para que sean fuertes en Dios y afronten con valentía las crisis de nuestro tiempo. Necesitamos comunidades vivas en las que los jóvenes encuentren su camino hacia Cristo. Siguiendo el ejemplo de nuestro patrono principal, san Bruno de Querfurt —obispo y mártir—, debemos volver a ser misioneros entusiastas en nuestro entorno laboral y académico, así como en nuestra vida cotidiana.

Enseguida, antes de concluir este santo sacrificio de la Misa, entonaremos el canto solemne de alabanza «A ti, oh Dios, te alabamos». Llevemos todo nuestro pasado —con toda su belleza y sus dificultades— al altar de esta catedral de Łomża. Ofrezcamos también nuestro presente y miremos con confianza hacia el futuro. Que el próximo siglo de la historia de la diócesis de Łomża sea una época de nuevos santos, de parroquias vivas y de un amor inquebrantable a Dios.

Madre del Amor Hermoso, san Bruno, nuestro patrono: ¡guiadnos hacia un nuevo mañana! Amén.

Deje su Comentario

Noticias Relacionadas