Entre finales del siglo XVI y la Revolución Francesa, estuvo vigente en Francia el Antiguo Régimen, un sistema de gobierno monárquico que se caracterizó por el esplendor del ceremonial en la vida de la Corte y por el orden armónico y jerárquico que reinaba en la sociedad.

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Redacción (30/10/2026 11:05, Gaudium Press) El obispo revolucionario Talleyrand afirmó: “No conoce la dulzura de vivir quien no ha vivido en Francia antes de 1789”.[1]
Existía un gran respeto entre las personas, y los saludos se manifestaban según el lugar que cada una ocupaba en la jerarquía social.
El duque de Saint-Simon, uno de los más grandes escritores franceses del siglo XVIII, menciona en sus “Memorias” a “una dama de la Corte que era capaz de hacer una sola reverencia ante cinco hombres de categorías muy diversas y, con la mirada, saludar a cada uno conforme a su respectiva categoría”.[2] También afirma que el rey Luis XIV nunca pasaba ante una criada sin levantarse el sombrero.
Con clarividencia, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira describe aspectos de la sociedad francesa de aquella época: “El siglo XVIII fue, por una parte, la época en la que ciertos atributos de la civilización, nacidos de la Iglesia Católica, alcanzaron su pleno apogeo. Fue el siglo de la elegancia, la distinción, el buen gusto, los buenos modales, los grandes literatos, los grandes artistas y la vida cortesana llevada a su máximo esplendor.
Divorcio entre la sociedad temporal y la Iglesia
“Pero, como ocurre con todas las cosas en este mundo —incluso con las buenas—, solo es posible evitar su deterioro y putrefacción si permanecen profundamente unidas a la Iglesia. Y dado que, lamentablemente, en el siglo XVIII existía un divorcio cada vez mayor entre la sociedad y la Iglesia, sucedió que estas cualidades, nacidas de la Civilización Cristiana, se vieron deterioradas por la impiedad de la época.
“Nos encontramos, pues, ante una paradoja: fue el siglo de la delicadeza por excelencia; pero una excelencia que se había degradado hasta convertirse en fragilidad, molicie y una suerte de sentimentalismo exagerado. Fue el siglo de la distinción, pero también de la sensualidad.
“Hacia finales del siglo XVIII, naturalmente, las cualidades deterioradas superaban con creces a las positivas. Como resultado, estalló la Revolución Francesa.
La putrefacción comenzó en las clases más altas
“Las clases sociales más afectadas por este deterioro fueron las élites. Existe un antiguo proverbio que dice que el pescado empieza a pudrirse por la cabeza. Del mismo modo, la putrefacción de cualquier sociedad tiene su origen en las clases más altas.
“¿Cuáles eran, en aquel entonces, estas clases? El clero, que ocupaba el primer lugar; la nobleza, como segunda clase social; y, posteriormente, la alta burguesía —muy adinerada y, por tanto, muy cercana a la nobleza—, que incluso tendía a mezclarse con ella.
“Es doloroso decirlo, pero el clero estaba tan influido por el espíritu de la época, por el ateísmo, por el libertinaje y por el gusto por las costumbres depravadas, que no era raro encontrar sacerdotes, obispos e incluso cardenales que se declaraban ateos. Ocupaban cargos eclesiásticos que, en la sociedad de aquel tiempo, se consideraban muy lucrativos, y luego llevaban una vida exactamente igual a la de cualquier seglar.
“Los conventos de monjas eran algo más morales que los de los frailes. Pero, aun así, no eran más que depósitos de solteronas. Las familias eran muy numerosas y, en el caso de la nobleza, a menudo no tenían dinero suficiente para mantener a todas sus hijas conforme a su rango nobiliario. Por ello, enviaban a las órdenes religiosas a aquellas hijas a las que no podían sustentar económicamente. Estas, por tanto, ingresaban en las órdenes religiosas sin tener vocación. Eran conventos ricos que ofrecían una vida muy holgada y cómoda a las monjas; al poder mantener relaciones sociales, llevaban una existencia mundana y tranquila, sin preocupaciones económicas.
“Los hombres de la nobleza conservaban la valentía de los tiempos antiguos y solían ser guerreros muy capaces. En la sociedad, eran nobles brillantes, pero también estaban profundamente alejados de la práctica de la religión y entregados a los placeres de la vida»[3].
Anticipo del Cielo
En esta época surgió y floreció el arte de la conversación.
“Uno de los aspectos en los que el Ancien Régime progresó indiscutiblemente respecto a la Edad Media fue lo que se denominó ‘vida de salón’, que consistía en un grupo de personas que se reunían habitualmente para conversar.
“Pero lo fundamental de la conversación no eran las novedades, sino los pensamientos. La conversación de salón era pensamiento expuesto de manera ligera y florida, donde cada detalle contenía un hermoso matiz simbólico. Se trataba de compartir una misma forma de ver las cosas, profundizando incluso en las nimiedades.
“En efecto, la máxima expresión de la convivencia consiste en compartir una misma visión, una misma concepción de las cosas —heredada de la inocencia primaveral—, la cual percibimos mejor a la luz de la Fe; esta constituye, a su vez, el objetivo común hacia el cual todos nos encaminamos. Así se establece una convivencia perfecta. Más aún: gracias a ello, la persona logra escapar de la cárcel de su propia contingencia. Pues nuestra contingencia nos resulta dolorosa, y solo encontraremos remedio para ella cuando descansemos en Dios. “Mientras no descansemos en Él, el intercambio de estas cosas entre nosotros es, propiamente, una anticipación del Cielo.”[4]
Burguesía y pueblo llano
“La alta burguesía intentaba imitar a la nobleza como podía, introduciéndose en ella mediante matrimonios con miembros de la nobleza empobrecida, con el fin de ascender. Así, la burguesía, que en el siglo XVII había sido una clase muy moralizada, se fue contaminando de todos los defectos de la nobleza.
“Sin embargo, el pueblo aún no había sido penetrado profundamente por todas esas deformaciones inherentes a la impiedad, al ateísmo, al enciclopedismo y a los errores filosóficos y morales del siglo XVIII. Sobre todo, cuando se trataba del pueblo llano que vivía en las ciudades medianas y pequeñas, o en el campo”.
“La alta sociedad se deslizaba, pues, por el camino de la apostasía; la acción de grandes santos, como san Alfonso María de Ligorio y el beato Inocencio XI, no bastó para contener la avalancha de impiedad”[5].
San Luis María Grignion de Montfort llevó a cabo un fecundo apostolado entre el pueblo llano y fue el artífice de la guerra de la Vendée contra la Revolución Francesa.
No obstante, muchos de estos salones terminaron convirtiéndose en focos de difusión de las ideas revolucionarias. En ellos se atacaba a la Iglesia como institución, al clero, a la nobleza y al propio rey.
Diversos historiadores afirman que tales salones fueron “laboratorios de opinión pública”, “centros de propaganda filosófica” y “antesalas del poder” que prepararon la Revolución Francesa.
Por Paulo Francisco Martos
Nociones de Historia de la Iglesia
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[1] ROBERT, Henri. Os grandes processos da História. Porto Alegre: Globo. 1960 v. 2, p. 40.
[2] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. As mil expressões de Nosso Senhor Jesus Cristo na Ascensão, in Dr. Plinio. São Paulo. Ano XVII, n. 314 (maio 2024), p. 11.
[3] Idem. Proclamando as verdades sem rebuços. In Dr. Plinio. Ano XXI, n. 247 (outubro 2018), p. 23-24.
[4] Idem. A felicidade da infância — Como se perde? Como se recupera? Ano XXIII, n. 269 (agosto 2020), p. 25.
[5] Idem. Proclamando as verdades sem rebuços. In Dr. Plinio. Ano XXI, n. 247 (outubro 2018), p. 24.





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